Engañada por Jack (Obsesiones estacionales nº 3) Capítulo 26 #2
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Capítulo 26 #2

—Solo conversación. La gente normal las tiene, ¿sabes?

Sus labios se curvan.

—¿Y ahora somos gente normal?

—Por esta noche —digo en voz baja, sin saber muy bien por qué le ofrezco esta tregua—. Solo responde a la pregunta.

Se lo piensa mientras sus dedos trazan círculos distraídos en mi tobillo.

—Negro —dice finalmente—. No porque esté vacío. Porque oculta todo lo que no quieres que el mundo vea.

La respuesta se me anuda en la boca del estómago.

—Tiene sentido.

—Te toca.

Dudo un momento y luego digo:

—Si tuviera que elegir, el naranja es mi favorito. Pero me encantan los colores en general, y creo que mi pelo lo demuestra.

Me río bajito y levanto un mechón juguetona.

—Suelo teñírmelo de los hombros para abajo cada temporada.

—¿Siempre con los mismos colores?

—No.

Le explico que en Navidad suelo teñírmelo de verde.

—Y... bueno... ya sabes qué color uso en febrero —digo algo avergonzada.

Nuestras miradas se cruzan.

—Lo sé.

Para quitarme de encima esa pesadez, sigo hablando de mi pelo.

—En verano suelo empezar con azul durante unas semanas. Luego me lo tiño de amarillo y naranja claro. Y así vuelvo a...

Jack coge un mechón suelto de mi pelo y enrosca la parte naranja alrededor de su dedo índice.

—Este color.

El tono grave de su voz me dice que le afecta más de lo que quiere admitir cualquier mención del rojo.

Lo entiendo. Lo llevaba rojo en el funeral doble, cuando lo conocí. Y era de ese color por San Valentín, lo que inevitablemente hace pensar en Valentine Grant. Suspiro bajito, sabiendo que tarde o temprano tendré que contarle más sobre cómo conozco a Valentine.

—Es muy propio de ti que el naranja sea tu color favorito —murmura mientras su mano se desliza hasta mi pantorrilla, cálida contra mi piel—. Ardes con más intensidad de la que crees.

La observación resulta demasiado íntima, demasiado certera. Aparto la mirada y cojo más patatas fritas.

—¿Cuál es tu grupo favorito? —pregunto, necesitada de cambiar de tema.

Jack me roba otra patata frita del envase, esta vez a propósito.

—No escucho mucha música.

—Todo el mundo tiene un grupo favorito —insisto, dándole un toquecito en el muslo con el pie—. Hasta los psicópatas tienen preferencias musicales.

Sonríe con suficiencia.

—Marilyn Manson.

—¿En serio? —no puedo ocultar mi sorpresa—. No te habría imaginado como fan de la música oscura, agresiva y teatral.

—¿Qué te habías imaginado?

Ahora que lo pregunta, no lo sé. Es que resulta tan previsible que me acechara con una máscara de gas, seguramente escuchando a Marilyn Manson mientras venía a atormentarme.

—Clásica —bromeo.

Sus dedos encuentran un nudo en el músculo de mi pantorrilla y presionan, arrancándome un jadeo.

—¿Cuál es la tuya?

Sin prisa, termino la Coca-Cola y cojo el batido y el pastel. No está tan bueno como cuando lo recogimos, pero aun así me sabe a gloria. Cuando he comido la mitad, le paso el resto, que él se termina de un bocado.

—Vamos, no me dejes en suspenso, Dr. Muerte.

Compartir mis gustos musicales me parece más revelador de lo que debería, pero aun así respondo.

—Florence and the Machine cuando necesito sentir algo... más grande que yo misma.

Los ojos de Jack no se apartan de los míos mientras sigue masajeándome la pantorrilla, con un toque firme pero delicado. La luz del fuego se refleja en sus gemelos cuando se mueve, pequeños destellos de plata contra la oscuridad del esmoquin.

