Capítulo 23
La Novia
Las dos mañanas siguientes me despierto con el aroma más delicioso serpenteando por el aire: amargo, intenso, inconfundible.
Café. Cada mañana, la bebida caliente descansa sobre una nota con una sola palabra.
Ayer era cuidado, y hoy esa palabra es pronto.
Es la única señal de que Jack ha estado aquí.
No entiendo por qué no me despertó. Igual que no comprendo por qué me importa. Debería alegrarme de que me dejara en paz. ¿Verdad?
La cadena tira ligeramente de mi tobillo mientras me incorporo. Alcanzo la taza y doy el primer sorbo, gimiendo ante la mezcla perfecta. Joder, qué bueno está.
Para no perder tiempo en la cama, me levanto y sigo mi rutina de ducharme y vestirme. A diferencia de ayer y anteayer, no me pongo mi propia ropa. En cambio, elijo la camisa de manga larga que está en el suelo, en el lado de la cama de Jack.
No puedo explicar por qué, pero aunque me duele que me dejara después de lo que compartimos, y ahora aparentemente me esté ignorando, me gusta estar rodeada de su olor.
La camisa me hace sentir pequeña y delicada al llegarme hasta la mitad del muslo. Y combinada con unos calcetines de punto que casi me llegan a las rodillas, es prácticamente un conjunto completo. Perfecto para lo que tengo en mente hoy.
Ya que Carolina insinuó que debería plantearme explorar, eso es exactamente lo que voy a hacer. Estuvo aquí otra vez ayer, trayendo más comida y, por lo visto, colocando algunas calabazas talladas junto a la puerta principal. No es que pueda verlas.
Willow no estaba con ella esa vez, pero se quedó un par de horas, hablando de lo agradable que era salir de casa sola.
Aunque pensé que tal vez podría sacarle algo de información, enseguida demostró que eso no iba a pasar. No es que pueda quejarme. No cuando intentó tranquilizarme diciendo que la ausencia de Jack se debía al deber. No estoy segura de creerla, pero quiero hacerlo. Más de lo que debería.
La cadena me permite llegar al vestidor, un espacio que he vislumbrado pero nunca he explorado como es debido. Dudo en el umbral, sopesando el riesgo frente a lo que podría descubrir. Sin poder contener mi curiosidad, entro.
El vestidor es más grande de lo esperado, con estanterías empotradas a medida que se extienden del suelo al techo. Su ropa cuelga con precisión militar: trajes a un lado, ropa informal al otro. Todo en negro, grises, algún azul marino. Nada vibrante, nada que delate emoción.
Paso los dedos por la manga de una chaqueta; la tela se siente cara al tacto.
Así es como se presenta al mundo: controlado, adinerado, contenido.
Mis ojos catalogan detalles con eficiencia profesional: zapatos pulidos hasta brillar como espejos, corbatas organizadas por sutiles gradaciones de color.
Mi atención se desplaza hacia la pared del fondo, donde la estantería no llega del todo al techo. Hay un hueco ahí, sutil, fácil de pasar por alto si no estuvieras buscando anomalías arquitectónicas. Presiono la palma contra la madera, buscando irregularidades.
Una ligera flexión en el lado derecho sugiere un punto de presión. Empujo, y una sección de la pared se abre hacia dentro con un suave clic. Detrás, una escalera estrecha asciende hacia la oscuridad. El pulso se me acelera mientras retrocedo, asimilando el descubrimiento.
Agudizo el oído por si oigo algún sonido que indique el regreso inesperado de Jack. La casa permanece en silencio salvo por el crujido ocasional de la madera al asentarse. Tengo tiempo, pero no ilimitado. Cada minuto que paso explorando aumenta el riesgo de que me descubran.
Mis dedos se cierran alrededor de uno de los peldaños de la escalera. El metal está frío y polvoriento, lo que sugiere un uso poco frecuente. Subo un peldaño para probar su resistencia. Se mantiene firme.
La parte racional de mi cerebro, la parte entrenada en evaluación de riesgos y supervivencia, me advierte que no continúe. Si Jack regresa y me encuentra aquí, las consecuencias podrían ser graves. Pero tampoco me ha dicho explícitamente que no pueda husmear.
De hecho, no dijo nada. Simplemente se fue. Así que... que le jodan.
No tiene sentido fingir que no he tomado ya mi decisión. Así que pongo el pie en el peldaño inferior y empiezo a subir.
