Engañada por Jack (Obsesiones estacionales nº 3) Capítulo 14
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Capítulo 14

El Embaucador

Las pausas de calma se alargan. No es que esté callada —todavía grita, todavía patea los barrotes con fuerza suficiente para amoratarse—, pero los estallidos están más espaciados. No sé si está midiendo sus fuerzas o guardando la rabia.

Como yo, Eve no ha dormido. Estoy bastante seguro de que hace ruido constantemente, en parte, para asegurarse de que yo tampoco duerma.

Lo que no sabe es que no necesito su ayuda para mantenerme despierto.

Desde la muerte de Ruby, solo duermo un par de horas por noche, a menos que esté borracho hasta las cejas, y hace meses que no lo estoy.

Llevo horas en el salón —sin camisa, encorvado sobre una botella medio vacía, escuchándola desmoronarse grito a grito. A veces la oigo caminar de un lado a otro, pero no por inquietud. Quiere que me pregunte qué está tramando.

Han pasado casi veinticuatro horas desde que la traje aquí. Dos veces ha exigido que la deje salir para usar el baño, y he accedido.

Eve todavía no ha tocado la comida y se niega a beber agua que no venga en botella sellada. Lo del agua es inteligente, pero lo de la comida es jodidamente estúpido.

Si intenta castigarme dejándose morir de hambre, se equivoca de juego. O tal vez cree que así demuestra fortaleza, y quizás sea cierto. Pero he visto quebrarse a mujeres más fuertes.

Un cigarrillo se consume entre mis dedos. Aunque las ventanas están abiertas, la habitación apesta a humo y bourbon. Fumaba hace años, pero lo dejé hasta que enterramos a Ruby.

Echo la cabeza hacia atrás y doy una calada profunda, saboreando el ardor.

Otro golpe resuena por la casa, seguido de un grito. Sonrío con suficiencia mientras exhalo despacio, con calma. Todavía tiene espíritu, pero no es lo mismo que anoche. No es el mismo caos de cuando susurraba amenazas en la oscuridad.

Esto es algo completamente diferente. Algo más cruel y más paciente. Se está desmoronando. Y me arrastra con ella.

Pensé que la casa resistiría la tormenta que es Eve Mortis. Pero ya está en las paredes. Su rabia, su aliento, el roce suave de sus pies al caminar de un lado a otro... Oigo cada sonido que hace, incluso cuando está quieta.

Los ecos se deslizan por los pasillos, se acumulan en las esquinas, se hunden en la madera, como si este lugar aprendiera sus patrones y me los susurrara de vuelta.

Esto ya no es un hogar. Joder, quizá nunca lo fue. Ruby solía decir que una casa no hace un hogar, y tenía razón. No sé qué hace falta, solo sé que yo no lo tengo. Esto no es más que un lugar para lo peor de nosotros.

Mientras su boca me manda al infierno una y otra vez, sé que su cuerpo me desea. Cada vez que la he tocado, me ha empapado con su excitación y se ha corrido de una forma jodidamente preciosa para mí. Solo recordar su coño apretando mi polla me tiene dolorido y goteando por ella otra vez.

Puede que sea de armas tomar cuando está libre, pero le he cortado las alas y la he metido en una jaula para mi deleite.

Levanto la botella y brindo al aire.

—Que comiencen los juegos —digo con voz ronca.

Un trueno retumba a lo lejos. Luego el silencio regresa sigilosamente. Cierro los ojos y espero el siguiente golpe.

Me despierto con gritos y golpes metálicos. La voz de Eve rebota en las paredes del dormitorio mientras patea los barrotes una y otra vez.

—¡Despierta, hijo de puta inútil! ¡Estás quemando tu jodida casa!

Tengo la cabeza hecha un pantano de licor y humo. ¿Cuándo coño volví al dormitorio? La boca me sabe a ceniza y arrepentimiento, y tardo un segundo en procesar el resto.

¿Qué coño es ese olor a quemado? Bajo la mirada y veo que el cigarrillo que debí de dejar caer está abriendo un agujero en el borde de la alfombra. La brasa ha devorado las fibras, dejando un cerco humeante.

—Joder —murmuro, agarro el maldito cigarrillo y lo aplasto en el cenicero. El cristal se tambalea y vuelca una línea de ceniza sobre la madera de la mesita de noche.

—Jodido idiota —escupe Eve con la voz destrozada—. ¿Qué vas a hacer después, imbécil? ¿Ahogarme en la bañera porque no aguantas el alcohol?

Me incorporo con una mueca por el tirón en la espalda y el ardor en la garganta. Las sienes me palpitan como atrapadas en un tornillo de banco.

—No prendió —digo con voz ronca.

Patea los barrotes otra vez. Fuerte.

—Podría haberlo hecho. No pienso morir en un puto incendio porque mi carcelero está demasiado borracho para fumarse un cigarrillo sin desmayarse.

Por fin consigo enfocar la vista. Está de pie, con los puños apretados a los costados, los ojos desorbitados e inyectados en sangre de furia. Tiembla de rabia. Mi esposa parece salvaje, y hermosamente salvaje.

—No te preocupes —gruño mientras me froto los ojos—. Te habría sacado antes de que te alcanzaran las llamas.

—Ah, claro. Porque eres todo un jodido caballero.

—Porque eres mía —espeto—. Y tu dolor también.

Eso la calla, pero solo un segundo. Luego empieza a reír. Una risa seca, entrecortada, al borde de la histeria.

—¿Tu qué, exactamente? ¿Esposa? ¿Prisionera de guerra? Estoy bastante segura de que hasta los criminales de guerra reciben comida y ventilación sin humo de tabaco ajeno.

