Capítulo 28
El Embaucador
La sartén todavía chisporrotea en el fogón cuando dejo el último plato. Huevos, tostadas, una pila de tortitas tan alta que ella las mira como si fuera a derrumbarse.
Es demasiado para dos personas, pero me gusta verla batallar con cada bocado que le pongo delante. Como si cada tenedorada fuera la prueba de que aceptará lo que le dé, aunque sea demasiado.
Eve arranca una tira de beicon, los labios brillantes de grasa, los ojos entrecerrados mirándome como si intentara descubrir qué me traigo entre manos.
—¿A qué viene esto?
—¿Tiene que haberla?
Curva los labios, aunque no llega a ser una sonrisa.
—¿Contigo? Sí.
Devora otras dos lonchas en un santiamén.
—Las tortitas y el beicon habrían obrado milagros con mi humor hace dos mañanas, cuando me pasé horas quitando pintura de sitios donde no tenía nada que hacer.
Me limito a sonreír, recordando todavía lo cabreada que se puso cuando me negué a ayudarla. Qué le voy a hacer, me encantaba esa manchita de pintura naranja en su trasero.
Tras dar un sorbo a su café, hace una mueca.
—¿Pero qué demonios? Esto no tiene ni punto de comparación con el café delicioso que me dejaste preparado mientras estabas fuera.
Justo cuando estoy a punto de preguntarle de qué demonios habla, porque yo no le dejé ningún café, mi teléfono vibra sobre la encimera. El nombre de Nick parpadea en la pantalla y el ambiente se enrarece; el ritmo tranquilo de la mañana se quiebra como un hueso bajo presión.
—No me digas que llamas porque hueles el beicon desde...
La voz de mi hermano suena cortante al interrumpirme.
—Alguien ha quemado uno de nuestros putos hoteles.
—¿Qué?
—¿No me has oído? Ya he hablado con los tres y juran que no saben nada.
Hace una pausa, la suficiente para gritarle a alguien por derramar algo en el suelo.
—Odio tener que preguntarte, Jack. Pero...
—Vete a la mierda —gruño, mientras la podredumbre ya se extiende, se enrosca bajo mis costillas como buscando una forma de abrirme en canal—. Sé lo que vas a preguntarme. Y no, no he hecho nada que provoque que alguien ataque nuestras propiedades.
Exhala con fuerza.
—Lo siento, pero...
Por suerte, no enumera las muchas formas en que la he cagado a lo largo de los años.
En el pasado me he jugado hoteles como si fuera el Monopoly y no una partida de póker clandestina. Así que tiene sentido que quiera preguntarme. Sobre todo cuando sus infames tres señores del crimen de Nueva York no han oído rumores ni susurros sobre un nuevo jugador en escena.
Pero sigue siendo jodidamente ofensivo, como si no pudiera ver al monstruo tirando de la correa, con espuma en la boca, los dientes ansiando carne. Y lo he mantenido ahí, a duras penas, sin dejar que se suelte.
—¿Quieres que vaya a echar un vistazo? —pregunto, y bajo la mirada sorprendido cuando Eve posa su mano sobre la mía.
Nick se ofrece a reunirse conmigo allí, pero cuando le explico que prefiero ir solo, se limita a decirme qué hotel antes de colgar. En lenguaje de hermano mayor, eso ha sido tanto una disculpa como su manera de decir que confía en mí.
Cuando levanto la vista, los ojos grises de Eve me atraviesan, con un destello de irritación lo bastante afilado como para cortar.
—Te vas —me acusa, y el otra vez que no pronuncia queda flotando en el aire.
—Podrías venir conmigo —le ofrezco, y nos sorprendo a los dos.
Joder, no sé a qué me voy a enfrentar, y lo último que quiero es que Eve quede atrapada en la explosión, su cuerpo destrozado cuando yo debería haberla protegido. El mero pensamiento de que le pase algo a otra mujer en mi vida me resulta jodidamente repugnante.
Arquea una ceja mientras mastica despacio.
—¿En serio?
Me inclino sobre la encimera, con la palma apoyada cerca de su plato.
—En serio —confirmo—. Te quiero conmigo.
Aunque es imprudente y más que estúpido, también es necesario. Cada vez está más claro que no voy a renunciar a Eve. Joder, creo que soy adicto a ella. Dormir a su lado mantiene a raya las pesadillas, y cada minuto que paso con ella me parece lo correcto.
Y eso significa que, tarde o temprano, tendré que arrastrarla de lleno a mi mundo y dejar que se ahogue en el humo como el resto de nosotros. Porque la única alternativa es dejarla marchar, y eso no va a pasar.
