Engañada por Jack (Obsesiones estacionales nº 3) Capítulo 27
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Capítulo 27

La Novia

Los días se difuminan en un ritmo peligrosamente cercano a la domesticidad.

Compartimos comidas, a veces desparramados en el sofá, a veces en la barra mientras Jack cocina como si fuera lo más natural del mundo. Me sorprende descubrir que tiene bastantes trucos culinarios bajo la manga.

No me ha vuelto a encadenar. No me ha encerrado otra vez en la jaula. Y eso, extrañamente, es más difícil de digerir. Cuando me puso grilletes, conocía mis límites, las reglas de su juego. Ahora... no las conozco.

Simplemente me deja deambular por su casa, adaptando cosas para mí como si yo perteneciera aquí.

Me sorprendo eligiendo su taza para el café como si fuera mía, y lo aterrador es lo rápido que todo empieza a sentirse...

normal. Como si realmente perteneciera. Pero no es así. No puedo. Esta es su vida, no la mía.

Los pensamientos me mantienen despierta, revoloteando como buitres. Pequeñas cosas siguen apareciendo. Como que ni siquiera recuerdo la última vez que vi mi teléfono. No sé por qué no había pensado en eso hasta ahora.

La última vez que lo vi fue en mi apartamento.

No me permitieron llevarlo a Governors Island para La Boda Negra, así que llevo más de dos semanas sin él.

Sigue enchufado al cargador en mi mesita de noche.

O quizá Shelby haya pasado por allí y lo tenga ella.

Parece poco probable, pero tiene una llave de repuesto.

Uf, pensar en ella me hierve la sangre, y aprieto los puños. Todavía no logro entender del todo su traición. Arde como ácido en mis venas, y quiero arremeter contra cualquier cosa a mi alcance.

¿Cómo pudo tenderme una trampa así? Aunque Jack la tenga amenazada con algo, debería haber encontrado la manera de advertirme. Es jodidamente retorcido. Y sé que hasta que hable con ella, mis pensamientos seguirán dando vueltas en torno a esta traición. Por eso mismo lo he estado reprimiendo.

Bueno, volviendo a mi teléfono. En realidad, el aparato da igual. Porque conozco la triste verdad: nadie me echa de menos. La única persona a la que le importaría sabe dónde estoy, y ella constituye todo mi círculo social.

Durante la mayor parte de mi vida, pensé que la soledad era mi elección. Ahora es como si me hubieran enterrado viva en ella.

La casa está demasiado silenciosa, y mi cuerpo me pide movimiento. Me deslizo fuera de la cama y camino descalza hasta la cocina. Cojo un vaso, lo lleno en el fregadero y me lo llevo a los labios.

Entonces lo veo: un destello de movimiento justo al otro lado de la ventana, tan rápido que me hace dudar, pero tan intenso que me acelera el pulso. Hay alguien ahí fuera. Observando. Aprieto el vaso con más fuerza, pero antes de que pueda acercarme más, un sonido desgarra la casa.

Un grito. Profundo, gutural, arrancado directamente de una pesadilla.

El vaso se me resbala de la mano y explota contra las baldosas; el agua me salpica las piernas mientras los fragmentos se dispersan por el suelo. Me da igual. Ya estoy corriendo. El pecho me sube y baja mientras tropiezo de vuelta al dormitorio, el corazón martilleándome cada vez más fuerte.

Jack se retuerce entre las sábanas, la piel brillante de sudor, la voz desgarrada y rota.

—¡Ruby! Lo siento. Lo siento muchísimo.

Sus brazos se agitan como si luchara contra cadenas invisibles, y la escena me deja paralizada.

Lo he visto calculador, cruel y controlado. Pero nunca lo he visto así: deshecho, suplicando, con un sonido tan crudo que no parece salir de él. Por un segundo solo observo, atrapada en esa tormenta. Luego me subo a la cama, le agarro los hombros y lo sacudo con fuerza.

—¡Jack! ¡Despierta!

Se me quiebra la voz, el pánico crece con cada segundo que pasa sin que despierte.

Su pecho se agita, el rostro retorcido en una mueca de agonía.

