Capítulo 7 #2
—Era lo mínimo que podía hacer —gruño. Conozco a Ned de toda la vida, así que me incomoda que me dé las gracias por algo que tenía derecho a esperar.
—¿Qué tal Nick? —pregunta, cambiando de tema.
—Ocupado viviendo su mejor vida —respondo, sin dar más detalles.
Ned solía trabajar para Nick, pero a mi hermano mayor nunca le cayó bien. Así que después de hacer algunos trabajos con él en los que congeniamos, Nick estuvo encantado de cedérmelo. Resoplo contra la botella al pensarlo.
Suena jodidamente pomposo decir que mueves a la gente como si fueran propiedad. Pero eso es exactamente lo que son para la familia Knight. O eres de los nuestros, o estás con nosotros, o estás contra nosotros. No hay más opciones.
Las horas se desangran lentas y silenciosas. Ned se queda dormido a mitad de una reposición en la tele mientras yo permanezco inmóvil, atento a cada crujido de las viejas tuberías, a cada grito a través de la pared.
Cuando el móvil vibra por fin unos minutos antes de medianoche, ya estoy de pie. Me pongo los guantes mientras cojo la máscara. Con la caja en la mano, dejo la bolsa y salgo del piso de Ned para recorrer los pocos metros hasta el de Eve.
Frente a su puerta, siento un pulso extraño de algo parecido a la anticipación. No es nerviosismo —abandoné esa debilidad hace mucho—, sino una agudeza que vibra bajo mi piel.
La culminación de la planificación, el precipicio antes de la acción. Miro el reloj una última vez. Es casi medianoche, solo falta medio minuto. Cuento hacia atrás en silencio, y cuando llega el momento, levanto la mano y llamo. El sonido resuena en el pasillo vacío, seco y exigente.
Luego espero. Mi postura es la viva imagen de la inevitabilidad paciente: pies separados a la anchura de los hombros, espalda recta, cabeza ligeramente ladeada como con curiosidad. A través de la máscara, oigo mi propia respiración, profunda y rítmica, el sonido levemente mecanizado por el filtro.
Hay movimiento detrás de la puerta; un cambio sutil en la calidad del silencio que delata una presencia. Está ahí, quizá pegada a la madera, quizá mirando por la mirilla. Me estudia como yo la he estudiado a ella, intentando entender lo que no puede explicarse, solo experimentarse.
Imagino cómo se le agrandan los ojos al verme, cómo se le acelera el pulso mientras reconoce el patrón. La tercera visita. El tercer regalo. La invitación final antes de reclamarla.
Mi pulgar recorre el borde de la caja y noto la esquina afilada contra el cuero del guante. La rosa espera dentro: la muerte preservada en belleza antinatural. La invitación descansa aparte, elegida con el mismo esmero. Ambas son ofrendas que presagian lo que está por venir.
Oigo cómo se desactiva el cerrojo, el sutil clic del metal al separarse del metal.
La puerta comienza a abrirse, una rendija de luz que se ensancha hacia lo posible.
Permanezco inmóvil, con la caja extendida a modo de ofrenda.
Ha llegado la medianoche, y con ella, el siguiente capítulo de nuestro ritual cambiante.
Eve aparece en el umbral, el rostro convertido en un complejo estudio de emociones en conflicto.
Las catalogo una a una: curiosidad, desafío y algo más oscuro.
Su melena, que le llega hasta la cintura, cae suelta sobre los hombros, las puntas naranjas vívidas contra el negro, salvaje e indómita como el resto de ella.
Lleva una camiseta de tirantes negra que se le ciñe donde debe y deja lo justo a la imaginación como para hacerme apretar los dientes. Es tan fina que distingo el leve contorno de sus pezones marcándose contra la tela por el aire frío que tiene a su espalda.
Unos pantalones cortos de dormir de tiro bajo le cuelgan sueltos en las caderas, dejando a la vista sus largas piernas desnudas, que parecen jodidamente hechas para envolverse a mi alrededor.
Se pasa la lengua por el labio inferior mientras me sostiene la mirada, y lo siento —agudo e indeseado— el tirón que ejerce sobre mí.
No debería afectarme así. No después de haber pasado meses elaborando un plan que depende del control. Pero me afecta. Cada maldita vez.
Hay algo en ella —imprudente y vulnerable, suave y afilada a la vez— que me hace querer consumirla y destruirla a partes iguales. Y ese deseo es peligroso. Me hace humano, y no hay nada más impredecible que eso.
Sus ojos se clavan en la máscara, buscando humanidad en las lentes de cristal sin encontrar ninguna. Tal como estaba previsto. Tal como hace falta para lo que viene después.
—Tú —dice, y esa única palabra carga con un peso de acusación y reconocimiento—. Si vienes a meterte con Caleb otra vez, lo llevas claro. No me habla por tu culpa.
Cruza los brazos bajo el pecho, lo que solo consigue empujarle las tetas más arriba, más apretadas contra la tela estirada de la camiseta de tirantes. Sabe lo que hace: usa su cuerpo como un arma, aunque todavía tenga el seguro puesto.
A pesar de las ganas de reírme, permanezco en silencio, respirando acompasadamente, con la caja ofrecida sin explicación ni disculpa. La invitación final. La última elección, que en realidad no es tal.
Ante mi silencio, su boca se tuerce en un gesto amargo.
—O quizá quieres volver a agredirme sexualmente. ¿Creíste que iba a olvidar esa parte?
Le tiembla ligeramente la voz al final, lo justo para delatarse. Lo justo para decirme que ella tampoco ha olvidado lo mojada que estaba. Bien.
La vergüenza es mejor correa que las cadenas. Y quiero que recuerde cada latido, cada espasmo, cada gemido que se le escapó sin querer.
Extiendo la caja un poco más, una orden tácita implícita en el gesto. Tómala.
No se mueve, pero veo la indecisión cruzarle el rostro. Ese tira y afloja entre la indignación y la obsesión. La está devorando viva, y ni siquiera sabe dónde termina el hambre y dónde empieza el odio.
—Tómala —digo, con la voz baja y un filo de autoridad—. O te tomaré a ti.