Capítulo 30
El Embaucador
El humo se me pega como una segunda piel, se me mete en los poros y se me instala en el fondo de la garganta con cada respiración. Aunque me he quitado la chaqueta, persiste, metálico y cortante en la lengua mientras me dejo caer en el sofá de la oficina de Nick.
Mi hermano está de pie junto a la ventana, con los hombros rígidos bajo la camisa a medida, la luz de la tarde recortando ángulos duros en su rostro. No me mira cuando habla.
—Cuéntamelo otra vez.
Su voz suena controlada, mesurada. La voz del heredero que aprendió a ocultar la rabia antes de que yo aprendiera a desatar la mía.
Ned se remueve en el sofá a mi lado, con las mangas enrolladas dejando ver los antebrazos manchados de hollín. Nuestras miradas se cruzan durante una fracción de segundo —solidaridad, permiso— antes de que aparte la vista.
—No hay nada que contar que no haya dicho ya.
Me paso una mano por la cara y noto la mugre bajo las yemas de los dedos.
—El hotel está destrozado del piso tres al cinco.
Nick aprieta la mandíbula.
—¿Y los huéspedes?
La pregunta queda suspendida entre nosotros, cargada de lo que ambos ya sabemos.
—Ahí está la cosa.
Me inclino hacia delante, con los codos sobre las rodillas, el sabor del humo agriándome la boca.
—No había ninguno. Ni cuerpos. Ni víctimas. Ni siquiera una maldita camarera o un botones atrapados en el fuego cruzado.
—En fin de semana.
Nick se gira por fin, con los ojos entrecerrados.
—En nuestro hotel más concurrido.
—Exacto.
La palabra me raspa la garganta.
—El lugar debería haber estado abarrotado. En cambio, es como si alguien lo hubiera vaciado antes de encender la cerilla. Las únicas víctimas fueron los márgenes de beneficio y unas cuantas obras de arte del vestíbulo.
Mi hermano cruza hasta el carrito del bar y se sirve dos dedos de whisky en un vaso de cristal con esa precisión que me dice que está contando las respiraciones. No me ofrece. No hace falta. Los dos sabemos que llevo días sobrio, y ahora no es momento de romper la racha.
—¿Qué dijo el inspector de incendios? —pregunta Nick mientras hace girar el líquido ámbar sin llegar a beber.
—Dijo que parecía un incendio provocado.
La voz de Ned suena a grava, curtida por años de dar malas noticias.
—Trabajo limpio, además. Profesional. Puntos de origen colocados con precisión para causar el máximo daño material con el mínimo riesgo para vidas humanas.
—Alguien que quería enviar un mensaje sin cargarse un muerto —añado, con un sabor amargo en la boca.
Nick da un sorbo comedido y luego deja el vaso con cuidado estudiado.
—Marco se puso en contacto justo antes de que llegaras. Los tres también. Ninguno ha oído nada.
El peso de esas palabras me oprime el pecho. Los tres principales capos del crimen tienen una red de informantes que cala más hondo que cualquier otra en esta ciudad. Si hay movimiento del que no se han enterado, significa problemas.
—Este tipo de silencio cuesta una fortuna —afirmo.
Nick tuerce el gesto con asco, pero no dice nada. Ned tampoco.
La implicación queda suspendida entre nosotros, tácita pero entendida. Esto fue calculado, dirigido directamente contra la familia Knight, y ejecutado con el poder suficiente para silenciar los canales habituales de información.
—Así que es personal —digo, y las palabras me raspan la garganta aún recubierta de humo.
Nick me clava la mirada, y la cicatriz de su rostro lo hace parecer aún más amenazante cuando está tan cabreado.
—Es peor que personal. Es paciente. Quien hizo esto lleva tiempo planeándolo. Preparando el terreno.
Se me retuercen las tripas y el ácido me sube por el estómago.
Sé lo que no está diciendo: que los dos nos hemos ganado enemigos.
Que la lista de gente que querría hacernos daño llenaría una puta guía telefónica.
Que el momento, tan poco después de haber hecho a Eve mi esposa, crea una vulnerabilidad que no podemos ignorar.
Me pongo de pie antes de darme cuenta de que me estoy moviendo, el cuerpo vibrándome con una urgencia que ahoga la fatiga de las horas que he pasado rebuscando entre cenizas y escombros.
—Tengo que volver con Eve.
Las palabras me salen ásperas, urgentes.
Nick me estudia, asimilando la tensión que me recorre el cuerpo, la violencia apenas contenida en mi postura.
—¿La quieres? —pregunta con tono cortante.
Joder, ahora no es momento de entrar en estas mierdas.
—Sí.
Por un momento pienso que me ordenará quedarme, anteponer los negocios a lo personal, y ya estoy calculando lo que esa orden le costará a nuestra relación.
Pero se limita a asentir una vez, seco y tajante.
—Ve entonces. Llévate a Ned.
—¿Y tú? —pregunto mientras ya me dirijo hacia la puerta, con Ned un paso por detrás.
—Hablaré con Carolina. Las llevaré a ella y a Willow a un lugar seguro hasta que sepamos a qué nos enfrentamos.
Se bebe el whisky de un trago, la única señal de su propia inquietud.
—¿Jack?
Me detengo en el umbral, con la mano ya en el pomo.
—¿Sí?
—Cuida de tu mujer.