—¡Jack!

Grito de nuevo y lo empujo más fuerte esta vez. Sus ojos se abren de golpe, salvajes y desenfocados, y luego se clavan en los míos. Por un momento no respira. Yo tampoco.

Todo su cuerpo se sacude como si emergiera de las profundidades. Las sábanas están empapadas de sudor, su respiración áspera, entrecortada. Mantengo las manos en sus hombros incluso cuando sus ojos se aclaran, temiendo que si lo suelto volverá a caer en la pesadilla que lo arrastró.

—Ruby —dice con voz ronca, como si le arrancaran el nombre. Se me hace un nudo en el estómago.

—Ella no está aquí —susurro rápidamente—. Soy yo. Eve.

Su mirada se agudiza, y algo indescifrable cruza por ella —pena, culpa, alivio— antes de apartar la vista y pasarse una mano temblorosa por el rostro.

—Dra. Muerte —dice con voz ronca—. Nunca me ha quedado mejor el nombre.

Todavía siento el temblor de su pecho bajo las palmas. Por una vez, Jack Knight parece humano. Quebradizo.

—Estabas soñando —digo en voz baja.

—Una pesadilla —corrige con amargura, y suelta una risa sin humor. Traga saliva con dificultad, los ojos todavía desenfocados—. Algunos fantasmas no necesitan dormir para acechar. Solo esperan hasta que estás demasiado débil para luchar.

Dudo, y luego le hago la pregunta que llevo tiempo queriendo hacerle.

—¿Es por eso por lo que bebes tanto?

Aprieta la mandíbula, y por un largo momento pienso que no va a responder. Luego, en un susurro apenas audible, dice:

—Llevo días sin probar una gota.

—Háblame de ella —digo mientras me acomodo para sentarme junto a él en la cama.

—Pregúntame cualquier cosa menos eso —dice con voz ronca. Se gira y tira de mí hacia abajo para que quede acostada junto a él, con la cabeza apoyada en su pecho y su mano acariciándome la espalda.

Su corazón late tan fuerte que prácticamente siento el golpeteo contra la oreja. Es conmovedor saber que se está mostrando tan abierto sobre su vulnerabilidad. Me dan ganas de calmarlo. Giro la cabeza y deposito un beso en su pecho desnudo, justo encima de la cicatriz.

—¿Cuándo empezaste a pintar? —pregunto con suavidad.

Su mano se detiene en mi espalda.

—¿Cómo sabes que pinto?

Me quedo paralizada al darme cuenta de mi error.

—Mmm...

Dudo, y luego opto por la honestidad. Inclino la cabeza hacia arriba y busco su mirada.

—Encontré tus lienzos en el ático.

Su mandíbula se tensa, un músculo que palpita bajo la piel.

—Has estado explorando.

—Me dejaste sola —le recuerdo—. Estaba aburrida.

Espero enfado, pero en cambio, solo parece cansado.

—¿Te gustaron?

La pregunta me pilla desprevenida.

—Sí —admito—. Son... crudos. Honestos.

Sus ojos buscan los míos, y puedo ver que no me cree, que no confía en que alguien pueda ver su trabajo sin juzgarlo. Eso duele más de lo que esperaba. Deslizo la mano más arriba por su pecho, sobre el latido constante de su corazón.

—Píntame —susurro.

Sus cejas se alzan, con un destello de sospecha.

—¿Pintarte?

—Sí.

Me incorporo sobre un codo, sin apartar la mirada.

—Si es honestidad lo que pones en el lienzo, entonces quiero ver cómo me ves.

La comisura de su boca se contrae, sin llegar a ser una sonrisa.

—Eso solo funciona si estás desnuda, esposa. Sin tela entre la verdad y yo.

El calor me sube por el cuello, pero no aparto la mirada.

—De acuerdo.

Este hombre ya ha visto cada parte de mi cuerpo desnudo, en varias poses, así que no debería ser gran cosa dejar que me pinte desnuda. Y sin embargo, resulta conmovedor.

Me estudia durante un largo momento antes de incorporarse. Alcanza la lámpara y la ajusta para que las sombras se proyecten por la habitación como trazos de carboncillo. Luego sale de la cama y me lleva con él.

