Engañada por Jack (Obsesiones estacionales nº 3) Capítulo 29
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Capítulo 29

La Novia

Me pellizco el puente de la nariz y suelto un suspiro sonoro. Uno. Dos... no. No aguanto otra disculpa más.

—Para ya —suspiro, conteniendo la risa cuando los ojos de Shelby se abren como platos—. Te has disculpado cinco veces, has culpado a tu hermano y a Jack tres veces a cada uno, y básicamente no has hecho más que dar vueltas sobre lo mismo.

—Pero Eve...

Niego con la cabeza y levanto la mano.

—Las disculpas no valen nada —espeto, tirando de la cremallera hasta que los dientes me arañan la piel—. Intenta otra cosa.

Se retuerce las manos, con el rímel corrido, hecha polvo.

—Jack quería que alguien te vigilara, y prefería que fuera yo en vez de Ned.

Si esto fuera una sesión de terapia, la pillaría evadiendo el tema en un segundo. Pero esto es la vida real, mi vida.

—Vale —cedo—. Eso quizá me lo puedo creer. Pero ¿cómo es que nunca me dijiste que mi vecino es tu puñetero hermano? O... no sé, podrías haberme dado alguna pista sobre los planes de Jack.

—Pero yo...

Ya está. Saber que está a punto de negarlo todo otra vez hace que me hierva la sangre.

—¡Basta! —grito—. Si me dices una vez más que no lo sabías, hemos terminado.

—¿Terminado?

Asiento con brusquedad.

—Sí. Terminado. Te conozco, Shelby. Eres una de las mentes legales más brillantes de Nueva York. ¿De verdad crees que me voy a tragar que no lo sabías? No me jodas.

Se le descompone el rostro, las lágrimas vuelven a brotar.

—No podía soportar pensar en ello. Eres mi mejor amiga, Eve. Nunca quise hacerte daño, pero no podía plantarle cara a Jack. Tiene a Ned en el bolsillo, y no podía ir en contra de mi propio hermano.

Ahora sí que estamos llegando a alguna parte.

—Sigue —la insto mientras termino de vestirme. Cuando acabo, por fin encuentro el móvil e intento encenderlo. Nada. Muerto, aunque llevaba semanas en el cargador.

Me obligo a escuchar a Shelby mientras sigue dando vueltas a las mismas explicaciones y excusas una y otra vez.

Se me retuerce el estómago. Dios, odio seguir queriendo creerla. Que una parte de mí esté desesperada por que le encuentre sentido a esta traición, porque si no, entraré en barrena hasta arrancarme la piel a tiras.

Me obligo a mirarla a los ojos a través del espejo.

—Rompiste algo dentro de mí —susurro, con la mandíbula apretada—. Y una disculpa no va a arreglarlo.

—Lo sé —solloza, retorciéndose las manos—. Es solo que no quiero perderte.

Algo en su tono me hace vacilar. Parece destrozada. Pequeña. Y quizá, solo quizá, podríamos arreglar este desastre. Pero ahora no hay tiempo. No con Jack esperando.

Como si lo hubiera invocado con el pensamiento, alguien llama a la puerta, seguido de la voz grave de Jack.

—Eve.

Le hago un gesto a Shelby con el dedo.

—Vuelvo enseguida.

Salgo al pasillo y me estiro el jersey sobre la marcha. Jack me espera en el salón, con los hombros echados hacia atrás. Ned, mi vecino que por lo visto trabaja para Jack o con él, está en la cocina.

—¿Estás lista? —pregunta Jack.

El pulso me late con fuerza mientras lo miro a los ojos.

—Creo que debería quedarme.

Se le tensa la mandíbula, un tic peligroso.

—Eve.

Me acerco más e inclino la cara hacia la suya, con voz suave pero firme.

—Necesito quedarme con ella. Apenas hemos empezado a hablar, y si no lo hago, si no lo hacemos, este rencor me va a consumir. Déjame hacer esto.

Me mira en silencio, los ojos verdes ardiendo con una furia contenida. Se me corta la respiración bajo esa mirada. Por un momento pienso que me cogerá en brazos y me sacará de aquí de todos modos, y una parte de mí quiere que lo haga.

—Venga —le suplico—. ¿No es mejor que me quede?

Me agarra de la nuca y me atrae hacia él en un beso que me hace perder pie. Su boca es brusca, exigente, como si quisiera grabar su control en mí para que no lo olvide en cuanto se vaya.

Me abro a él, le dejo tomar, le dejo devorar hasta que me flaquean las rodillas. Y luego le devuelvo el beso con todo lo que tengo, sin dejarle apartarse hasta que los dos jadeamos.

Apoya la frente contra la mía, con la respiración entrecortada.

—Prométeme que no saldrás de este piso.

—Te lo prometo —susurro, mareada por el calor y el fantasma de su boca.

Detrás de nosotros, Shelby carraspea. Los dos giramos la cabeza bruscamente hacia ella, y por una vez no se achanta. Levanta la barbilla, mete la mano en el bolsillo interior de la chaqueta y saca una pequeña navaja automática. El metal brilla bajo la luz del techo.