El tiempo se estira. En algún momento, me muevo y me acurruco de lado contra él en lugar de solo apoyar las piernas, mientras el fuego se va consumiendo hasta brillar en rojo en lugar de arder con fuerza.

Seguimos haciendo preguntas, pero las pausas se alargan, se suavizan, como si retáramos al silencio a instalarse para luego romperlo de nuevo.

—¿Necesitas eso a menudo? ¿Sentir algo más grande?

—¿No lo necesitamos todos? —contraataco, esquivando la pregunta—. ¿No es eso lo que vende el Santuario? ¿Una sensación más intensa de lo que ofrece la vida cotidiana?

Sus dedos se detienen.

—El Santuario vende peligro controlado. La ilusión del miedo sin consecuencias.

—¿Y qué vendes tú, Jack?

La pregunta se me escapa antes de poder contenerla.

—No vendo nada —responde con voz grave—. Reclamo lo que es mío.

El calor me sube por el cuello y no tiene nada que ver con el fuego. Doy otro sorbo al batido; necesito el frío para centrarme.

Jack se ríe entre dientes, y se me eriza el vello de todo el cuerpo al captar ese matiz perverso. Oh, joder. Seguro que está a punto de hacerme preguntas que no quiero responder.

Para mi sorpresa, no lo hace. Eso sí, me ametralla a preguntas sin dejar pausas lo bastante largas como para que yo le exija que también responda. Pero todas son inofensivas, así que lo dejo pasar por ahora. La verdad es que me gusta verlo así.

—Comida favorita. Venga —dice.

—Cualquier cosa que no tenga que cocinar yo —respondo, y eso le arranca una carcajada, una risa de verdad que le transforma el rostro, suavizando esa dureza a la que ya me he acostumbrado. Me descubro mirándolo fijamente, registrando cada diferencia.

—¿Qué? —pregunta, pillándome.

—Nada —aparto la mirada—. Es solo que... no creo haberte oído reír así antes.

Algo cruza fugaz por su rostro: vulnerabilidad, quizás, que enseguida oculta.

—No ha habido mucho de qué reírse últimamente.

La confesión queda suspendida entre nosotros, cargada con todo lo que no decimos. Ruby. Valentine. La razón por la que estoy aquí.

—Y ahí se fue la burbuja —suspiro con nostalgia.

Bostezo sin poder evitarlo y me tapo con el dorso de la mano. El batido se terminó hace rato, los envoltorios están apartados y el fuego se ha reducido a un lecho de brasas. Tengo el cuerpo pesado, cálido, pero mi mente no deja de dar vueltas en torno a él.

—¿Burbuja?

Me incorporo y subo las piernas para apoyar la barbilla en las rodillas.

—Sí, ya sabes... la burbuja en la que estábamos antes de que la realidad nos cayera encima.

Asiente y se pasa el pulgar pensativo por la barba incipiente.

—Entonces quizás sea hora de llevar a mi esposa a la cama.

Sus ojos brillan con un hambre apenas contenida cuando asiento.

Nos levantamos los dos en silencio y recogemos los envoltorios y los restos de la comida. Cuando lo tenemos todo, él apaga el fuego mientras yo tiro la basura en la cocina. Al abrir uno de los armarios, me doy cuenta de que ya no está vacío.

Pruebo con un cajón, sorprendida de encontrarlo lleno de cubiertos, incluidos cuchillos de carne. Sería tan fácil coger uno. Mis dedos se quedan suspendidos sobre un mango de madera durante unos instantes.

—¿Vas a coger uno?

Doy un respingo al oír la voz de Jack a mi espalda.

—Me lo estoy pensando —confieso.

En vez de pararme o asegurarse de que no pueda robar un arma improvisada, se ríe.

—Estoy deseando ver qué eliges.

Con esas palabras displicentes, se dirige al baño, dejándome aquí para que decida por mí misma. O confía en mí mucho más de lo que yo confío en él, o no me considera una amenaza.

Si es lo segundo, es francamente estúpido. Le advertí que intentaría matarlo, y que me he enfrentado a monstruos más grandes y he ganado.