Las manos de Jack son inusualmente cuidadosas mientras me quita su camiseta por la cabeza y me desliza el tanga por las piernas. El aire frío me acaricia la piel y me endurece los pezones. Pero él no lo nota.

Mete la mano bajo la cama y arrastra una caja de madera maltratada manchada de pintura.

Cuando la abre, aparecen pinceles, tubos y paletas. No puedo creer que esto estuviera escondido en el lugar más obvio en el que nunca pensé buscar.

—¿Dónde me quieres? —pregunto mientras saca un lienzo tensado, la superficie ya manchada con huellas dactilares y restos de pintura vieja.

Lo apoya contra la pared, luego arrastra una silla y la coloca delante. A continuación, empieza a sacar pinceles y mezclar colores, cuidadoso con la cantidad que vierte en la paleta. Me maravilla la calma que irradia mientras se prepara. Es todo un espectáculo.

Una vez que parece satisfecho con todo, vuelve a mi lado.

—Recuéstate en la cama.

Las manos de Jack están cálidas mientras me coloca. Me acuna la mandíbula e inclina el rostro hacia la luz. Luego me sube la pierna para que se doble, dejando más de mí al descubierto.

Sus ojos se oscurecen cuando da un paso atrás y me observa.

—Perfecto —dice con voz ronca, y me besa la mejilla antes de sentarse en la silla y colocar el lienzo sobre el regazo.

El rasgueo del pincel llena el silencio, interrumpido solo por su respiración entrecortada cada vez que su mirada va del lienzo a mi cuerpo.

Mantengo la pose, aunque los muslos me tiemblan por la contención, los pezones tensos por la exposición. Sus ojos me devoran tanto como sus pinceladas me capturan.

Finalmente, el pincel se ralentiza y luego se detiene. Jack lo deja a un lado y se recuesta en la silla con el lienzo apoyado en las rodillas. Su mirada se demora en mí y después se desvía hacia la pintura.

—Ven aquí.

Me incorporo, con todos los músculos hormigueando y doloridos por haber permanecido inmóviles. Camino descalza hacia él, el calor de su mirada abrasándome cada centímetro de piel desnuda. Cuando bajo la vista al lienzo, se me cierra la garganta y la respiración se me entrecorta.

En lugar de encontrarme con la que veo en el espejo, la mujer del lienzo es la que él ve. Está tendida entre sombras y luz, cada curva de su cuerpo viva. Levanto la mano y acerco un dedo hasta casi tocar la pintura húmeda.

Trazo las pinceladas en el aire en silencio, grabando cada una en la memoria. Me asombra presenciar cómo me ve Jack. Es íntimo, poderoso y verdaderamente sobrecogedor. Cada parte de mí se convierte en algo crudo y desafiante. Devastador. Hermoso. Aterrador.

Los pezones están sonrosados en un rosa tierno, el sexo capturado en trazos de sombra y luz, más sugerencia que detalle, pero suficiente para que se me encoja el estómago.

Pero lo que realmente me atrapa son los ojos. No son solo grises, tienen alma y... ni siquiera sé cómo describirlo. Soy un enigma y a la vez conocida. Una enemiga poderosa y frágil.

—Me hiciste... —la voz me vacila—... parecer que importo.

—Importas.

Su respuesta es ronca, arrancada de algún lugar profundo. Y le creo. Por cada pincelada, cada cuidadosa mezcla de color, creo que no solo importo, sino que soy codiciada.

Algo imprudente se apodera de mí. Paso el dedo por la espesa pintura naranja de la paleta y luego lo arrastro directamente por su pecho.

Jack se sacude, con los ojos centelleantes.

—¿Quieres jugar sucio, esposa?

Antes de que pueda responder, ya está de pie, apoyando con cuidado el cuadro contra la pared. Mientras me da la espalda, sumerjo ambas manos en la paleta —naranja y rosa cubriéndome las palmas— y las presiono con fuerza contra su piel desnuda, dejando mis huellas en sus hombros y espalda.

