Engañada por Jack (Obsesiones estacionales nº 3) Capítulo 11
26%

Capítulo 11

La Novia

El ferry vibra bajo mis botas, constante y lento mientras surca el agua. El viento me arranca mechones sueltos de cabello y tira del dobladillo de mi abrigo, pero apenas lo noto. No cuando estoy rodeada de risas, perfume y esa energía nerviosa que aflora cuando la lógica brilla por su ausencia.

Shelby está pegada a mi costado, prácticamente vibrando de emoción. Cuando la miro, no está observando las luces de la isla: me está observando a mí, como si sopesara qué decir, antes de esbozar una sonrisa forzada.

—¿Puedes creer esto? —susurra por quinta vez.

Una de las otras mujeres la oye y se inclina hacia nosotras, con los ojos brillantes.

—Ya ves, ¿no? He oído que nos hacen caminar por un pasillo con los ojos vendados.

—Yo he oído que te hacen sangrar para sellar el voto —interviene otra, con voz excitada.

Shelby resopla y pone los ojos en blanco, como si todo esto le resultara tedioso.

—¿Estás bien? —susurro al pillarla mirándome con nerviosismo. No logro identificar exactamente qué es, pero su actitud relajada me parece poco sincera, casi forzada.

—¿Hmm? Sí, estoy bien —su sonrisa titubea—. Es una noche importante, ¿sabes?

Suspiro y me coloco frente a ella.

—Vamos, Shel. Sé que algo te pasa. Háblame.

Puede que no hayamos sido amigas de toda la vida ni hayamos sobrevivido juntas a la infancia y la adolescencia. Pero llevamos algunos años formando parte de la vida de la otra. Solíamos coincidir en el trabajo de vez en cuando, y siempre nos llevamos bien.

Luego, en febrero, me contactó de la nada para quedar a tomar algo, y así lo hicimos. Aquello se convirtió rápidamente en una tradición semanal que ambas atesorábamos.

Shel es mi primera amiga de verdad, y quiero estar ahí para ella tanto como ella lo ha estado para mí.

Puede que no se haya dado cuenta, pero hasta que llegó ella, me sentía tremendamente incómoda en cualquier situación social que no tuviera que ver con el trabajo.

Ahora, gracias a ella, me siento más cómoda en mi propia piel, por así decirlo.

—No es nada —murmura, apartando la mirada—. Oye, Eve, sabes que soy tu amiga de verdad, ¿no?

Ladeo la cabeza.

—¿A qué viene esto, Shel?

—De nada —dice demasiado rápido—. Solo... te lo estoy recordando. Ya sabes, por si esta noche se pone rara.

Frunzo el ceño y suelto una risa nerviosa.

—Claro que lo sé —le aseguro.

Asiente.

—Bien. No lo olvides.

La isla aparece ante nosotras: Governors Island. Pero no tiene nada que ver con el verano pasado, cuando Caleb me arrastró aquí para aquel desastre del Cuatro de Julio. Ahora está transformada.

Envuelta en niebla, iluminada solo por el cálido parpadeo de calabazas talladas que asoman entre árboles retorcidos y postes de hierro forjado. Brillan como brasas de un fuego moribundo, con sus rostros tallados acechando entre la bruma.

Cuando atracamos, una mujer nos espera en el muelle.

Es alta, de unos cuarenta y tantos quizás, con pómulos marcados y pantalones negros ajustados que le quedan como una segunda piel.

De una mano con manicura perfecta cuelga una tableta.

Lleva el cabello recogido en un moño brillante. Ni un solo mechón fuera de lugar.

—Buenas noches, Novias —dice, con toda la calidez de un juez leyendo una sentencia—. Soy Lorna. Seguidme.

Mientras nos ponemos en fila detrás de ella, un hombre con un pañuelo de calavera cubriéndole la mitad inferior del rostro se gira hacia nosotras.

Sus penetrantes ojos azules me dejan sin aliento.

¿Es...? No, no puede ser. Justo cuando logro convencerme de que no es él, veo el brazo envuelto en escayola.

—¿Caleb? —lo llamo. Pero en lugar de volver a mirarme, se da la vuelta y desaparece en la espesa niebla.

El repiqueteo de nuestros zapatos sobre el camino de piedra suena más fuerte de lo que debería. La niebla se arremolina en torno a nuestros tobillos, y sobre nosotras, el cielo parece oscurecerse con cada paso que damos.

Aunque el paseo no es largo, resulta desorientador.

Los árboles se alzan demasiado altos. A lo lejos se oye un cántico que no logro distinguir, como un coro calentando en el Infierno.

Y por todas partes, el olor a cera, humo de leña y hojas húmedas.

Ese tipo de olor que evoca rituales y putrefacción.

Llegamos a lo que parece una carpa de circo de terciopelo negro cosida directamente a la tierra. Su entrada está flanqueada por candelabros de hierro forjado, con llamas que parpadean en azul.

Dentro, el aire es cálido y perfumado, iluminado por guirnaldas de luces que cruzan el techo abovedado. Biombos de vestir bordean el perímetro, y las asistentes se mueven como sombras entre ellos, repartiendo conjuntos de lencería negra.

Lorna vuelve a dar un paso adelante, con tono cortante.

—Vuestros Novios os están esperando.

Una oleada de chillidos y susurros especulativos recorre el grupo de Novias. Las asistentes empiezan a repartir conjuntos de lencería negra.

—Ellos os estarán observando mientras os conducen hacia ellos. Esta noche es la primera vez que los veréis.

