Engañada por Jack (Obsesiones estacionales nº 3) Capítulo 24
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Capítulo 24

El Embaucador

Los ornamentados suelos de madera crujen bajo mi inquieto caminar, y cada pisada resuena por el cavernoso salón como una cuenta atrás. Ya estoy dentro del viejo edificio histórico de Governors Island, reservado para eventos de alto nivel como la cena de la junta directiva de esta noche.

Los miembros de la junta van entrando poco a poco, saludándome con cauteloso respeto, pero apenas registro su existencia. No dejo de mirar hacia el arco de la entrada por donde ella aparecerá, donde Carolina la traerá. Donde mi esposa volverá a entrar en mi órbita.

Han pasado cinco días desde que la vi más de unos minutos robados mientras dormía —desde que la toqué—, y mi piel se siente demasiado tirante, como si se estuviera encogiendo alrededor de huesos que no dejan de crecer.

Cinco malditos días. Sabía que no debería haberla dejado sola después de lo que pasó entre nosotros. No después de que me dejara probar su dolor. Nunca me he considerado un hombre que necesite a nadie, pero el vacío en mi pecho dice lo contrario.

La echo de menos.

Darme cuenta de ello me quema como ácido en las venas. No debería importarme; este acuerdo nunca fue cuestión de apego, pero mi cuerpo no parece entender la diferencia.

El gran salón de este edificio histórico apesta a dinero viejo y sangre más vieja aún. Siglos de poder preservados en piedra y madera. Enormes candelabros cuelgan del techo abovedado, y sus lágrimas de cristal atrapan la luz como lluvia congelada.

Arcos góticos enmarcan ventanas altas que dan a los terrenos de Governors Island; las distantes luces del carnaval del Santuario sangran naranja a través de la niebla.

Un miembro de la junta, algún cabrón canoso cuyo nombre he olvidado a propósito, intenta entablar conversación y me pregunta por las proyecciones del Santuario. Respondo con monosílabos, sin molestarme en ocultar mi desinterés.

Su esposa está sentada a su lado, con el cuello adornado de diamantes que no logran disfrazar la piel marchita de debajo.

Me mira como si fuera el entretenimiento de la noche.

Me he acostumbrado a cómo me mira la gente desde que Ruby murió: mitad fascinación, mitad miedo, como si la tragedia fuera contagiosa.

Las pesadas puertas dobles se abren, y mi columna se endereza antes de que mi cerebro pueda reaccionar. Carolina entra primero, con el cabello rubio recogido en un elegante moño, enfundada en un conservador vestido tubo negro que aun así logra realzar sus curvas.

Nick mataría por ella. Ha matado por ella. Pero es la mujer que viene detrás la que me corta la respiración. Eve.

Lleva un vestido negro corto con acentos naranjas que combinan con las puntas de su cabello, la tela tan delicada que parece que podría disolverse bajo mi tacto. La espalda cae peligrosamente baja y deja al descubierto la línea de su columna hasta donde desaparece en la curva de su trasero.

El frente no es mucho más recatado: un profundo escote en V que atrae la mirada al valle sombreado entre sus pechos, sujeto por lo que parece un solo broche que suplica que lo desabrochen.

Sus piernas parecen interminables, y los tacones que lleva hacen que se le marquen las pantorrillas con cada paso. Es jodidamente magnífica.

Me muevo hacia ella sin pensar, atraído por una fuerza más fiable que la gravedad. Sus ojos grises se abren ligeramente cuando me ve y recorren mi esmoquin negro a medida y la camisa blanca impecable debajo.

—Te he echado de menos, esposa —digo, con la voz ronca de una honestidad que no pretendía revelar.

Eve pone los ojos en blanco, pero no se aparta cuando me inclino para besarla.

Sus labios encuentran los míos en un roce mecánico, su cuerpo rígido entre mis brazos.

La frialdad de su respuesta contrasta tanto con el calor de nuestro último encuentro que casi retrocedo para comprobar si realmente es ella.

Pero el aroma es inconfundible: flores sobre algo más oscuro, más intenso, que solo le pertenece a ella.

—Hola, Jack —su voz podría congelar la sangre—. Qué amable de tu parte recordar que existo.

Antes de que pueda responder, Nick nos llama a la mesa.

Guío a Eve con una mano en la parte baja de la espalda y siento el calor de su piel.

Permite el contacto, pero no se arrima. El contraste con la Eve que me cabalgó en la jaula —salvaje, desinhibida, reclamándome— es tan marcado que resulta como un latigazo.

En lugar de sentarse en la cabecera, como es costumbre, Nick hace señas a nuestras esposas para que ocupen esos dos asientos. Yo me siento a la izquierda de Eve, y Nick junto a Carolina, justo frente a mí.

Es una disposición deliberada: las mujeres Knight en el centro, protegidas por todos lados. Nadie toca lo que nos pertenece. Y con el jefe de seguridad de mi hermano detrás de ellas, todos los flancos quedan cubiertos.

Le doy las gracias a Marco con un gesto, y él simplemente asiente. Estoico como siempre.

—Empecemos con las bebidas y lo importante mientras los chefs dan los últimos toques a la comida —dice Carolina, dando inicio oficial a la reunión.