Al final de la escalera hay una trampilla. Cuando presiono la palma contra ella, siento resistencia. No está cerrada con llave, solo atascada por el desuso. Empujo con más fuerza y cede con un quejido reluctante, y se abre hacia arriba revelando la oscuridad del otro lado.
El aire del ático está cargado de años y secretos, con partículas de polvo suspendidas de las vigas. Me subo del todo al espacio y examino las esquinas en sombra con precisión entrenada.
La cadena tira con fuerza cuando estoy a medio pasar por la abertura del ático. Aún no he llegado al final de mi grillete. Pero estoy cerca. El viento exterior golpea contra los aleros y produce un gemido hueco que parece emanar de las propias vigas de madera.
Este no es un espacio diseñado para la comodidad ni para exhibir nada. Es un depósito, un lugar donde los recuerdos vienen a ser olvidados, no conservados.
Cajas de cartón apiladas bordean la pared junto a mí, algunas selladas con cinta amarillenta, otras abiertas como cáscaras desechadas. Me acerco a ellas con pasos medidos, procurando no alterar la gruesa capa de polvo que atestigua el abandono.
Las yemas de mis dedos dejan rastro de mi intrusión al levantar la solapa de la caja más cercana. Dentro, álbumes de fotos descansan dispuestos como en un velatorio. Saco uno, con la cubierta de cuero agrietada por los años, y me siento con las piernas cruzadas sobre las toscas tablas de madera.
Tres niños me devuelven la mirada: inconfundiblemente los hermanos Knight. Nicklas, el más alto, con el brazo en gesto protector sobre los hombros de un Jack más joven. Junto a ellos está Ruby, menuda y con aire de duendecillo.
Están de pie frente a un lago, con los ojos entornados contra el sol de verano, los cuerpos relajados en esa intimidad despreocupada de hermanos que aún no han aprendido a protegerse unos de otros.
Estudio el rostro de Jack con interés clínico y catalogo las diferencias entre este niño y el hombre que me enjauló. Su sonrisa le llega a los ojos y le arruga las comisuras con alegría genuina. No hay crueldad en su expresión.
El niño de la foto todavía tenía suavidad: mejillas redondeadas, un toque de quemadura solar en la nariz. ¿Pero ahora? Jack es todo líneas duras y huecos atormentados. Esa mandíbula cincelada, esos pómulos tallados con filo: es una belleza que duele mirar.
Parece algo esculpido bajo presión, como si el mundo lo hubiera tallado a base de hueso y furia. Es obsceno lo bien que está para ser alguien que debería aterrorizarme.
A medida que paso las páginas y veo cómo el tiempo talla la inocencia, algo cambia. Las sonrisas se tensan. Aparecen espacios entre cuerpos que antes estaban pegados. Los ojos de Jack adquieren cautela, un aire calculador.
Reconozco el nacimiento del hombre que conozco: el que planifica, el que mide, el que nunca revela más de lo necesario.
Cuando termino de revisar el quinto o sexto álbum de fotos, una pequeña Polaroid cae de entre las páginas. Es una mujer con un bebé en brazos. Recojo la foto y le doy la vuelta. En el reverso están escritos la fecha y los nombres. Jack y Mamá.
Después de guardar la Polaroid en el álbum, lo dejo a un lado y me dirijo a un tubo de cartón largo encajado entre las cajas. La tapa se suelta con un suave chasquido, liberando el olor a óleos. Saco un rollo de lo que parecen ser pinturas y las despliego con cuidado sobre el suelo polvoriento.
Un paisaje se despliega ante mí: una costa al atardecer, olas atrapadas en pleno embate violento contra rocas escarpadas. La técnica es amateur, pero la emoción resulta innegable. Rabia capturada en pinceladas; el mar, una representación turbulenta de una tormenta interior.
La siguiente pintura muestra a una mujer que reconozco de inmediato por las fotografías: Sienna Knight, la madre de Jack.
Su rostro está plasmado con dolorosa precisión; cada línea, un registro reverente de la memoria que lucha contra la erosión del tiempo.
Hay algo inquietantemente hermoso y poderoso en percibir el hambre de conexión en las pinceladas. Pero también resulta frustrante. No debería sentir nada, y mucho menos simpatía, por el hombre que me ha encadenado.
Y sin embargo, siento la atracción hasta lo más profundo de mi alma. Como si con solo tocarle la mejilla pudiera descubrir el origen de cada fractura.