No puedo evitar sonreír, porque yo ya he visto a mi Novio. No sin la máscara, pero aun así. Lo he visto y lo he sentido. Es como un secreto prohibido, así que me lo guardo para mí.

—Shel —susurro, y me giro hacia... nadie. ¿Dónde demonios se ha metido? Juro que estaba justo aquí, a mi lado.

Mientras Lorna sigue con las explicaciones sobre la presentación del Novio, busco a mi amiga con la mirada, pero no la veo por ninguna parte. Se ha ido.

—Me pregunto cómo será mi Novio —suspira una chica con voz soñadora.

Otra añade:

—Dicen que algunos Novios traen regalos... y otros solo traen órdenes. Espero que el mío sea dominante.

La voz de Lorna vuelve a cortar el aire.

—Cambiaos, Novias. Daos prisa.

Las demás mujeres ya se han puesto en marcha y pasan tras los biombos, unas entre risas, otras sonrojadas por los nervios. Me obligo a moverme. Un paso. Dos.

—Espera.

Me quedo paralizada a medio paso cuando Lorna aparece de repente a mi lado.

—Tú no necesitas cambiarte.

—¿Por qué? —pregunto, cada vez más desconcertada.

—Solo espera aquí —dice cortante, alejándose ya.

Para cuando todas han terminado, nos dicen que nos pongamos en fila. Las demás se apresuran a colocarse, pero mientras luchan por estar al frente de la cola, yo me quedo atrás. Lorna recorre la fila con la tableta en la mano. Su mirada se detiene en cada una de nosotras.

—Procederemos en orden —dice—. Hay dos carritos esperando afuera. Os llevarán hasta vuestro Novio. Por favor, sed pacientes. Puede que tarde un rato, pero todas llegaréis adonde tenéis que ir.

Las dos primeras mujeres avanzan. La cortina las engulle y nos quedamos escuchando el taconeo mientras desaparecen en algún lugar fuera de nuestra vista.

Parece que pasa una eternidad antes de que Lorna chasquee los dedos.

—Siguiente.

Dos más se van.

Luego ya se han ido seis y, antes de que me dé cuenta, solo quedo yo.

Lorna me llama.

—Eve Mortis.

Mi nombre no debería sonar como una amenaza, pero así es.

—Puedes irte.

Sin perder tiempo, camino hacia la abertura por la que vi desaparecer a las otras potenciales Novias. La cortina se abre a mi alrededor como una boca abriéndose de par en par, y en cuanto la atravieso, el aire nocturno me acaricia la piel desnuda.

Más allá de la tela, hay un tipo alto esperándome. Va vestido completamente de negro, con una máscara sin rasgos. En lugar de hablar, asiente una vez, se hace a un lado y me indica que lo siga. Caminamos un trecho corto y nos detenemos junto a un vehículo aparcado detrás de la tienda.

Parece un carrito de golf: elegante, alargado, de un negro pulido, equipado con asientos de cuero y faroles de luz tenue a lo largo del techo. El guardia abre la puerta y me indica que suba. Dudo, pero solo un segundo. Luego agacho la cabeza y me deslizo en el asiento.

El guardia se sienta a mi lado y arranca el motor sin decir palabra. El carrito cobra vida bajo nuestros pies y avanza deslizándose sobre ruedas silenciosas.

Miro hacia atrás y observo cómo la tienda se aleja en la oscuridad. Brilla tenuemente por las junturas, como algo que aún palpita con calor residual. Luego desaparece, engullida por la niebla y la distancia.

No sé cuánto dura el viaje. Unos minutos, quizá. Lo suficiente para sentir que he cruzado a otro mundo. Como si hubiera entrado en algo de lo que jamás podré regresar.

Sin embargo, cada vez que tengo ese pensamiento, la excitación me recorre las venas, el corazón me late con más fuerza y mi centro se humedece de deseo. Mi cuerpo no quiere volver atrás, quiere perseguir esto... sea lo que sea de lo que ahora formo parte.

El guardia no reduce la velocidad hasta que nos acercamos a otra tienda. Esta es naranja, y la entrada está adornada con el dibujo luminoso de una máscara de gas. En cuanto atravieso la entrada, alguien me atrae hacia un abrazo apretado.

—¡Ahí estás! —exclama Shel, consiguiendo sonar aliviada y a la vez como si yo hubiera hecho algo mal—. Me preocupé cuando no estabas aquí esperándome.

—Yo... eh...

Por alguna razón, no consigo articular las palabras para explicar lo que pasó. Se me quedan atascadas en la garganta.

—¿Dónde demonios te metiste? —pregunto, cambiando de tema.

Soltándome, Shel me lleva a una sección de la tienda equipada con un tocador y un espejo. Me indica que me siente. Cuando no obedezco de inmediato, pone los ojos en blanco, suspira con exasperación y me empuja hacia la silla.

—No tenemos mucho tiempo —murmura. Coge un cepillo y empieza a peinarme. Sigue una serie de tirones, cada uno más fuerte que el anterior—. Tuve que prepararme primero para poder volver a ayudarte.

—¿Por qué no dijiste nada antes de irte? —le exijo—. Háblame, Shelby.

Sus dedos se quedan quietos y habla en un tono calmado que contrasta por completo con lo que está pasando.

—Sabes que no puedo contártelo todo, Eve.

Asiento mientras deja el cepillo.

—Vas a tener que confiar en mí. Recuerda lo que te dije: soy tu amiga. Esa parte es real.