—Puedo protegerla —dice con voz firme—. Si alguien viene, se arrepentirá.

Jack la estudia con una mirada que carga el aire de la habitación. Finalmente asiente con un gesto seco, aunque su mano me aprieta como si fuera una correa.

—Si le fallas, no quedará de ti ni para enterrar.

Shelby traga saliva, pero no retrocede.

Jack me besa una última vez, más despacio, y luego me suelta. Lo acompaño hasta la puerta y le aprieto la mano antes de que se vaya. Cuando cruza el umbral y desaparece por el pasillo hacia las escaleras, se me encoge el estómago.

Apenas he cerrado la puerta tras Jack y Ned cuando Shelby se acerca. Echa el cerrojo con un suave clic.

—Listo, así sabremos si viene alguien —dice—. Sé que estás cabreada conmigo, y es justo. Pero tengo que saber qué se siente estando con Jack. Ese beso no parecía forzado.

Mientras habla, pasamos a la sala y nos acomodamos en mi sofá. Cojo uno de los cojines decorativos y lo abrazo contra el pecho.

—Mmm… es intenso.

—¿Sí?

Me muerdo el labio inferior, sin saber muy bien cómo describir nuestra relación.

—Y complicado.

—¿Pero te gusta?

Es verdad. De hecho, estoy bastante segura de que lo quiero, pero por alguna razón no quiero contárselo.

Dios, ahora mismo desearía que esto fuera una sesión de terapia para poder negarme a responder preguntas.

Pero la amistad no funciona así. Y no puedo enfadarme con Shelby por guardarse cosas si yo hago lo mismo.

—Nunca esperé enamorarme de él —admito tras un silencio cargado—. Pero creo que lo he hecho.

Las cejas de Shelby se disparan hacia arriba.

—¿En serio?

Como necesito hacer algo con las manos, me levanto y nos preparo un té mientras intento explicarle que las cosas han cambiado.

—¿Sabías que me tuvo encerrada en una jaula al principio? —pregunto mientras vuelvo a la sala con dos tazas humeantes.

—No me digas.

Tras dejarlas sobre la mesa y volver a sentarme, le cuento mi primera semana con Jack. Lo frío y cruel que fue al principio.

—Me culpaba por la muerte de Ruby.

Se me hace un nudo en el estómago al darme cuenta de que no sé si sigue pensando lo mismo.

Shelby se pasa la lengua por los dientes y sopla el té antes de dar un sorbito.

—¿Por eso quería capturarte?

Arrugo la nariz, confundida.

—¿No lo sabías? ¿Él no te—?

Me interrumpe.

—Quiero a mi hermano, Eve. De verdad. Pero a veces actúa más como el perro faldero de Jack que como mi única familia. Nunca me contó de qué iba todo esto, solo que tenía que llevarte al Santuario de las Sombras para el evento de lanzamiento.

Miro fijamente la taza mientras el vapor me sube hacia la cara hasta humedecerme las pestañas. Por un segundo, no sé si sentirme aliviada o furiosa. Si está diciendo la verdad, y ¿por qué no iba a hacerlo?, entonces Ned y Jack la mantuvieron a distancia igual que a mí.

—De todos modos, Ruby era una zorra —dice Shelby de repente—. Se merecía lo que le pasó.

Pero. Qué. Cojones.

Estoy tan conmocionada por esa revelación que no se me ocurre nada que decir. Así que no digo nada. Los minutos pasan, pesados y lentos. El calefactor zumba, las tuberías chasquean en las paredes, cada segundo más ruidoso que el anterior. Doy un sorbo, trago, doy otro sorbo. El vapor se desvanece.

El ardor en la lengua se atenúa hasta convertirse en tibieza, luego en nada. Cuando bajo la vista, el té ya se está enfriando entre mis manos.

La mirada de Shelby se desliza hacia mí por encima del borde de la taza.

—Entonces… cuando te tuvo en esa jaula, ¿lo odiaste por ello? ¿O una parte de ti lo disfrutó?

Se me cae la mandíbula antes de poder evitarlo y el calor me inunda la cara.

—Joder, Shelby. ¿Quién pregunta eso?

Se ríe levemente mientras se mete una pierna debajo.

—Solo tengo curiosidad. No serías la primera mujer que confunde obsesión con devoción.

Un hormigueo me recorre la parte baja de la espalda. Aprieto el cojín con más fuerza.

—No fue así. Fue… complicado.

—Otra vez esa palabra —ladea la cabeza—. «Complicado» suena mucho a excusa.

Se me tensa la mandíbula, rechino los dientes, porque si no me anclo en la rabia, la incredulidad me tragará entera.

—No estabas allí. No sentiste lo que yo sentí.

El móvil le vibra suavemente contra el cojín. Lo mira rápidamente, toca dos veces y le da la vuelta.

—Mmm —reflexiona—. Puede que sepa más de lo que crees. Mi ex me tuvo con una correa durante un mes entero. Fue jodidamente glorioso.

Es una de las pocas veces que Shelby ha hablado de su ex. Sé que murió en febrero, pero no sé cómo ni por qué. Por lo visto, su relación era un secreto, así que nadie sabe gran cosa.