Deja escapar un gruñido juguetón e intenta agarrarme, pero lo esquivo.

—¿Por qué soy la única desnuda? —me quejo.

Me enseña los dientes en una sonrisa depredadora mientras se baja los bóxers, liberando su polla muy erecta y perforada. Me relamo los labios, momentáneamente distraída. Es todo el tiempo que necesita para abalanzarse sobre mí y agarrarme el trasero a dos manos.

—Entonces juguemos —dice con voz ronca.

Deslizo las manos resbaladizas de pintura por su espalda, le agarro el trasero con la esperanza de dejar huellas perfectas. Estoy a punto de alcanzarle la polla cuando lo pienso mejor.

—Espera —murmuro—. ¿La pintura no es mala para la piel?

Él se ríe.

—Normalmente, sí. Pero esta es pintura corporal de grado cosmético.

Arqueo una ceja con sorpresa.

—¿En serio?

Se encoge de hombros y explica:

—La compré cuando los acrílicos empezaron a darme reacciones alérgicas.

No es para nada la respuesta que esperaba. Es tan normal y anticlimática.

—Eso sí quiere decir que la pintura no es de la mejor calidad. Se agrieta y pierde color fácilmente, pero de momento servirá.

Hago un puchero, disgustada porque mi bonita pintura no vaya a durar para siempre. —Oh, vale.

Me agarra el trasero con ambas manos y me atrae contra él. La pintura que acabo de embadurnarle por todo el cuerpo pasa fácilmente a mi piel.

—No te preocupes —dice con voz grave y rasposa—. Algún día usaré acrílicos u óleos de verdad, esposa.

—Bien —digo, encantada con cómo suena eso.

Su polla palpita contra mi vientre. —Pero esta noche —dice con voz ronca— te pintaré con algo más que colores.

Su boca reclama la mía, dura y voraz, mientras sus manos se deslizan entre mis nalgas para cubrir mi coño desde atrás. Jadeo cuando sus dedos encuentran mi abertura húmeda.

—Joder —gruñe mientras acaricia mi clítoris en círculos—. Eres mi obra maestra.

Le araño los hombros y dejo rayas de color sobre sus músculos mientras me empuja hacia atrás sobre la cama. Las sábanas se manchan al instante debajo de mí, con huellas de manos y manchas que marcan cada lugar donde me retuerzo bajo él.

Se cierne sobre mí, con el cuerpo surcado de color y la polla reluciente de líquido preseminal en la punta.

—Jack... —su nombre se me atraganta mientras un deseo al rojo vivo me recorre las venas—. Fóllame. Ahora.

O escucha la necesidad profunda en mi voz, o la ve en mi cara. Sea cual sea la razón, no me hace esperar. Coloca la punta de su polla contra mi abertura y se hunde lentamente en mí.

Gruñe junto a mi oído mientras mis manos vuelven a su trasero para atraerlo más adentro.

Nuestros cuerpos chocan húmedos, y cada embestida convierte el desastre entre nosotros en algo primitivo.

El olor penetrante de la pintura se mezcla con sudor, almizcle y sexo hasta que no puedo distinguir dónde termina él y dónde empiezo yo.

Me arqueo bajo él y grito mientras otra ola crece dentro de mí. Su mano me rodea la garganta e inclina mi cara hacia el lienzo apoyado en la pared. La mujer pintada allí parece salvaje, desafiante, aterradora, y me doy cuenta de que realmente somos una y la misma.

—Lo eres todo, joder —gruñe.

Dejo escapar un sonido a medio camino entre gemido y sollozo. Porque creo que por fin lo entiendo. La emoción que me inunda el pecho es... amor. Y siendo sincera, estoy bastante segura de que no soy la única que lo siente.

Jack no me pintó como se pinta a un extraño, ni siquiera a un enemigo. Solo alguien a quien amas puede hacer que pongas partes de ti mismo en la pintura, que plasmes cómo te ve esa persona. Y eso es exactamente lo que hizo Jack.

Abro la boca, a punto de dejar que las tres pequeñas palabras escapen de mis labios. Pero entonces los aprieto. Me niego a ser la primera en decirlo.