Engañada por Jack (Obsesiones estacionales nº 3) Capítulo 13
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Capítulo 13

El Embaucador

El ferry surca el agua negra, alejándonos de la isla donde he tomado lo que es mío. Su peso contra mi costado es un ancla, algo tangible en el surrealismo que sigue a nuestro matrimonio.

El cabello de Eve le azota el rostro con el viento nocturno, ocultando sus ojos, pero no la mordaza de cuero aún fijada entre sus dientes.

La sangre —la suya y la mía— se ha secado en nuestras palmas, agrietada y descascarada como una promesa que se vuelve polvo.

Pero el vínculo permanece. Inquebrantable ahora.

Quiero alargar la mano, abrirle el puño de un golpe y probar su sangre. Solo para ver si sangro de manera diferente a ella. Solo para confirmar que no somos iguales y nunca lo seremos.

Cuando el ferry atraca, guío a Eve por la pasarela con una mano firme en la parte baja de su espalda. Tropieza una vez, con las piernas aún inestables. Si es por la ceremonia o por lo que vino después, no lo sé. Tampoco me importa demasiado.

Mi coche está esperando donde lo dejé. Abro la puerta del copiloto, pero ella permanece rígida, negándose a entrar. Me inclino, con la boca contra su oído.

—Mira a tu alrededor, esposa. ¿Quieres que toda esta gente que espera el ferry me vea arrancarte el vestido y follarte sobre el capó de mi coche?

Sacude la cabeza frenéticamente.

—Entonces sube al maldito coche. Ahora.

Sus ojos relampaguean de odio, pero se desliza obedientemente en el asiento. Sisea algo que suena como «Vete a la mierda, Jack» justo cuando cierro la puerta tras ella. Pero con la mordaza en la boca, no puedo estar seguro.

Rodeo el capó, me subo al asiento del conductor y arranco.

—¿Eso es que me estás suplicando otra vez por mi polla?

Sonrío con suficiencia cuando sacude la cabeza con vehemencia.

El trayecto a Riverdale transcurre en silencio, y no pasa mucho tiempo antes de que mi mansión se alce oscura contra el cielo nocturno mientras entramos por el camino de acceso.

Los ojos de Eve se abren ligeramente al contemplar la arquitectura gótica que observa su llegada como si fuera un ser consciente.

La hiedra se enrosca como venas por su fachada, y las ventanas de la torreta brillan débilmente, como si algo en su interior ya supiera que ella está aquí. Una novia para una casa que devora a sus esposas.

—Hogar, dulce hogar —digo, y apago el motor.

Le abro la puerta, luego rodeo el coche para ayudarla a salir. Cuando no se mueve, le desabrocho el cinturón de seguridad y simplemente la levanto del asiento. Emite un sonido ahogado de protesta tras la mordaza, pero ya la he puesto de pie y la estoy guiando hacia la puerta principal.

Dentro, enciendo solo unas pocas luces —las justas para orientarme en el espacio sin revelar demasiado de golpe. El aire es más cálido aquí, cargado con el tenue aroma a cedro y humo. Su cabeza gira, intentando asimilarlo todo sin delatar su curiosidad.

La pesada puerta de roble se cierra tras nosotros con un sonido definitivo.

Mientras mira alrededor, me quito la chaqueta de cuero. Luego llevo las manos detrás de su cabeza y le desabrocho la mordaza. Se desprende con un sonido húmedo y le deja marcas rojas en las comisuras de la boca. Mueve la mandíbula con una mueca de dolor.

—Si necesitas usar el baño, te sugiero que lo hagas ahora.

Señalo hacia el pasillo.

—Está por ahí.

—Vete a la mierda —logra decir con voz ronca.

Sonrío con suficiencia y me agarro la entrepierna.

—Ahora no —digo con voz áspera—. Tienes una pinta horrible.

Eso es mentira.

Incluso con el maquillaje corrido, el cabello enredado en marañas salvajes y el vestido irreparablemente destrozado, irradia una belleza impresionante que desafía su estado desaliñado.

Irónicamente, está más impresionante ahora que cuando la vi momentos antes de ordenarle que corriera. La perfección fabricada ha desaparecido, sustituida por la mujer feroz y desesperada que ahora es mi esposa.

Le rodeo la parte superior del brazo con los dedos y la arrastro por el pasillo hacia el baño. Intenta zafarse una vez, probando mi agarre. Lo aprieto lo suficiente para hacerla estremecerse.

La luz del baño proyecta sombras duras cuando pulso el interruptor. Eve parpadea ante el brillo repentino.

—No necesito usar el baño.

Su tono lo hace sonar ridículo.