—De acuerdo —acepta, y sus labios se curvan en una sonrisa tan afilada que parece rendición y desafío a la vez.
—Pero tienes que prometerme algo.
Alza la barbilla.
—¿Qué?
—Que te quedarás a mi lado —gruño—. Nada de huir. Nada de trucos. Nada de gilipolleces. Te mueves cuando yo me muevo. Respiras cuando yo te lo permito. ¿Me entiendes, Eve?
Pone los ojos en blanco.
—¿Algo más?
Mi mirada se suaviza y le acaricio la mejilla.
—No intento controlarte, esposa. Pero no soporto la puta idea de que algo o alguien te haga daño.
Sus ojos grises se clavan en los míos mientras traga saliva.
—No sé con qué nos vamos a encontrar. Puede que haya fuego, puede que balas. O algo peor.
—No soy una puta damisela en apuros —suelta—. Sé defenderme sola, Jack. No olvides lo que te conté sobre acabar con monstruos más grandes que tú.
—¡Joder! —rujo, y golpeo la mesa con el puño con tanta fuerza que los platos y los cubiertos traquetean—. ¡Me importan una mierda tus habilidades! ¿Es que no entiendes que no quiero que te pase nada?
—¿Por qué? —replica, levantándose de la silla de un salto—. ¿Porque eres el único que tiene derecho a hacerme daño?
¿Pero qué coño le pasa? Es como si nos estuviera arrastrando hacia atrás, haciendo añicos cada centímetro de progreso hasta convertirlo en polvo bajo nuestros pies.
—Repite eso —exijo con tono bajo y peligroso.
Cuando aprieta los labios, se me acaba la paciencia. Con dos zancadas, rodeo la mesa y acorto la distancia entre nosotros. Enredo su cabello en mi mano y tiro de él para obligarla a mirarme.
—¿Por qué haces esto?
—No estoy haciendo nada —insiste.
Me obligo a respirar hondo varias veces, intentando calmarme.
—¿No lo entiendes? —Mi voz se quiebra, ronca por la contención—. Nunca me perdonaría si te pasara algo, Eve.
—¿Por qué?
—¿Me entiendes, Eve? Si alguien que viene a por mí, o a por Nick, te pone las manos encima, no será rápido. Lo alargarán, te destrozarán pedazo a pedazo. Y reduciré esta maldita ciudad a cenizas antes de permitir que eso ocurra.
—¿Por qué?
Gruño entre dientes, más que molesto por cómo sigue repitiendo la misma pregunta. Pero cuando la vulnerabilidad se cuela en su expresión, por fin lo entiendo. Suelto su cabello y la rodeo con los brazos.
—Porque eres mía, Eve. Eres mi maldita esposa, y...
—¿Y?
—... Joder, te quiero. Y eso significa que si alguien te toca, los silenciaré de tal manera que el mundo olvidará que alguna vez respiraron.
Un sonido estrangulado escapa de ella mientras me echa los brazos al cuello y tira de mí hacia abajo hasta que su boca choca con la mía. El beso es duro y brutal, todo dientes y furia. Muerde como si quisiera hacerme daño, como si su boca fuera la única arma que le queda.
Gruño contra su boca mientras aprieto el puño en su cabello hasta que gime contra mis labios. No es suave. No es tierno. Es un cariño que castiga, una colisión de rabia y posesión tan intensa que nos deja a ambos sin aliento.
Cuando por fin se aparta para tomar aire, sus ojos grises arden, salvajes y húmedos.
—Te odio —susurra, pero su voz tiembla como si no supiera si es una maldición o una confesión.
Enseño los dientes sin soltar su cabello.
—No, no me odias.
—No, no te odio —admite tan bajo que casi no la oigo.
—Tú también me quieres —digo con voz ronca, seguro, como si fuera un veredicto.
Su pecho se agita contra el mío. No lo niega. No puede. El silencio entre nosotros es un voto, espeso como la sangre, más pesado que cualquier confesión que pudiera hacer. Con la mano, le levanto la barbilla para que solo pueda mirarme a mí.
La comisura de su labio tiembla, todavía hinchada por el beso, todavía impregnada de mi sabor. Podría devorarla de nuevo, hundir los dientes en ella hasta que no recuerde nada más que a quién pertenece.
—Vienes conmigo —digo con voz plana, sin dar lugar a réplica. Ya no es una oferta.
Nunca lo fue. Sus labios se entreabren como si quisiera discutir, pero los cierra de nuevo, tragándose las palabras. Lista. Sabe que ganaré. Sabe que la arrastraré al fuego consienta o no, porque ya he decidido que es mía. Para siempre.
