Engañada por Jack (Obsesiones estacionales nº 3) Capítulo 5 #2
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Capítulo 5 #2

Dentro, el aire me golpea como un muro. Está saturado de sudor y de algo más primitivo. Como sangre vieja y promesas rotas. El suelo recuerda cada grito del que se ha empapado, y esta noche vuelve a tener sed.

Los cuerpos se apiñan alrededor del ring improvisado: un cuadrado de valla metálica reforzada con bloques de hormigón. Las manchas de sangre surcan el suelo como un sacramento, embarradas y pisoteadas contra el hormigón.

—No creo que llegue a acostumbrarme a tenerte aquí conmigo, Doc —murmura Caleb, y me roza la zona lumbar con los nudillos mientras nos abrimos paso entre la multitud.

La gente se aparta a su paso, reconocen el corte de su mandíbula y el brillo de sus ojos. No es el más grande de aquí, pero es el único con el que evitan rozarse. Eso lo dice todo.

Lo miro con una sonrisa burlona.

—¿Ah, sí? —pregunto, y arqueo una ceja. No espero que responda; los dos sabemos por qué.

Caleb llegó a mí por una terapia ordenada por el tribunal, después de demasiadas peleas y un cargo por posesión. Evalué sus problemas de ira y elaboré un plan de tratamiento. Eso fue básicamente todo lo que conseguí antes de que lo reasignaran o algo así.

Para ser sincera, me había olvidado completamente de él hasta que apareció en mi piso hace dos o tres meses. Se plantó en mi puerta, arrogante y rezumando el tipo de peligro que me pierde. En otras palabras, mi kriptonita perfecta.

Se negó a irse hasta que aceptara al menos una copa. Que todavía no nos hemos tomado. Lo único que hacemos es follar. No quedamos para citas ni nos acurrucamos. Joder, ni siquiera hablamos de nada que importe.

Caleb usa mi cuerpo como si yo fuera solo un agujero húmedo y dispuesto. Y se asegura de que recuerde que eso es todo lo que soy para él. Por eso no tiene sentido que fuera él quien envió al mensajero.

Llegamos al corredor de los luchadores —bombillas peladas en lo alto que parpadean débilmente— y se detiene justo antes de la cortina que separa la sangre del aliento.

—¿Estás bien? —pregunta, y se gira para mirarme.

Asiento. El pulso entre mis piernas ya es constante y grave, como un zumbido de advertencia.

Caleb me observa como si supiera exactamente lo que estoy pensando. Su mano se cierra alrededor de mi nuca y se inclina hacia mí. El beso es más brusco esta vez. Menos calor, más posesión. Sus dientes rozan mi labio inferior. Mis rodillas casi flaquean.

Se aparta antes de que pueda ir tras él.

—Quédate cerca. No hables con nadie —ordena, apretando los dedos lo justo en mi nuca para dejar claro qué pasará si no obedezco.

—No eres mi guardián —le recuerdo como es debido, pero su sonrisa afilada dice que disfrutaría demostrando lo contrario.

—Esta noche sí lo soy.

Su sonrisa es puro colmillo y hambre.

—Será mejor que me vaya.

Con esas palabras, desaparece tras la cortina.

Exhalo y recupero la compostura. Me abro paso entre dos espectadores de cuello grueso hasta llegar al frente, tan cerca que podría tocar el ring.

La multitud se agita. Suena una campana. Y entonces comienza la primera pelea.

Si hubiera pagado por estar aquí, exigiría que me devolvieran el dinero después de la primera pelea. Es tan sosa que la gente empieza a sacar los móviles y a hacer scroll sin prestar atención. Aquí quieren carnicería, no lo que sea que fue eso.

La segunda pelea es mejor, pero es la tercera la que realmente me hace gritar y animar con el resto del público. Cuando termina, me dirijo a la esquina donde unos tipos venden cerveza barata y tibia.

