Capítulo 5
La Novia
Tarareo mientras cuelgo con Caleb, después de decirle que tengo que arreglarme. Esto es justo lo que necesito, una noche en el ring. Y él siempre se pone más fiero cuando ha estado peleando.
Después de apurar el último sorbo de vino y enviarle un mensaje a Shelby con mis planes, me dirijo al baño para ducharme y cambiarme por algo mucho menos cómodo que la camiseta extragrande y los leggings que llevo ahora.
Mientras me ducho, me aseguro de quedar prácticamente sin vello. No voy a poder resistirme a Caleb cuando esté jadeando y sudoroso después de pelear. Solo pensarlo basta para que mi clítoris palpite.
Para cuando salgo, el aire huele a cereza y miel, rastros de mis jabones. Inhalo con avidez mientras me seco con la toalla y luego me pongo manos a la obra.
Es casi un ritual la forma en que suelto mi largo cabello del moño desordenado en lo alto de mi cabeza. Como si mantenerlo recogido ocultara la parte más oscura de mí, esa que dejo salir cada vez más a menudo: el lado que no solo quiere liberación, sino ruina.
Sin prisas, separo el cabello en dos y trenzo cada sección para que las trenzas caigan por mi espalda. Una vez que termino, paso al maquillaje. Estoy aplicándome la segunda capa de rímel cuando suena el teléfono.
—Shel —digo a modo de saludo.
—Eve —grita tan fuerte que me alegro de que el teléfono esté apoyado en el lavabo en lugar de pegado a mi oreja—. No puedo creer que vayas a salir otra vez esta noche. Estaba segura de que estarías arrastrando una resaca después de lo de ayer.
—Mira quién fue a hablar —murmuro—. Al menos yo no tuve que trabajar.
—Lo sé —gime teatralmente—. Créeme, estuve tentada de llamar diciendo que estaba enferma.
Cuando le pregunto si viene esta noche, se lanza de cabeza a una larga historia sobre todo el trabajo que tiene atrasado.
—Bueno, eso—
—Y no te creerías la cantidad de mierda que le voy a caer a mi becaria —me interrumpe acalorada—. Ahí estaba yo, en el tribunal. Frente al honorable juez o lo que sea…
Sabiendo que probablemente me estoy quedando sin tiempo, me visto mientras me cuenta todo sobre la becaria que la envió al tribunal con la carpeta equivocada.
—… Parecía una maldita idiota. Ah, y lo mejor es que me multaron por hacerle perder el tiempo al tribunal.
—Vaya mierda, Shel —digo con énfasis.
Lo bueno de que me distraiga es que no tengo tiempo para dudar de mi atuendo para esta noche. Una vez que termino, me detengo frente al espejo de mi dormitorio y paso la mano por el dobladillo del jersey naranja corto que aún no había estrenado.
El color combina perfectamente con mi pelo, y es bastante suave y fino para finales de septiembre, ajustado lo justo para insinuar mi figura sin pegarse. Termina unos centímetros por encima de la cintura de mis pantalones de látex negro, dejando una franja deliberada de piel al descubierto.
Sonrío con suficiencia a mi reflejo, pensando en qué dirían las personas de mi antigua vida si me vieran ahora, y esperando en secreto que lo hicieran, solo para que se atragantaran con la prueba de que su buena doctorcita nunca fue tan buena.
Con el modelito de ven-y-fóllame, el delineador cargado y las múltiples capas de rímel, estoy a años luz de la terapeuta fría y profesional que solían conocer. Joder, estoy a años luz de la persona que creía ser en el fondo.
He leído suficientes libros de psicología para saber que la nueva vida que he adoptado está alimentada por mis traumas paternos, que no son pocos.
Mi padre quería un prodigio, así que me convirtió en uno. En lugar de cuentos de hadas antes de dormir, me leía libros de texto. En nuestra casa, no recibías tarta ni regalos en tu cumpleaños. Recibías exámenes para demostrar que merecías ser celebrada.
Puede que Charles Mortis fuera un psiquiatra de renombre y un profesor de éxito. Pero para mí, nunca será más que una mierda de persona. Del mismo modo que para él, yo era un sujeto de estudio y no una hija.
Como mi madre murió de un aneurisma cuando yo tenía cuatro años, él me crió solo, sin nadie que contradijera sus métodos crueles. Y los bordes afilados de esos métodos son exactamente lo que me moldeó en algo lo bastante retorcido como para anhelar noches como esta.
Pero pregúntame si me importa que lo que estoy haciendo probablemente se diagnosticaría como rebelión adolescente tardía. Que conste: no me importa lo más mínimo. Nunca pude hacerlo cuando era adolescente, así que ¿por qué iba a contenerme ahora?
—… ¿Eve? Holaaaa… ¿sigues ahí?
Mierda, me había olvidado de Shelby. —Mmm, sí, aquí estoy —confirmo, apartando los recuerdos desagradables de mi padre—. Lo siento, Shel. Tengo que irme.
—Sí, sí —suspira dramáticamente—. Vale, antes de que se me olvide por qué te llamé, ¿llegaste a rellenar el cuestionario online que te envié el mes pasado?