Destierro esos pensamientos y despliego más lienzos; cada uno revela una nueva faceta de lo que debe de ser el paisaje interior de Jack. Un dormitorio infantil, vacío salvo por las sábanas arrugadas. Un campo de calabazas de noche, con globos naranjas que brillan como brasas contra la tierra negra.
—El sujeto muestra una profundidad inesperada en el procesamiento emocional —murmuro para mí misma, refugiándome en la evaluación clínica que me ayuda a mantener la distancia—. La expresión artística indica una respuesta de trauma reprimido.
Pero la fachada profesional me resulta hueca frente a la humanidad en carne viva capturada en estas imágenes. Si Jack pintó todo esto —y las pruebas apuntan claramente a que sí—, entonces el hombre que me encerró en una jaula alberga multitudes que no había contemplado.
El depredador esconde vulnerabilidad bajo su armadura, y no sé si eso lo hace más o menos peligroso.
Mientras enrollo los lienzos con cuidado y empiezo a estudiar otros, noto algo que me hace detenerme. Antes de saber qué ha captado mi cerebro, coloco los lienzos en el suelo polvoriento y los ordeno y reordeno hasta que cobran sentido.
—Joder —susurro cuando emerge un patrón.
Jack ha ocultado palabras con astucia dentro de las pinturas, y ahora que las tengo una junto a otra, empiezan a cobrar sentido.
Tres niños nacen, solo uno sobrevive.
Este es el patrón Knight, la herencia de la que no podemos escapar.
Mamá murió trayendo a Ruby al mundo. Primer sacrificio.
¿Quién será el segundo?
El diablo siempre cobra.
Mi cerebro lo categoriza de inmediato como pensamiento mágico, otra respuesta al trauma. La creencia en un patrón predeterminado de pérdida crea una ilusión de orden en el caos.
Si las muertes están predestinadas, nadie es responsable. Si el sacrificio es inevitable, el duelo se convierte en ritual y no en ruptura.
Mientras intento procesarlo todo, mi parte humana reconoce algo más profundo. Jack no es solo cruel: está atormentado. La muerte no es abstracta para él, es algo familiar.
Los pensamientos ocultos en la pintura revelan a un hombre que lidia con la mortalidad en los términos más íntimos, un hombre que ha sentido cómo su propio corazón se detenía y volvía a latir. Una experiencia así alteraría de raíz la relación de cualquiera con la mortalidad, con el tiempo mismo.
Cada día se vuelve tiempo prestado. Cada aliento, un robo a lo que te reclamó temporalmente.
Su obsesión conmigo cobra más sentido desde esta perspectiva. No soy solo la mujer que no salvó a su hermana: soy la testigo que eligió no intervenir en el designio de la muerte.
En la lógica fracturada de Jack, soy cómplice. No siento lástima por él. Comprender la arquitectura del dolor de alguien no excusa el sufrimiento que inflige.
Pero aun así, algo en mí me empuja a acercarme a él. No para consolarlo, sino para presionar más fuerte, para provocar al fantasma que se esconde tras esos ojos de depredador. La atracción no debería sentirse tanto como un sabotaje, ¿verdad?
Mientras recojo los lienzos y los enrollo con cuidado, me pregunto si revelar mi propio pasado me ayudará a llegar al hombre que se esconde bajo el monstruo. Si cree que me tiene calada, está muy equivocado.
Mi padre nunca logró descifrarme, y la mayor parte del tiempo ni siquiera siento que me conozca del todo a mí misma. Jack no es diferente. Le mostré partes de mí que nadie más ha visto jamás, y aun así se marchó. ¿Y por qué diablos me molesta que se haya ido?
Al terminar, me pregunto qué haría Jack si supiera que he visto esta prueba de su humanidad. ¿Se enfurecería por quedar expuesto? ¿O parte de él se sentiría aliviado de que por fin lo vieran como algo más complejo que un monstruo?
El viento arrecia fuera, aullando contra los aleros como una criatura a la que le niegan la entrada. Vuelvo a colocar todo exactamente como lo encontré, borrando cualquier rastro de mi investigación. El conocimiento es poder, sobre todo cuando tu oponente no sabe que lo posees.
Me dirijo hacia la trampilla; la cadena raspa de forma ominosa contra el suelo. Mi mente está cargada de contradicciones.
El Jack Knight que pintó los ojos de su madre muerta con tanta ternura es el mismo hombre que me marcó como su propiedad, que usó mi cuerpo para castigar mi mente.
Ambas versiones son reales. Debo tener en cuenta a las dos en cualquier estrategia que elabore a partir de ahora.