Capítulo 6 #3
Cuando encuentro la curva de sus pechos, no los agarro ni los aprieto. Solo me deslizo por el valle entre ellos, dejando que los dedos arrastren tensión a su paso. Más abajo. Más despacio. Hasta que alcanzo la cinturilla de sus pantalones. Antes de que pueda reaccionar, me cuelo bajo el látex.
—Qué... no. Para...
Su voz es débil, se quiebra a ratos.
—Para —grita, revolviéndose como si realmente pensara que puede quitárseme de encima.
Ya tiré a su novio escaleras abajo como un peso muerto. No tiene ninguna oportunidad. Me lanza un golpe y me río. Luego le atrapo las dos muñecas y se las inmovilizo por encima de la cabeza.
Cuando presiono la palma contra su coño, me sorprende encontrarla mojada. No solo un poco, oh no, mi Novia está jodidamente empapada para mí como si ya fuera mía. El sonido que dejo escapar no es exactamente un gruñido, pero se acerca. La máscara lo distorsiona, lo vuelve mecánico y hambriento.
—Estás mojada.
—N-no —gimotea, mintiéndome.
Presiono contra su clítoris en círculos lentos y precisos.
—Mentir es de niñas malas —le digo con voz ronca—. ¿Eres una chica mala, Eve?
Saber que está excitada hace que la polla me palpite, gruesa y tensa contra el muslo, y estoy tentado de restregarme contra ella como un puto animal. Pero aprieto los dientes y me obligo a mantener el control.
Esta es la oportunidad perfecta para aprender cómo la traiciona su cuerpo. Y no pienso desperdiciar el regalo que ni siquiera sabe que me está ofreciendo.
—He dicho que pares —susurra, pero su voz se ha derrumbado. No hay autoridad en ella.
Ladeo la cabeza.
—Eso has dicho —respondo justo cuando le meto dos dedos en el coño. Gime suavemente, y el sonido me vibra por la columna, se acumula caliente y agudo en la punta de la polla—. Más fuerte —ordeno—. Gime más fuerte.
—¿Q-qué? —jadea, mientras las caderas la traicionan y se mueven hacia mi mano.
Curvo los dedos dentro de ella, los arrastro por la pared superior.
—Quiero que él oiga lo bien que te hago sentir. Canta para mí.
Niega con la cabeza y mantiene la boca cerrada. Pero su cuerpo... sus caderas siguen moviéndose.
Le estampo las muñecas contra la pared.
—No te atrevas a desobedecerme —gruño—. Quiero que sepa exactamente lo que te estoy haciendo. Grita para él.
Cuando sigue negándose con un gesto obstinado en los labios, la follo más fuerte con los dedos.
—Dilo —gruño—. Dime lo bien que te hago sentir. Grítalo tan fuerte que Caleb se ahogue con ello.
—J-joder —grita ella—. Por favor...
—Nada de súplicas. Solo gemidos. Que escuche cómo tu coño me recibe. Que sepa que ahora me pertenece.
Esta vez gime de forma preciosa para mí. Y lo hace tan fuerte que el sonido resuena, llegando sin duda hasta Caleb. Joder, espero que esté consciente. Espero que escuche los sonidos húmedos que hace su coño mientras se empapa sobre mi mano.
—Oh, Dios —grita. Su coño se aprieta alrededor de mis dedos como si intentara arrastrarlos más adentro, como si supiera que son solo un sustituto de lo que debería estar ahí.
Me río entre dientes.
—Aquí no hay ningún Dios. Solo tú y yo.
Se inclina hacia adelante entregándose al ritmo, con las piernas temblando, el coño apretándose como si suplicara ser destrozado. La mantengo en su sitio, con los dedos hundidos hasta el fondo, la máscara presionada contra su piel, respirando con fuerza a través de las ranuras.
Gime de nuevo; temblorosa, frágil. Flexiono los dedos y todo su cuerpo se sacude como si hubiera pulsado un interruptor.
Entonces la follo con precisión: dos dedos deslizándose sobre cada nervio como si la estuviera reprogramando desde dentro. Cada embestida calculada. Cada giro de mis dedos es brutal en su intención. Encuentro el punto dentro de ella que hace que le fallen las rodillas.
Sacude la cabeza, negando sin palabras, pero sus caderas me muestran lo que realmente quiere. Presiono la palma contra su clítoris. Su respiración se quiebra en gemidos patéticos y perfectos que hacen que me palpite la polla.
Mhmm, Eve está cerca. Lo noto en cómo su coño se aprieta más fuerte a mi alrededor. Intenta resistirse. Se muerde el labio, haciendo brotar hermosas gotas de sangre que anhelo probar. Pero no estoy listo para quitarme la máscara.
El orgasmo la golpea con violencia, tan fuerte que le ceden las piernas. La sigo hasta el suelo, con los dedos aún entrando y saliendo de su calor fundido. Los sonidos que salen de ella son incoherentes, y las pocas palabras que pronuncia carecen de sentido. Y sin embargo, es jodidamente poético.
Cuando no es más que temblores residuales y ruina, retiro los dedos. El sonido húmedo la hace estremecerse.
—Eres digna —murmuro, sacando el sobre de mi chaqueta. Se lo extiendo una vez más.
Me mira como si hubiera perdido la cabeza.
—¿Estás loco? —sisea, intentando levantarse—. No quiero nada de ti.
Me muevo y bloqueo la escalera cuando intenta pasar. Me observa como si no supiera qué pensar ni qué hacer. Pero entonces toma el sobre con dedos temblorosos.
—Buena chica —murmuro, con un tono oscuro y burlón, antes de dejarla por fin correr hacia Caleb.