Capítulo 30 #2
Me vuelvo hacia la mancha de sangre y la estudio desde este nuevo ángulo. Es demasiada para un simple corte en el dedo. Muy poca para ser una herida fatal. Podría ser una firma.
Ned me mira fijamente, la confusión y el pánico luchando en sus ojos.
—¿Cómo puedes estar tan jodidamente tranquilo?
Le sostengo la mirada, y lo que ve en la mía le hace retroceder un paso.
—¿Tranquilo? —me burlo—. No estoy jodidamente tranquilo.
Por dentro, estoy rugiendo, dando vueltas y tirando cosas solo para tener algo que hacer. Pero también estoy planeando, calculando, intentando idear…
—Necesito respuestas —digo mientras me dirijo ya hacia la puerta—. Quédate si quieres.
—¿Qué quieres decir? Tu esposa ha desaparecido. Mi hermana ha desaparecido. Necesitamos…
En lugar de responder, prácticamente corro hacia la escalera y bajo los escalones de tres en tres.
Cuando por fin me alcanza, ya casi estoy fuera del edificio. Pero hay que reconocerle a Ned que no hace más preguntas ni intenta frenarme.
—Conduce tú —ordeno, y le lanzo las llaves.
Los dos subimos a mi todoterreno.
—¿Adónde coño voy?
—Al Aces Fly —sonrío con frialdad—. Es hora de hacerles una visita a mis viejos amigos.
Ned se abre paso entre el tráfico, apenas reduciendo la velocidad en los semáforos en rojo. Aun así, el trayecto parece durar una eternidad. ¿Quién coño puede estar metiéndose con la familia Knight? ¿Y por qué ir a por Eve? Nada de esto tiene sentido.
—¿Así que esto es todo? ¿Este es el plan maestro? —resopla Ned, pero hay un filo en su voz.
Me conoce lo bastante bien como para saber cuándo me guardo algo.
—No —gruño—. Este es el primer paso.
—Como quieras. Ya que conoces el bar, ¿hay alguna cámara de la que deba preocuparme?
Se me curva el labio.
—Siempre hay cámaras. Pero no, ninguna de la que preocuparse. El dueño es un…
Dejo la frase en el aire mientras considero cómo describir mejor al hombre que me ha sacado miles a lo largo de los años.
Solía ir allí dos o tres veces por semana a las partidas de póker de la trastienda. Pero ha pasado toda una vida desde que pisé ese suelo pegajoso. Aun así, el dueño es de esas personas que creen en la lealtad del cliente.
—Es un conocido —decido.
En el cruce, un indigente empuja un carrito por la calzada. Cada paso suyo es lento, agotando mi paciencia hasta que por fin despeja el camino.
Vuelvo a fijarme en la carretera, en la silueta de Aces Fly que se aproxima. Por culpa de los densos nubarrones, el letrero de neón parpadea en la penumbra vespertina, proyectando una luz azul enfermiza sobre el pavimento agrietado.
—Da la vuelta por atrás —ordeno, con la voz más grave a medida que nos acercamos a nuestro destino.
Ned asiente mientras dirige el coche hacia la parte trasera del edificio.
—¿Sabes? Si hace un mes me hubieras dicho que te pondrías así por alguien que le hizo daño a una mujer que dices odiar, me habría reído en tu cara.
—Es mi esposa —gruño.
Las palabras me saben extrañas cuando no las pronuncio con desdén. Pero para bien o para mal, estoy casado con la Dra. Muerte. El anillo en su dedo y el vial con nuestra sangre que lleva al cuello lo demuestran.
Nos detenemos en las sombras detrás de Aces Fly. Salgo del vehículo antes de que Ned haya apagado del todo el motor. Con cada paso, noto cómo mi cuerpo se transforma en algo más duro, más frío. La rabia que llevo contenida se cristaliza en algo concentrado y letal. Todos mis sentidos se agudizan.
No necesito mirar atrás para saber que Ned me sigue de cerca mientras me acerco a la puerta. Aces Fly no ha cambiado desde que dejé de venir. El aire sigue apestando a cerveza rancia y a cigarrillos aplastados contra el suelo de madera, décadas de vicios comprimidos en una sola nota agria.
La gente se aparta a mi paso sin pensarlo, percibiendo la determinación en mi andar, la violencia que apenas contengo. Recorro la sala con la mirada —las viejas costumbres nunca mueren— localizando salidas, amenazas, obstáculos. Pero aquí solo hay una persona que me importa.
—Willy —llamo, sabiendo que el hombre tiene que estar aquí—. Willy, mueve el culo y ven a hacerte útil.
El hombre con el que he compartido más ginebra de la que me gustaría admitir sonríe mientras camina hacia mí.
—Jack —dice arrastrando las palabras—. Cuánto tiempo. ¿Vienes a recuperar parte de tu dinero?
—Vengo por información —aclaro.
Se rasca la barbilla.
—¿Información, eh? ¿Sobre qué?
Dejo que me lleve a una mesa cerca del fondo, casi completamente oculta entre las sombras.
—Alguien quemó uno de nuestros hoteles —digo mientras saco una silla y me siento—. Pero lo curioso es que nadie ha oído hablar de ningún actor nuevo en la ciudad.
Ned gruñe mientras toma asiento.
—Empieza a hablar.
Ignorando a mi amigo, Willy me dedica una sonrisa casi desdentada.
—Si nadie ha oído hablar de advenedizos ni de gente nueva que se esté metiendo en territorio Knight, quizá se trate de un viejo enemigo.
—Esto no es un juego, viejo —grita Ned, y golpea la mesa con el puño, tirando las gafas de Willy—. Se han llevado a mi puta hermana.
Maldiciendo entre dientes, me agacho a recoger las gafas mientras le doy una patada a Ned por debajo de la mesa. Los gritos y las amenazas no afectan a Willy. La forma de conseguir que se abra es hablándole. Haciéndole sentir valorado.