Me encojo de hombros y murmuro:

—Como quieras.

—Necesito ropa —dice con voz firme a pesar de todo, intentando sonar segura.

—No, no la necesitas.

Apago la luz de nuevo. El vestido es una reliquia ahora: su velo de novia y su sudario, todo en uno.

—Es hora de que te instales en tu nuevo hogar.

Levanta la barbilla un poco.

—No voy a ninguna parte con este vestido.

No pierdo tiempo discutiendo ni negociando.

—Aquí no pones tú las reglas, Eve.

La guío hacia delante e ignoro su intento de clavar los talones.

—Tú no decides lo que necesitas. Lo decido yo.

Intenta zafarse de mi agarre, pero aprieto lo suficiente para hacerla jadear, un recordatorio de nuestras posiciones en esta nueva realidad.

La dirijo por el pasillo hacia el dormitorio y siento cómo crece la resistencia en su cuerpo con cada paso. Se mueve como alguien que vive de tiempo prestado: quema adrenalina y furia, con el agotamiento contenido a base de pura voluntad e instinto animal.

La empujo dentro del dormitorio, le suelto el brazo y enciendo la luz. Se tambalea dos pasos hacia delante, con la tela del vestido susurrando contra el suelo de madera, y se queda paralizada. Su mirada se fija en la esquina en sombras, en lo que la espera allí. La jaula.

La respiración de Eve cambia, se vuelve superficial y rápida. Sus ojos saltan entre el metal, la puerta y yo. Puedo ver los cálculos que se suceden tras esos ojos: distancia, ángulos, probabilidad de éxito.

—No lo hagas —advierto, pero es demasiado tarde.

Se lanza hacia la puerta. Giro con fluidez y la atrapo por la cintura cuando intenta pasar junto a mí. Su impulso nos lleva a ambos hacia delante, pero controlo el tropiezo y giro para que mi hombro golpee la pared en lugar de su cabeza.

—¡Suéltame! —grita, con toda pretensión de calma destrozada. Sus uñas me arañan el antebrazo y me sacan sangre en finas líneas—. ¡Maldito psicópata!

Le rodeo el cuerpo con los brazos e inmovilizo los suyos contra sus costados. Se retuerce contra mí con una desesperación que resulta un maldito afrodisíaco.

—Deja de luchar —ordeno con voz serena a pesar del forcejeo—. Solo te lo estás poniendo más difícil.

Su respuesta es echar la cabeza hacia atrás, apuntando a mi nariz. Giro justo a tiempo y recibo el golpe en la mejilla. El dolor estalla, agudo y clarificador. Aprieto con más fuerza, usando mi peso para tumbarla al suelo.

—Basta —rujo.

Se retuerce debajo de mí, levantando las caderas para intentar quitarme de encima. Le agarro las muñecas y se las inmovilizo sobre la cabeza con una mano mientras la otra se cierra alrededor de su garganta.

—¿Has terminado? —gruño, clavando la mirada en su rostro enrojecido.

Su respuesta es escupirme directamente en el ojo.

La única reacción que consigue es que parpadee lentamente para aclararme la vista.

—La próxima vez que me escupas, te haré babear sobre mi polla y usaré tu saliva como lubricante para follarte el culo. ¿Entendido?

Aprieta los labios y se niega a responderme. Mala decisión.

Desenfundo el cuchillo del cinturón y se lo presiono contra el esternón. Su respiración se entrecorta. Un corte lento hacia abajo abre el corsé en dos.

—¿Quieres actuar como un animal? —siseo—. Pues entonces no mereces ropa.

Con sus muñecas aún inmovilizadas, agarro los lados del vestido arruinado y tiro.

El corsé se despega de su pecho en jirones irregulares.

¿Y el resto? El peso de su cuerpo lo mantiene atrapado debajo de ella, y no dudo: lo arranco de debajo de su espalda, arrastrando la tela aplastada de la falda por sus caderas, por sus muslos, y se lo quito de las piernas de un solo tirón violento.

Su pecho sube y baja, rápido y entrecortado. Ya sea furia o excitación lo que la impulsa, no sabría decirlo. No importa. Veo cómo se le endurecen los pezones y el rubor que le trepa por la garganta.

Lo veo todo. Y pienso hacérselo sentir.

Deslizo la mano entre sus muslos y le agarro el coño con firmeza, posesivo, marcando mi territorio de forma obscena. Se le corta la respiración. Presiono los dedos contra su hendidura y siento el calor, la humedad que ya le cubre los pliegues como una invitación que se niega a admitir.

—Todavía empapada —me río con malicia—. ¿O estás empapada por mí otra vez?

