Capítulo 6
La Novia
La pregunta cae como una chispa sobre yesca seca. Mi cuerpo me traiciona con un movimiento sutil hacia él, tan leve que no estoy segura de que lo note hasta que veo cómo se ensancha su sonrisa.
Caleb sabe que me atrae todo lo que genere adrenalina por el miedo. Hemos experimentado con juegos de rol de CNC, e incluso se ha colado en mi apartamento una vez. Pero las máscaras son algo que nunca me había planteado usar.
—Me interesa averiguar quién está detrás de ellas —respondo, luchando por mantener la compostura mientras su mano asciende, acercándose al lugar donde mi tatuaje de liga de encaje negro rodea la parte alta del muslo.
—¿Ah, sí? —su voz desciende a un registro que me hace vibrar por dentro—. ¿O te interesa más lo que la máscara permite?
No respondo, y no necesito hacerlo. Lee mi silencio con soltura. Su mano se desliza hasta acunar mi rostro, el pulgar rozándome el labio inferior.
—¿Sabes lo que pienso?
Alzo una ceja, intentando recuperar algo de control.
—Rara vez sé lo que piensas, Caleb.
Se ríe, grave y cortante, como si mi respuesta hubiera confirmado una teoría sobre mí.
—Creo que has pasado tanto tiempo analizando la oscuridad ajena que olvidas reconocer la tuya.
Antes de que pueda responder, inclina la cabeza y atrapa mis labios con los suyos.
El beso es seguro, exigente, y siento cómo mi cuerpo responde, el calor acumulándose en mi vientre mientras su lengua recorre la comisura de mis labios.
Por un instante, vacilo. Un destello de goma negra y lentes sin emoción se superpone a los rasgos familiares de Caleb. El sonido fantasma de una respiración mecánica inunda mis oídos, haciéndome sentir mareada de deseo por el hombre equivocado, por el monstruo equivocado.
El momento pasa, y le devuelvo el beso a Caleb con avidez, dejando que mis dedos se enreden en su cabello rubio platino, anclándome a nuestra conexión muy real en lugar de a la alternativa fantasmal que acecha mis pensamientos.
Nos separamos cuando las puertas del ascensor se abren de nuevo y una mujer carraspea ruidosamente. La miro y me doy cuenta de que todavía estamos en la planta baja.
—¿Pulsaste el botón? —le pregunto a Caleb, dando un paso atrás.
Se ríe.
—No, se me olvidó.
La mujer entra, mirándonos de reojo mientras se coloca tan lejos como la caja metálica permite. Lo cual, para que conste, no es mucho espacio. Pero da igual. No puedo evitar sonreírle cuando la pillo mirando a Caleb.
—No te culpo —sonrío con suficiencia. Y la verdad es que no la culpo, especialmente cuando él va sin camiseta.
Ahora que no estamos solos, el viaje en ascensor se convierte en un ejercicio de contención.
Cuando las puertas finalmente se abren en mi piso, la paciencia de Caleb se evapora.
Su mano encuentra la mía, los dedos entrelazándose mientras me arrastra por el pasillo y yo rebusco en el bolso con una mano para sacar las llaves.
Abrir la puerta se convierte en toda una hazaña cuando los labios de Caleb encuentran el punto sensible donde el cuello se une al hombro. La llave raspa contra la cerradura antes de encajar por fin.
Al girar la cabeza, mi mirada se posa en algo en la puerta.
—¿Qué demonios es eso? —murmuro, pasando los dedos por la sustancia reseca.
—Deja de entretenerte —se queja Caleb, dándome un pequeño empujón.
Tropezamos al cruzar el umbral y, en cuanto estamos los dos dentro, cierra la puerta de una patada y me agarra por la cintura, arrastrándome hacia el sofá. Me deja caer sobre los cojines como un trofeo y se sube encima de mí, estampando sus labios contra los míos.
Su boca reclama la mía con un hambre que refleja la mía, su lengua pidiendo paso mientras sus manos se deslizan hacia abajo para agarrarme el trasero, colocándome encima de él sin romper el beso.
—He estado pensando en esto toda la noche —confiesa contra mis labios, con la voz ronca de deseo. Su barba raspa contra mi piel mientras va dejando besos por mi cuello, cada uno un pequeño y delicioso mordisco de dolor que me hace jadear.
Echo la cabeza hacia atrás y cierro los ojos mientras me rindo a las sensaciones. Mis manos recorren sus hombros y espalda, disfrutando de cómo siento sus músculos moverse bajo mis dedos. Me muevo cuando noto que la mano de Caleb hurga en su bolsillo.
—¿Qué estás...?
Me interrumpe antes de que pueda terminar de preguntar qué estaba haciendo.
—Ojalá no tuviéramos público —dice con una sonrisa pícara, señalando con la cabeza hacia la repisa donde el cráneo sonriente de mi padre nos observa.
—Quiero que mire —afirmo—. Si el Infierno existe, se está pudriendo en él. Quizá parte de su castigo sea ver todo su arduo trabajo deshecho mientras me follas en el sofá en el que solía sentarse.
Caleb se ríe mientras desliza las manos bajo mi camiseta para abarcar mis pechos, lamiendo y mordisqueando mi garganta sin detenerse hasta llegar a la clavícula.
—Oh, Dios —gimo, moviendo las caderas. Su gemido de respuesta me hace resoplar de impaciencia, y deslizo la mano entre nosotros para agarrarle la erección—. Quiero esto.