—¿Todavía lo echas de menos? —pregunto en voz baja.

—Lo querré hasta el día en que me muera.

Vaya… eso es profundo. Desde luego no fue solo un rollo. ¿Por qué pensé que era solo eso? O quizá algo un poco más serio, pero nunca imaginé que fuera un amor épico.

—Entonces, ¿cuándo dejó de parecerte un cautiverio? —pregunta, volviendo al tema de Jack y de mí.

—¿Qué?

Se pasa una mano por el pelo.

—O sea, ¿cuándo empezaste a abrir las piernas por voluntad propia?

Las palabras me dejan sin aire. Se me aflojan los dedos en la taza y casi la dejo caer.

—¿Qué coño acabas de decir?

Ladea la cabeza, con expresión abierta, casi inocente.

—Solo intento entender. Estabas aterrorizada al principio, ¿verdad? Pero ahora lo miras como si fuera el centro del universo. Algo tiene que haber cambiado.

Me arden las mejillas, el pulso se me dispara.

—Yo no lo diría así.

Su sonrisa se afila mientras da otro sorbo.

—¿Y cómo lo dirías tú? ¿Que eres especial? ¿Que él ve algo que nadie más ve? Porque voy a ser sincera, Eve. Lo único que veo es a una chica que siempre ha estado demasiado ansiosa por que la llenen. Demasiado ansiosa por que la necesiten.

Las palabras aterrizan como alambre de púas que se me clava en las costillas. Durante un instante, me quedo mirándola boquiabierta, con la boca seca, porque no puedo creer que hayan salido de su boca. Dejo la taza con un golpe seco.

—¿Por qué me hablas así?

Shelby se recuesta y cruza las piernas, con el móvil en equilibrio sobre el regazo.

—Porque alguien tiene que hacerlo. Te sientas aquí fingiendo que esto es amor, cuando solo es otro hombre usándote. Distinto collar, misma correa.

Intento tragar, pero no me salen las palabras. Sus ojos vuelven a encontrarse con los míos, con un destello ahora, sin rastro de dulzura.

—Dime, Eve. ¿Acaso sabes quién eres cuando no tienes a un hombre agarrándote del cuello?

Unos golpes retumban en la puerta.

Me sobresalto tanto que casi derramo lo que queda de mi té.

Shelby no se mueve. Ni siquiera parpadea. Se limita a sonreír, despacio, con crueldad.

—Justo a tiempo.

Se levanta sin prisa y deja la taza con cuidado sobre la mesa. Me dedica una sonrisa de dientes para afuera antes de caminar hacia la puerta, descorrer el cerrojo y abrirla de par en par. Y entra... Caleb.

Su mirada me atraviesa sin interés antes de posarse en Shelby. Ella se acerca a él, y al instante las manos de él están sobre ella: le agarra el pelo y le arrastra la boca hacia la suya.

El beso es lento y brutal, todo dientes y lengua, húmedo y ruidoso hasta revolverme el estómago.

—¿Ahora estáis juntos? —pregunto, sin saber por qué eso me sorprende.

Bueno, en realidad, teniendo en cuenta lo que acaba de contarme sobre su ex, sí es sorprendente. Claro, creí haberlo visto con ella en el Santuario. Pero esto... esto desde luego no es lo que esperaba.

—Sorpresa —canturrea Shelby después de separarse de él.

Sus ojos están más fríos que nunca, afilados de triunfo. Apenas la reconozco.

—Sujetadla —ordena con voz plana, señalándome con la barbilla—. Tenemos que irnos antes de que vuelvan Jack y Ned. No tardarán en darse cuenta de que lo del incendio es mentira.

—¿Qué? —Mi voz se quiebra, a medio camino entre el susurro y el grito. Me levanto de un salto, con el corazón golpeándome las costillas.

Caleb no duda. Cruza el espacio en tres zancadas y su brazo bueno me rodea la cintura como una banda de acero antes de que pueda siquiera parpadear.

—¡No! —grito, y lanzo la taza como si fuera un arma.

—Ahora solo me estás poniendo duro —se burla, y aparta mi arma improvisada de un manotazo.

Me retuerzo, araño, pateo hacia atrás, pero es inútil. Incluso con un brazo roto, es demasiado fuerte. La taza, que de poco ha servido, se me escapa de la mano, se hace añicos contra el suelo y el té salpica por todas partes.

—¡Suéltame! —Le clavo las uñas en el antebrazo, con los dientes al descubierto, pero ni siquiera gruñe. Me levanta del suelo como si no pesara nada.

Shelby observa con los brazos cruzados, la boca curvada en una sonrisa tenue y satisfecha.

—Date prisa —espeta—. Jack no es idiota.

Caleb me alza más contra su pecho y me inmoviliza las muñecas con una mano mientras se dirige a la puerta. El pulso me martillea en la garganta, el grito me la desgarra mientras el pasillo se inclina a mi alrededor.

Antes de entrar en el ascensor, miro hacia atrás justo a tiempo para ver a Shelby cortarse la mano. Me sonríe con maldad mientras deja que unas gotas de sangre caigan al suelo.