Niega con la cabeza, un gesto inútil. Pero su cuerpo ya me ha dicho la verdad.

Deslizo dos dedos entre sus pliegues y los arrastro hacia arriba, lento y deliberado, antes de frotar círculos firmes e implacables contra su clítoris.

—Para —jadea, pero sus caderas se estremecen—. No...

—¿Por qué? —exijo, frotando más fuerte—. ¿Crees que no noté cómo gemías para mí? ¿Cómo tu coño se apretaba alrededor de mi polla como si quisiera retenerme?

Se arquea debajo de mí, con la boca abierta en un grito silencioso. Los muslos le tiemblan.

—Dime que no lo quieres —ordeno sin detener los dedos—. Di que lo odias mientras te corres en mis dedos.

—Yo... joder... te odio —dice entre dientes, con la voz quebrada.

Suelto un gemido y muevo los dedos más rápido dentro de su coño empapado.

—El odio no tiene nada que ver con esto, esposa. Vas a correrte en mis dedos como la sucia mentirosa que eres.

Su cuerpo se sacude, brusco, involuntario. Un grito se le escapa mientras el orgasmo la arrasa, crudo y violento. Convulsiona debajo de mí, cada músculo en tensión mientras la hago prolongarlo, sin ceder ni siquiera cuando empieza a sollozar.

—Eso es —susurro, prolongándolo hasta que tiembla—. Puedes odiarme todo lo que quieras, pero tu coño me adora.

En lugar de darle tiempo para recuperarse, me pongo de pie, la levanto de un tirón y la empujo hacia la jaula.

En el umbral, planta su última resistencia.

Eve agarra las barras superiores, los brazos rígidos con fuerza desesperada para mantenerse anclada fuera.

Su cuerpo desnudo se arquea contra el mío, cada músculo duro como piedra, los pies bien separados para tener palanca.

El calor de su piel me quema a través de la ropa mientras se retuerce hacia atrás, intentando desequilibrarme.

—Por favor, no, Jack. Te p-prometo que seré buena.

Su voz se quiebra, pero su agarre es de hierro. Le rodeo la cintura con el brazo y tiro de ella hacia mí, sintiendo cómo su corazón me golpea en las costillas. Su cabello me azota la mandíbula mientras sacude la cabeza de lado a lado.

—No me hagas arrastrarte ahí dentro —murmuro contra su oído—. Porque lo haré, y no será bonito.

Patea una vez más y me alcanza el muslo con el talón.

El dolor estalla, agudo e inmediato, y respondo separándole los dedos de las barras uno por uno, lo suficientemente lento para que sepa que está perdiendo.

Sus uñas arañan el metal con un chirrido desesperado antes de que le rompa el agarre por completo.

Con un último empujón, la meto en la jaula y sus rodillas golpean el suelo con un ruido sordo. Se arrastra hacia la puerta, pero ya estoy fuera, cerrándola de golpe. El cerrojo chasquea con tranquila finalidad, resonando en el pequeño espacio como un disparo.

Eve se lanza contra las barras, los dedos enroscados alrededor del metal mientras sacude la puerta con sorprendente fuerza. Entonces grita, un sonido primitivo y crudo que se le desgarra de la garganta con violencia. Sus manos golpean las barras, los nudillos blancos por la presión.

—¡Maldito monstruo! Esto no es legal, esto no es...

—¿Legal? —me río, una risa suave y genuina—. Eve, nada de esta noche ha sido legal.

Sus ojos se dirigen a los cuencos en la esquina de la jaula. La comprensión se refleja en su expresión, seguida de cerca por el horror.

—¿Cuencos de comida? —su voz se quiebra—. ¿Como si fuera un animal?

—Muy apropiado, dado cómo te estás comportando —sonrío con suficiencia.

Se hunde de rodillas entonces, las manos aún aferradas a las barras. Algo se derrumba en su interior, y sus hombros se curvan hacia dentro mientras la realidad le cala hasta los huesos. Es fascinante ver cómo la lucha y la adrenalina la abandonan.

—¿Por qué yo, Jack? ¿Qué coño hice para merecer esto? —susurra, y por primera vez hay algo más bajo la ira—. Cuando querías mi ayuda, intenté ayudarte. No he hecho nada para merecer esto.

Me agacho a su altura y le sostengo la mirada a través de las barras.

—Exactamente —asiento con sorna—. Eres la doctora que no hace nada.

Niega con la cabeza y traga saliva de forma audible. —No te saldrás con la tuya —advierte, pero el fuego se ha reducido a brasas. El agotamiento se apodera de ella a medida que las fuerzas la abandonan.

—Ya lo he hecho.