Echa la cabeza hacia atrás y me mira mientras me sube la camiseta para dejar a la vista el encaje negro de mi sujetador.
—Preciosa —murmura—. No te importa que te haga una foto, ¿verdad? Tengo que llevar la cuenta de mis conquistas.
La pregunta es como si me echaran un jarro de agua fría. Me muerdo el labio inferior mientras lo considero. No soy nada tímida, pero eso no significa que quiera fotos mías circulando por ahí.
—No lo hagas —advierto cuando levanta el móvil, sosteniéndolo justo frente a mí—. Si necesitas material para pajearte, llámame. Pero no me fotografíes.
—Sí, señora —arrastra las palabras, con los ojos ya recorriéndome como si de todos modos estuviera imaginando la foto.
Resoplo con fastidio y muevo las caderas para recuperar la chispa. Y no tarda mucho en que el mundo se reduzca de nuevo a una serie de sensaciones: la presión de su polla entre nosotros, el agarre firme de sus dedos al encontrar mis caderas y atraerme contra él en un ritmo que me deja sin aliento.
—Te quiero dentro de mí —jadeo.
Caleb gime contra mi piel.
—Joder. Sí...
Tres golpes secos en la puerta principal atraviesan la habitación como un disparo, congelándonos a ambos a mitad de movimiento.
Mi corazón, que ya latía acelerado por la atención de Caleb, se dispara aún más. Un extraño cóctel de temor y anticipación me invade, erizándome la piel.
—Ignóralo —ordena Caleb, deslizando la mano entre mis piernas para cubrir mi coño—. Ya se irá.
Sus labios reclaman los míos, más insistentes ahora, como si pudiera distraerme físicamente de quienquiera que esté al otro lado de mi puerta. Por un momento, funciona: mi cuerpo responde a él automáticamente y vuelve a derretirse con el placer de sus caricias.
Pero los golpes vuelven, el mismo patrón: tres toques secos que parecen resonar a través de mi cuerpo. Rompo el beso y giro la cabeza hacia la puerta a pesar del suspiro frustrado de Caleb.
—Ni se te ocurra pensarlo —gruñe, con la voz teñida de deseo y fastidio. Sus dedos trazan la línea de mi mandíbula, intentando recuperar mi atención.
Lo miro y observo sus labios hinchados por los besos, el deseo desnudo en sus ojos. Mi cuerpo lo anhela, anhela la liberación que sé que puede darme. Y sin embargo...
—¿Y si es él? —Las palabras escapan antes de que pueda detenerlas.
La expresión de Caleb se endurece; la frustración eclipsa cualquier rastro de deseo.
—¿El tipo de la máscara? —Sus manos se deslizan a mis hombros y me sujetan mientras escudriña mi rostro—. ¿Es en eso en lo que estás pensando? ¿Ahora?
No tengo una respuesta que no suene demente: que algo de él ha echado raíces en mí, silenciosa, peligrosamente.
—Solo necesito ver quién es —digo. Y mientras me bajo la camiseta, echo un vistazo al reloj en la muñeca de Caleb. Es medianoche. Exactamente.
—No puedes hablar en serio —grita—. Por encima de mi cadáver —espeta, como si mi curiosidad fuera solo otra cosa que debe aplastar.
—Escúchate, Caleb —resoplo—. No necesito tu permiso.
Mientras se pasa una mano por la cara, me bajo de su regazo.
—Solo será un segundo —prometo. No estoy segura de a quién intento convencer.
Mientras me dirijo hacia la puerta, la mano de Caleb me atrapa la muñeca con un tacto más suave de lo que esperaba.
—Eve —dice, y mi nombre es a la vez una pregunta y una advertencia.
Le sostengo la mirada y veo la preocupación que asoma bajo la frustración.
—Un minuto —digo, ofreciendo una sonrisa que espero sea tranquilizadora—. Quédate justo aquí y tenme esto listo —me lamo los labios y miro intencionadamente su erección más que evidente.
Caleb me suelta a regañadientes. Siento sus ojos clavados en mí, cargados de reproche, mientras agarro el pomo. Dudo solo un instante, con el corazón martilleándome en las costillas.
Entonces, tras respirar hondo, abro la puerta.
El mensajero enmascarado permanece inmóvil en mi umbral, exactamente como antes.
Sin cambios. Sin moverse. Como una estatua funeraria que se alejó de su pedestal para entregar un presagio final.
Máscara de gas negra con sus vacíos ojos redondos, botas militares firmemente plantadas, chaqueta de cuero cerrada hasta la garganta.
Se me hace un nudo en el estómago, no solo de temor, sino de una anticipación peligrosamente cercana a la excitación.
En sus manos enguantadas sostiene un sobre negro y naranja. Su pecho sube y baja con respiraciones acompasadas que se filtran a través de la máscara con un suave susurro mecánico.
—Tú otra vez —digo, con la voz más entrecortada de lo que pretendía.
El mensajero permanece en silencio, con el brazo extendido hacia mí ofreciéndome el sobre.
Los cristales de su máscara reflejan versiones distorsionadas de mí misma: dos Eves en miniatura, con los ojos muy abiertos y despeinadas.
Una parece asustada. La otra parece hambrienta. No sé cuál de las dos odio más.
—¿Qué es? —exijo, sin moverme para aceptarlo.