Mientras salgo a grandes zancadas, el sabor del humo se convierte en ceniza en la boca, amargo y ominoso. Sea cual sea el juego que se está jugando, ya se ha hecho la primera jugada.
Siempre me ha gustado apostar, pero nunca me siento a la mesa sin saber a qué estamos jugando. Da igual las reglas: ahora nos toca a nosotros.
El viaje de vuelta al apartamento de Eve se alarga como un garrote: tenso, mordiéndome más hondo con cada kilómetro. Ned no habla a mi lado. No hace falta. El olor a humo se nos ha metido en la ropa, un recordatorio constante de la trampa que alguien nos ha tendido.
Los nudillos se me ponen blancos contra el volante mientras tomo una curva demasiado rápido, los faros difuminándose sobre el asfalto resbaladizo por la lluvia como acuarelas que sangran sobre el papel.
Me duele la mandíbula de tanto apretar, los molares rechinando con cada manzana que pasamos.
Algo frío se me ha instalado en las tripas, no es miedo, es algo peor. Certeza.
—Tómatelo con calma —dice Ned—. Me gustaría volver con mi hermana de una pieza.
—Tengo que llegar a ella —gruño.
Ned asiente, su perfil se recorta nítido a la luz de las farolas.
—Le dijiste que se quedara. Estará bien.
—Ya veremos —respondo.
Ojalá Ned tenga razón, pero con la suerte que tengo ya estoy imaginando los peores escenarios para prepararme.
Las palabras suenan huecas. Ambos sabemos que la mejor manera de ir a por un Knight es capturar un peón. Y joder, la ciudad está llena de hombres dispuestos a cualquier cosa por poder y dinero.
Con cada kilómetro que nos acerca a Eve, mi cuerpo se tensa más. Los hombros se me contraen bajo la camisa, el cuello rígido, algo primitivo despertando bajo mi piel. El volante cruje bajo mis manos, el plástico protesta cuando tomo la última curva hacia su calle.
Aparco medio subido a la acera, con el motor aún en marcha, y salgo del coche de un portazo. Ned viene justo detrás de mí, sus pasos resonando con los míos escaleras arriba. No esperamos el ascensor. No nos fiamos del ritmo lento de esa maquinaria cuando cada segundo palpita como una cuenta atrás.
El pasillo hacia el apartamento de Eve está demasiado silencioso, nuestros pasos y nuestra respiración son los únicos sonidos. Incluso antes de llegar a su puerta, lo percibo: algo que no encaja, la ausencia donde ella debería estar.
Aunque cerrada, la puerta no tiene echada la llave, y la empujo para abrirla.
—¿Eve?
Solo el silencio me recibe mientras me apresuro a entrar.
El apartamento parece vacío, el aire demasiado quieto, como un escenario después de que los actores se hayan ido a casa. Ned me adelanta, llamando a Shelby, pero la falta de respuesta es confirmación suficiente.
—¡Eve! —rujo mientras voy de habitación en habitación.
Es inútil. El piso es demasiado pequeño para que no me oiga.
Que no responda solo puede significar…
—¡Respóndeme, joder!
—¿Shelby? Shel, ¿dónde estás? —grita Ned buscando a su hermana mientras yo busco a mi esposa.
Cuando he revisado cada habitación dos veces y acabo de nuevo en el salón, estrello el puño contra la pared.
—¡Joder! —rujo.
Ned ya no está gritando, y cuando miro a mi amigo, parece estar evaluando el apartamento. Me pongo en alerta y reparo en el cojín en el suelo. Después, en la taza rota cerca de la mesita, fragmentos de cerámica esparcidos de una forma que habla de impacto, no de accidente.
Me acerco a la entrada con la mirada fija en algo más. Una mancha cerca del umbral. Oscura y húmeda contra la madera. Me agacho, con los dedos suspendidos sobre ella.
—¡Jack! —Ned se acerca y se para junto a mí, con el teléfono ya en la mano—. Shelby no contesta al móvil…
Presiono el pulgar en la mancha. En lugar de estar seca o coagulada, está tibia y resbaladiza contra mi piel.
—Sangre —digo, y la palabra cae de mis labios como una piedra en aguas quietas.
El pulso no se me acelera. La respiración no se me entrecorta. En cambio, algo frío y claro me recorre, una calma cristalina, como si flotara fuera de mi cuerpo.
Ned maldice y da vueltas sobre sí mismo, con los ojos desorbitados mientras recorre el apartamento con la mirada otra vez.
—¿Quizá salieron? Quizá…
—Alguien se la ha llevado —me levanto despacio, con la sangre aún húmeda en las yemas de los dedos.
Me la acerco a la nariz e inhalo el olor cobrizo.
—Se las ha llevado a las dos.
Ned sigue hablando, sigue moviéndose, sigue llamando a Shelby como si pudiera materializarse de entre las sombras si lo repite suficientes veces. Lo ignoro, toda mi atención concentrada en la sangre de mi piel y en el espacio donde debería estar mi esposa.
Cruzo hasta el fregadero de la cocina, abro el grifo y observo cómo el rojo desciende en espiral por el desagüe.
El agua está fría contra la mano, un choque de sensación en medio del entumecimiento que se extiende por mí.
Con precisión mecánica, me seco las manos con un paño de cocina, lo doblo y lo dejo de nuevo en la encimera.