—Te di comida y agua —gruño mientras recojo la botella del suelo—. Simplemente te niegas a tocarlas.

—Porque no me fío de ti —escupe.

—Es justo —concedo, y me dirijo al vestidor. Sus insultos variopintos me persiguen mientras busco ropa limpia.

—La próxima vez, intenta no quedarte frito como un puto novato antes de que el humo nos mate a los dos.

La ignoro, cojo la botella y la ropa y me voy al baño, donde abro la ducha de inmediato. Ni me molesto en desvestirme. Dejo la ropa limpia junto al lavabo y me meto en la ducha tal cual, con la botella en la mano.

Si esto no es tocar fondo, no sé qué coño lo es.

Apoyo la cabeza contra los azulejos y me quedo así hasta que la botella está vacía. Finalmente me levanto, con las piernas temblándome de la hostia mientras me quito la ropa y me limpio.

Miro hacia abajo y veo que el agua se vuelve roja al arrastrar la sangre seca de mi piel. Joder, debería haber limpiado nuestras heridas ayer. Suelto un gruñido, cierro el agua y salgo.

Encuentro el botiquín de primeros auxilios debajo del lavabo, pero antes de limpiar mi herida, necesito revisar la de Eve. Puede que la odie, pero eso no significa que quiera que se infecte solo porque fui descuidado y estaba ciego de euforia al reclamarla.

Cortarnos a los dos con el mismo cuchillo sin esterilizarlo fue una estupidez. Pero mezclar nuestra sangre como lo hice fue una puta temeridad. Su sangre está en mis venas ahora, fluyendo por mi cuerpo con cada latido, reclamando su territorio desde dentro.

—Joder —maldigo mientras me seco con la toalla.

Su sangre está en mis venas, su olor bajo mis uñas. No hay parte de mí que no apeste a ella, y ninguna que quiera lavar.

Me enrollo la toalla en la cintura y cojo la llave de mis vaqueros sucios antes de volver al dormitorio.

—Levántate —ordeno mientras enciendo la luz.

Me sorprende que obedezca, que despliegue lentamente las extremidades y se ponga de pie.

—¿Y ahora qué? —exige.

Abro el candado de la jaula y la puerta.

—Necesito limpiarte la herida.

Señalo su mano, cubierta de sangre seca.

Bufa, pero noto un pequeño destello de alivio en sus ojos gris tormenta.

—Bien.

Me sorprende que salga de la jaula y vaya directa al baño sin intentar nada.

—Siéntate —ordeno, señalando el borde de la bañera.

No se mueve.

—He dicho que te sientes —repito, endureciendo el tono.

Esta vez obedece y se posa en el borde de la bañera como un pájaro listo para alzar el vuelo. Me vuelvo hacia el botiquín y saco antiséptico, gasa y esparadrapo. Cuando la miro de nuevo, sus ojos siguen mis movimientos con cautelosa precisión.

Le cojo la mano y se la giro con la palma hacia arriba para examinar el corte. No es profundo, pero se ha enrojecido en los bordes. Paso el pulgar por la herida y ella sisea, intentando apartarse.

—Quieta —digo, sujetándole la muñeca con firmeza mientras alcanzo el grifo con la otra mano.

El agua fría cae sobre nuestras manos y arrastra la sangre seca en espirales oxidadas. Ella emite un pequeño sonido, en parte dolor, en parte algo más difícil de nombrar. Con eficiencia clínica, seco el corte dando toquecitos y aplico el antiséptico.

Se estremece pero no se aparta esta vez. Su pulso late contra los dedos, rápido y obstinado, y me pregunto si estará pensando en lo fácil que sería hundir los dientes en mi muñeca. Quizás sea una jodida progenie, con lo rápido que aprende.

—Nuestra sangre se mezcló —digo en tono casual mientras le envuelvo la palma con una tira de gasa—. En el cuenco. ¿Viste lo que hicieron con ella?

No responde, pero siento la tensión en su brazo.

—La sellaron —explico mientras aseguro la gasa con esparadrapo—. Ese vial que llevas al cuello contiene la sangre de los dos.

Sus dedos se cierran en un puño mientras la curo.

—Eres asqueroso —escupe—. Y que yo sepa, podrías haberme contagiado alguna enfermedad. Quiero hacerme pruebas.

Suelto una risa sombría.

—Quizás tú me hayas contagiado algo a mí —respondo con calma.

Al oír eso, sonríe con frialdad y clava la mirada en la mía.

—Realmente, realmente espero haberlo hecho. Y espero que te mate lentamente, Jack.

Eve es más combativa de lo que esperaba, y creo que voy a disfrutar teniéndola aquí hasta que el Santuario de las Sombras cierre sus puertas. Lo que pase después, bueno, ya se verá. Puede que no quede mucho de ella cuando acabe.

—Lo digo en serio —continúa—. La gente no debería mezclar sangre. Tienes que llevarme al hospital.

—Eso no va a pasar, esposa —ladro, soltándole la mano.

Me levanto y voy al lavabo, donde me lavo bien las manos antes de limpiarme la herida y vendármela. Eve permanece inmóvil, observándome con sus ojos gris tormenta.

—Tienes quince minutos para asearte —le digo, apoyándome en la encimera—. Hay jabón, champú, toallas. Usa lo que necesites.

Entrecierra los ojos.

—¿Y si me niego?

Esbozo una sonrisa.

—No veo por qué ibas a negarte. Pero si tanto te gusta tener mi semen en la cara interna del muslo, adelante.