Sus dedos se tensan contra mi pecho, inquietos, y finalmente suelta el aire con un suspiro entrecortado.
—Entonces necesito cambiarme —murmura.
Arqueo una ceja.
—¿Cambiarte?
—Si entro en ese lugar con tu camiseta o cualquier cosa de las que Carolina trajo de mi apartamento, pareceré un maldito blanco fácil —levanta la barbilla y el desafío vuelve a brillar en sus ojos—. Llévame a mi apartamento. Tengo ropa allí que puedo ponerme.
Mientras se apresura a prepararse, le mando un mensaje a Ned para que nos espere en su apartamento con armas y la llave de repuesto. Las cosas que Eve dejó en el Santuario después de ponerse el vestido de novia están con Shelby, y todavía no me he molestado en recuperarlas.
En cuanto Eve está lista, salimos y vamos directos a su apartamento. Por suerte, no hay mucho tráfico, así que en nada aparco en una de las plazas frente a su edificio.
—Eve.
Su mano se queda suspendida sobre la manilla cuando digo su nombre.
Se detiene y se vuelve hacia mí.
—¿Sí?
—Lo dije en serio —aclaro—. Te quiero, y no podría soportar que te pasara algo. No como...
Como el maldito cobarde que soy, me callo en lugar de pronunciar el nombre de mi hermana.
Traga saliva.
—Lo sé, Jack. No pasará nada.
Subimos por las escaleras en lugar de coger el ascensor. La subida es silenciosa, cargada de todo lo que no decimos. Cuando llegamos a su piso, tiro de ella hacia atrás, contra mí.
—¿Qué demo...?
Le tapo la boca con la mano y señalo su apartamento, donde la puerta está abierta de par en par. Se me hiela la sangre. Ned debería estar aquí, pero el pasillo está vacío. Antes de que pueda decidir cómo actuar, Shelby sale pavoneándose por la puerta de Eve.
—¡Sorpresa!
—Te pasaste de dramático —me acusa Eve con una risa suave mientras la suelto.
—Eve —llama Shelby con voz vacilante—. ¿Podemos hablar?
—No es buen momento —ladro. Miro por encima de ella hacia Ned—. ¿Estás listo?
Asiente con brusquedad.
—Por supuesto.
Eve se queda mirando a Ned con los ojos como platos y frunce el ceño.
—Tienes que estar de coña —murmura entre dientes.
Ah, mierda. Se me olvidó que nunca ha visto a Ned conmigo oficialmente. Obviamente, sabe que es su vecino, pero eso no es lo mismo que saber que trabaja conmigo. O quizá ya lo había deducido y solo está...
Abro la boca para decir algo... lo que sea. Pero Eve entorna los ojos.
—Solo puedo lidiar con una maldita cosa a la vez. Así que hablaremos de esto después —suspira con fuerza y mira a Shelby—. Necesito prepararme. Podemos hablar mientras me cambio.
Entramos en el apartamento de Eve, y mientras las mujeres se dirigen al dormitorio, me quedo en el salón con Ned.
—Parece que te has metido en un lío —dice Ned con una sonrisa.
Sonrío y asiento mientras me siento en el sofá de Eve y cruzo una pierna sobre la otra. Echo un vistazo alrededor y me fijo en la decoración de su repisa. Arqueo una ceja al ver la placa de debajo.
¿Por qué tan serio?
Esta inesperada muestra de humor debería sorprenderme. Pero tratándose de mi esposa, ya casi nada me sorprende. La mujer fría que creía tener completamente descifrada no tiene nada que ver con eso.
No solo ha encajado con naturalidad todo lo que le he echado encima, sino que se me ha metido bajo la piel y en el corazón.
¿Debería sentirme mal por todo lo que le he hecho? Quizás. Pero no es así. Porque la mujer que duerme en mi cama, que me hace desearla, no se parece en nada a la doctora frente a la que me senté hace tantos meses.
Todavía hay muchas cosas que no sé de ella. Por ejemplo, ¿por qué diablos tiene el cráneo de su padre en la repisa? ¿Por qué no está furiosa por haber perdido su negocio? Puede que me guste que parezca tan… equilibrada. Pero al mismo tiempo resulta inquietante.
En muchos sentidos, me recuerda a un reptil. Se queda inmóvil mientras espera el momento oportuno para atacar, y puede que eso sea exactamente lo que está haciendo. Al fin y al cabo, sé que ha robado uno de mis cuchillos de cocina.
Supongo que solo el tiempo dirá si cumplirá su promesa e intentará matarme.