Capítulo 7
El Embaucador
Un escalofrío me recorre la columna mientras evalúo la jaula frente a mí. Gimo cuando mis dedos rozan los barrotes de metal frío. Cada junta soldada según mis especificaciones exactas, cada medida calculada al milímetro.
La estructura domina la pared del fondo de mi dormitorio, un testimonio austero de que el propósito prima sobre la estética. Hermosa en su utilidad, perfecta en su promesa de contención. Golpeo un barrote con los nudillos y escucho el sonido hueco que resuena por la habitación.
Lo bastante grande para resultar cómoda, lo bastante pequeña para el efecto psicológico. Había considerado muchos diseños antes de decidirme por este: barrotes clásicos en lugar de malla o vidrio. Quiero que sienta el metal frío bajo los dedos cuando inevitablemente ponga a prueba sus límites.
Mi futura Novia necesita entender que, por muy lista que se crea, lo único más afilado que su mente es mi venganza.
Agarro uno de los barrotes verticales con ambas manos y tiro con todas mis fuerzas para comprobar si hay algún punto débil. El metal no cede, ni siquiera cruje. Bien. Me muevo metódicamente alrededor de la estructura y repito la prueba en cada punto de unión.
Silbo una melodía mientras mis ojos recorren de nuevo la longitud de los barrotes y catalogo cada elemento. Las bisagras, la cerradura, la pequeña abertura que he diseñado para pasar comida o agua sin abrir la puerta principal.
—Casi es hora —le digo a la jaula vacía, con la voz en ese tono reservado para oraciones o amenazas.
Con la jaula terminada, saco el móvil del bolsillo y marco el número de Ned. Mi pulgar se queda suspendido sobre la pantalla un momento mientras admiro mi obra una última vez. Los barrotes proyectan sombras finas sobre la moqueta como rayas de prisión, un anticipo del encierro que vendrá.
Ned contesta al tercer tono, con esa mezcla particular de eficiencia y aburrimiento en la voz.
—Está hecho —le digo sin preámbulos.
—¿El nido de amor? —Hay un deje de diversión en su voz que a cualquier otro le valdría una advertencia. A Ned se lo permito. Me ha visto en mi peor momento y se ha quedado, y eso le otorga ciertos privilegios.
—La jaula —corrijo mientras paso la mano libre por uno de los barrotes—. Todo está listo para cuando la traiga a casa.
—¿Y cuándo será eso, exactamente? —Se oye un crujido al otro lado de la línea: papeles que se mueven, quizás una bebida que se sirve.
—Después de La Boda Negra. —Me acerco a la ventana y contemplo los terrenos oscurecidos de mi finca. Desde aquí, el jardín parece jodidamente muerto, lo cual, para ser justos, lo está. Lo que crezca ahí fuera es obra de la naturaleza, no mía.
Esta propiedad me cautivó en cuanto la vi por primera vez en abril. Desde la muerte de Ruby, quería algo más apartado que mi apartamento en Manhattan. Y estar más cerca de Eve, que vive aquí en el Bronx.
Esta mansión neogótica de dos plantas es todo lo que nunca supe que quería. Las piedras negras desgastadas y los tejados de pendiente pronunciada son perfectos. Al igual que las ventanas altas con marcos negros y la hiedra que trepa por ambos lados.
Una torreta con un balcón de piedra redondo se extiende desde la esquina trasera, con vistas al patio privado de atrás. El camino de entrada en la parte delantera es todo piedra agrietada y cubierta de maleza, y toda la propiedad está rodeada por una verja de hierro forjado.
Es como un lugar sacado directamente de una película de terror, lo cual forma parte de su encanto. Los tablones del suelo crujen incluso cuando estás quieto. Las sombras se acumulan como si supieran algo. Es una casa hecha para estar embrujada; ahora solo necesita un fantasma.
Otra parte de su encanto son los rumores que circulan entre los lugareños de Riverdale. La gente habla en susurros sobre los anteriores propietarios, que murieron en un dramático asesinato-suicidio.
Y si soy sincero conmigo mismo, eso fue lo que me enganchó. Cuando el agente inmobiliario me contó la historia de la propiedad, no pude decir que no. Un asesinato-suicidio, exactamente lo que hizo Ruby.
—Tío, ¿sigues ahí? —La voz de Ned me saca de mis pensamientos y vuelvo a centrarme en la llamada.
En lugar de preguntarme qué habrá estado diciendo mientras yo no escuchaba, pregunto:
—¿Tu hermana está confirmada para los preparativos de la novia?
—Está dentro. —Su respuesta es inmediata, segura.
—¿Contenta? —pregunto, aunque ya sé que no lo está.
Ned hace una mueca.
—No, tío. Todavía tiene el corazón roto después de perder a su... novio o lo que fuera.
Asiento.
—¿Sabes quién era?
Se encoge de hombros.
—Ni idea. Nunca conocí al tipo y ella nunca me dio un nombre.
Solo sé que todavía no lo ha superado. Pero se ha asegurado de que Eve asista, y eso es lo único que importa.
—Traga saliva—. Conoce su lugar, Jack. Aunque no esté contenta, se encargará de los arreglos del vestido, el maquillaje, el pelo...
de todo para preparar a tu Novia para la ceremonia.
—Bien, haré que le merezca la pena —afirmo secamente—. El vestido llegará mañana. No sé si necesita verlo para...
—Ya le he enseñado la foto —dice Ned, y me interrumpe.