No puedo concentrarme en una sola palabra de lo que se dice mientras todos hacen preguntas sobre lo único que les importa a los miembros de la junta: el dinero.

Mi atención está fija en el rostro de Eve, en la cuidadosa neutralidad de su expresión cuando me mira. Está aquí físicamente, pero de algún modo se ha encerrado, se ha refugiado tras muros que creí que habíamos empezado a derribar.

Las velas sobre la mesa se reflejan en su cabello y convierten las puntas naranjas en llamas. Quiero alargar la mano y enredar los dedos en él, tirar hasta que su cabeza se incline hacia atrás y su garganta quede expuesta ante mí. Quiero preguntarle qué cambió, por qué me mira como si no me viera.

Pero las preguntas tendrán que esperar. Por ahora, la observo.

Por fin llega el primer plato, y con él, abundante vino. Nos sirven a Eve y a mí al mismo tiempo, y cuando niego con la cabeza y me relleno el vaso de agua, ella hace lo mismo. La miro, con intención de decirle que puede beber vino si quiere, pero no me está mirando.

Tiene la mirada fija en el arreglo artístico de comida demasiado pretenciosa para saciar el hambre de verdad.

Aunque sonríe educadamente a los miembros de la junta que la miran, a mí me ignora por completo.

Claro, la sonrisa no le llega a los ojos, pero sigue siendo más de lo que me ha ofrecido a mí.

Algo oscuro y posesivo se retuerce en mis entrañas. Agarro el cuchillo con más fuerza de la necesaria, y el metal me muerde la palma.

—Dra. Mortis, tengo entendido que se especializa en psicología del trauma —dice una de las mujeres, con la voz rezumando un interés ensayado—. Lo heredó de su padre, ¿no es así?

—¿Su padre? —pregunta un hombre.

Su esposa le da una palmada en el brazo y resopla.

—Sí, querido. Su padre fue el gran Charles Mortis.

Miro a Eve de reojo, pero ni se inmuta ante la mención de su padre. Se vuelve hacia la mujer que le habló primero. —Sí, fue mi padre quien me metió en este negocio —se coloca un mechón de pelo detrás de la oreja—. Podría decirse que tenía cabeza para ello...

—¡Oh! —exclama Carolina, esbozando una sonrisa cómplice—. Creo que ahora lo pillo.

Eve la ignora y continúa. —Ahora mismo estoy en un largo año sabático —su tono es mesurado, reflexivo y cautivador—. Todo gracias a mi marido —ni siquiera me mira.

Cuando la conversación se centra en mí, su actitud cambia al instante. Sus respuestas se vuelven cortantes, su lenguaje corporal se cierra. Me habla sin mirarme, con la vista fija en su copa o en el espacio justo por encima de mi hombro.

Cada vez que le hago una pregunta directa, encuentra la manera de desviarla, de incluir a otra persona en su respuesta. Es quirúrgica la precisión con la que me excluye.

—La Fundación Willow ha superado todas las proyecciones —anuncia Nick de repente, sin venir a cuento—. Pero aún esperamos que el Santuario de las Sombras aporte al menos dos millones adicionales en donaciones y ventas.

Debería importarme. La Fundación es un negocio familiar, el legado de los Knight. Pero solo puedo concentrarme en la curva del cuello de Eve mientras se inclina ligeramente hacia Carolina y le susurra algo que hace que mi cuñada reprima una sonrisa divertida.

—Jack —dice Nick con sequedad, reclamando mi atención—. ¿Tienes algo que añadir?

—Lo que tú recomiendes.

Nick arquea una ceja. A su lado, Carolina intercambia una mirada cómplice con Eve. La comunicación silenciosa entre ellas me pone de los nervios. ¿Cuándo se volvieron tan cercanas? ¿Cuándo desarrollaron mi mujer y mi cuñada un lenguaje que me excluye?

—Dra. Mortis —llama un miembro de la junta desde el otro extremo de la mesa—. Quizá podría darnos su perspectiva sobre el impacto psicológico de nuestras experiencias inmersivas.

Eve se yergue y su expresión adopta lo que he llegado a considerar su cara de doctora.

—El miedo como entretenimiento funciona porque activa las mismas vías neuronales que el peligro real, pero dentro de un contexto controlado.

El sistema escalonado del Santuario es particularmente efectivo porque crea la ilusión de elección dentro de un marco que, en realidad, está muy manipulado.

Los presentes asienten con aprecio ante su análisis. Yo la observo fijamente, ansioso por que me dedique aunque sea una mirada, pero sus ojos me recorren como si fuera un mueble.

Nick me pilla mirándolo desde el otro lado de la mesa y sonríe con suficiencia, claramente divertido por mi frustración evidente. Se reclina en su silla con un brazo apoyado despreocupadamente sobre los hombros de Carolina, la viva imagen de la posesión satisfecha.

Mi hermano siempre ha disfrutado viéndome sufrir; es nuestra dinámica, y lo ha sido desde que éramos críos.

—El... ¿cómo lo llamaste? —la mujer que habla hace una pausa y mira a su marido en busca de ayuda; él se inclina rápidamente y le susurra algo que la hace sonrojarse—. Ah, sí, el elemento de miedo-kink ha tenido mucho éxito, especialmente en las zonas exclusivas para Sacrificios.