No es mi favorita, pero servirá. Mientras bebo la cerveza, mantengo la mirada fija en el ring. Caleb aún no ha salido, pero lo presiento. El zumbido bajo en la base de mi espalda empieza a pulsar con más fuerza, un hambre que se enrosca como humo en mi estómago.

—Hola, muñeca. ¿Estás—

—¿Fuera de tu alcance? —replico, interrumpiendo al tipo que se acercó cuando no estaba prestando atención—. Sí, me temo que sí.

Le doy la espalda, compro otra cerveza y vuelvo al frente.

Un silbido agudo corta los murmullos y anuncian los dos nombres siguientes. Caleb entra al ring como si fuera suyo. La multitud reacciona distinto esta vez: todos corean su nombre mientras él levanta los brazos a modo de saludo.

Ya rezuma agresividad. La violencia se le pega como una colonia, y cada paso que da dice: tú sangras, yo gano.

Mientras Caleb monta todo un espectáculo quitándose la sudadera y flexionando los músculos, mi mirada se desvía hacia su oponente, un tipo duro y corpulento con la cabeza rapada y el cuello grueso.

—¡Dale! —grito justo cuando suena la campana.

Chocan de inmediato, y los primeros golpes son rápidos, limpios. Pero entonces Caleb cambia: su postura se tensa, baja el centro de gravedad y empieza a golpear. Sus puños alcanzan la mandíbula, las costillas, el estómago del otro tipo.

Cada puñetazo es de una precisión brutal, y no pasa mucho antes de que la sangre salpique y la multitud ruja. Caleb recibe un golpe en la sien, se tambalea medio paso y luego se ríe: bajo, cruel, como si lo disfrutara.

Contraataca clavándole una rodilla en el estómago y lo remata con un codazo brutal en la cara que manda a su oponente al suelo. Es un nocaut limpio, y la multitud estalla.

Mientras me uno a los vítores, aprieto los muslos, intentando sofocar el fuego que me recorre. No es solo lujuria: es un anhelo. La parte más retorcida de mí se excita con la ruina, con ver a hombres destrozándose entre sí.

Caleb no espera una toalla. Ni siquiera hace caso a los hombres que le palmean la espalda. Sus ojos se clavan en los míos mientras se abre paso entre la multitud, los nudillos ensangrentados, el sudor aún brillando en su frente.

En cuanto me alcanza, dejo caer el vaso de plástico medio lleno y me lanzo sobre él. Le rodeo el cuello con los brazos y tiro de él hacia abajo en un beso brutal. Mi boca se abre para él sin pensar, mi lengua enroscándose con la suya.

—Caleb —gimo contra su boca mientras el deseo me empapa—. Te necesito.

Rompe el beso de golpe.

—Vámonos —gruñe con la voz ronca y rasgada. Su agarre se aprieta lo justo para que me flaqueen las rodillas—. Ahora.

No me salen las palabras, así que solo asiento y dejo que me guíe hasta su coche. Abre la puerta de golpe y me deslizo dentro; la piel se me eriza contra el cuero agrietado.

Conduce como si los semáforos en rojo fueran una sugerencia, y con cada uno que nos saltamos, el pulso se me acelera. Tiene una mano en el volante, la otra en mi muslo. Su agarre es firme, posesivo. Solo ahora, mientras lo observo, me doy cuenta de que olvidamos su sudadera. Bueno, qué más da.

Para cuando llegamos al largo tramo hacia Riverdale, me palpita entre las piernas y me retuerzo en el asiento. Me inclino y le palpo la erección, evidente bajo la tela.

—No puedo esperar —ronroneo mientras deslizo la mano bajo su cinturilla.

—Tócame, Doc —gruñe, y lo hago. Le rodeo la polla con los dedos y aprieto en la base—. Joder.

—Estabas tan sexy ahí arriba —admito mientras lo acaricio—. Todas las mujeres te estaban comiendo con los ojos—

—No me importan otras mujeres —gruñe—. Y más te vale que a ti no te importen otros hombres.