—Perfecto. —Me concedo un instante para imaginar a mi Novia con el vestido, la tela oscura contra su piel pálida. Será teatral de la mejor puta manera.
—Hay algo que deberías saber —interviene Ned, con un ligero cambio en el tono—. Me encontré con tu futura Novia fuera del bloque de pisos esta mañana.
Mi interés se agudiza.
—¿Y?
—Estaba cabreada. Pero cabreada a nivel nuclear.
—Hay un toque de admiración en su voz que no me gusta nada—.
Por lo visto, su amiguito tiene un brazo roto y una conmoción cerebral.
Lo dejaron en observación en el hospital toda la noche.
Pero cuando le dieron el alta, se negó a que ella lo ayudara y la culpó de sus heridas.
Mis labios se curvan en una sonrisa fría.
—Vaya —reflexiono—. Bueno, supongo que es justo. Si no hubiera estado en su vida, no habría tenido motivos para hacerle daño.
Ned suelta una risa sombría.
—Buen punto. Pero tendrías que haberla visto, Jack. Echaba chispas cuando pasé a su lado.
Frunzo el ceño.
—¿Te contó todo eso?
—No, tío. Estaba hablando por teléfono cuando pasé junto a ella, y puede que me quedara un rato a escuchar.
—¿Algo más que deba saber? —pregunto, manteniendo la voz neutra a pesar de la irritación que me corroe. No me importa si Caleb está enfadado con ella, ese no es mi problema. Pero me molesta que su berrinche sea tan ruidoso que ahogue mi presencia en su cabeza.
Cuando me dice que eso es todo, le aviso de que pasaré en cuanto termine aquí. No sé si Eve abrió su invitación, y es importante que lo haga. Cuelgo y lanzo el móvil sobre la cama.
De nuevo a solas, dejo que mi mente vuelva a Eve en aquel pasillo. Cómo se tensó su cuerpo cuando le sujeté las muñecas por encima de la cabeza. La resistencia inicial cuando mis dedos se deslizaron entre sus piernas, seguida de la prueba condenatoria de su excitación.
Su coño estaba húmedo. Jodidamente húmedo. Intentó mentir, engañarme con su maldita boca, pero su cuerpo se doblegó como una plegaria: abierto, tembloroso, suplicante. No por piedad. Por más. Y eso no me lo esperaba en absoluto.
No soy ajeno al atractivo de Eve. Es devastadoramente hermosa, con curvas que harían llorar a un monje. Pero hasta anoche, nunca me planteé jugar con su cuerpo. Con su mente, sí, pero ahora su reacción ante mí ha cambiado las reglas del juego.
Mi polla se endurece con el recuerdo y presiona incómoda contra la cremallera. Gimo en voz baja mientras me agarro la erección. Sería tan fácil masturbarme, quizá incluso hacerlo dentro de la jaula y dejar mi semen para que se siente encima…
No, no soy un maldito adolescente que necesita presentarle la mano a la polla cada hora. La próxima vez que me corra, será dentro de ella. Esto no va solo de deseo. Va de deuda, de lo que ella me debe.
En lugar de perder el tiempo, cojo la bolsa de lona negra. La máscara y los guantes ya están dentro, así que solo añado otra caja con una rosa. Me pongo la chaqueta de cuero y meto la segunda invitación en el bolsillo interior. Luego me dirijo a casa de Ned.
Cuando llego, subo la escalera de incendios de dos en dos. Al llegar al piso, doy unos golpes en su ventana, y el cabrón sonríe de oreja a oreja mientras me deja entrar.
Frunzo el ceño y eso solo hace que su sonrisa se ensanche.
—¿Está ella...?
Me hace un gesto con la mano para que me calle.
—Está ahí dentro —señala la pared que comparten—. Viendo alguna peli de terror o algo así, por los sonidos.
Dejo la bolsa en el suelo y pego la oreja a la pared que separa los dos apartamentos. Tiene razón. El grito agudo, la risa maníaca y el sonido de una motosierra lo confirman.
Miro la hora en el móvil: aún quedan unas horas hasta medianoche, y no quiero molestarla hasta entonces.
—¿Quieres algo de beber? —ofrece Ned. Acepto una cerveza bien fría.
Me desabrocho la chaqueta de cuero y me pongo cómodo en su sofá. No hablamos de nada importante. Me agradece de nuevo que lo instalara aquí, pero le quito importancia.
—No fue nada —digo antes de dar un buen trago—. Necesitaba ojos y oídos aquí.
—Venga ya, tío —insiste—. Aunque no hubieras necesitado mi ayuda, sé que me habrías echado un cable al salir de la cárcel. Así que acepta mi puto agradecimiento. Además, cuidaste de Shelby. Eso no lo olvidaré.
Ned cumplió seis años en la cárcel por posesión de drogas y otros cargos, lo cual es una mierda, porque la droga ni siquiera era suya. Pero el fiscal estaba obsesionado con meterlo entre rejas, y yo estaba demasiado ocupado siendo el blanco del odio de mi padre como para prestar atención.
A veces no entiendo por qué cojones me es leal.
Mi padre mató a sus padres y solo los dejó con vida a él y a Shelby.
Sin embargo, nunca nos culpó ni a Nick ni a mí.
Nunca fue un secreto que le habría encantado ser él quien matara a papaíto.
Pero eso mismo habría querido la mitad de Nueva York, seguro.