—¿Para qué?
—El Santuario —canturrea—. Necesitan algunos datos extra de las candidatas a Novia.
Frunzo el ceño mientras me pongo los botines. —Creo que sí… —me callo, intentando recordar si lo hice o no—. ¿No puedes comprobarlo tú, si tu bufete tiene acceso a todo el papeleo?
—Claro —confirma—. Probablemente tendría que haberlo hecho antes de llamarte. —Hay algo en su tono que suena casi forzado.
—¿Estás bien, Shel? —pregunto, pensando si las noches largas y la carga de trabajo por fin le están pasando factura.
—De maravilla —responde distraídamente.
Mientras teclea en su portátil, saco mi pequeño bolso bandolera del armario. —Shel —digo, arrepintiéndome de no haber preguntado esto antes de rellenar la maldita cosa—. El formulario es legítimo, ¿verdad? O sea, no van a hacer nada raro con mis datos, ¿no?
La risa de Shel en respuesta es francamente maníaca. —Zorra, lo creé yo. Te prometo que no estás vendiendo tu alma inmortal ni nada de eso. —Hay un momento de silencio—. Ah, aquí está. Sí, lo rellenaste y marcaste todas las casillas correctas.
—Genial —digo, consciente de que tengo que colgar—. Entonces, si no hay nada más...
—Sí, sí, ya me voy, me voy, me fui. Feliz follada o lo que sea. —Y cuelga. Meto el móvil y la cartera en el bolso.
Apenas logro dar dos pasos cuando suena el interfono: Caleb ya está aquí. Compruebo que tengo todo lo que necesito y le lanzo un beso al cráneo sonriente de mi padre.
—Dios, ojalá pudieras verme ahora, cabrón —me río, medio histérica—. Lo odiarías tanto.
Aún entre risas, ajusto la placa con las palabras «¿por qué tan serio?» que cuelga sobre los restos de mi padre, colocados en la repisa de la chimenea del salón. Salgo y me dirijo al ascensor. Justo cuando llega, aparece mi vecino, Ned.
—Hola —saludo mientras entramos juntos en el ascensor.
—Estás muy guapa esta noche —sonríe y arquea las cejas con picardía—. ¿Vas a algún sitio especial?
En vez de decirle la verdad, niego con la cabeza y me río por lo bajo.
—¿Acaso no es especial cualquier sitio?
Pone los ojos en blanco.
—Joder. Se me olvidaba que eres terapeuta y lo contestas todo con una puñetera pregunta.
—¿Ah, sí? —pregunto, solo por joderle.
Al llegar a la planta baja, me despido con la mano y casi salgo corriendo. Caleb está apoyado contra el edificio. Lleva el pelo rubio platino peinado hacia atrás, aunque algunos mechones ya se le escapan sobre la frente.
—Joder, cariño —dice con voz arrastrada mientras me recorre con la mirada como si evaluara una compra—. ¿Pretendes que me maten antes de que empiece la pelea? ¿O solo quieres asegurarte de que piense en ti en vez de en el tío al que voy a destrozar?
Arqueo una ceja.
—Sería una estupidez, teniendo en cuenta que pienso apostar por ti esta noche —replico.
Se acerca, me agarra de la cintura con una mano y me atrae hacia él mientras la otra se desliza hasta mi nuca.
—¿Te has vestido así para mí? —pregunta con voz ronca, y me baja las manos al culo a la vez que me besa.
El beso es duro, su boca reclama la mía, nuestras lenguas se enredan. Gimo suavemente y me aferro a él, con los dedos enganchados en el bajo de su sudadera. Le dejo tomar lo que quiere, el tiempo justo para notar cómo se me acelera el pulso.
Cuando estoy a punto de sugerir que nos saltemos la pelea, me aparto.
—No —respondo, algo jadeante—. Me he vestido para mí. Tú solo tienes la suerte de verlo.
Suelta una risa breve y seca, como si la broma fuera a mi costa.
—Ya lo creo que sí.
Encantada con su reacción, exagero el contoneo de mis caderas mientras caminamos hacia su viejo coche abollado, aparcado junto a la acera.
Cada vez que conduce, dudo que lleguemos a ningún sitio, pero nunca me quejo en voz alta. Caleb adora este coche, algo evidente por cómo acaricia el salpicadero una vez que estamos sentados.
—¿Cuántas peleas tienes esta noche? —pregunto mientras nos dirigimos hacia Gowanus, en Brooklyn.
Las veces que he ido a ver pelear a Caleb ha sido en una fábrica abandonada. Con sus paredes de ladrillo y el suelo de hormigón manchado de sangre, parece sacada directamente de El club de la lucha.
—Solo un imbécil ha sido tan gilipollas como para desafiarme —responde con chulería, sonriendo de oreja a oreja cuando lo miro.
Por un momento, pienso en hacerle una paja de buena suerte, pero al final decido que no. Caleb siempre tiene más ganas de jugar cuando la victoria le corre por las venas. Tiene esa mentalidad de «al vencedor van los despojos», y una vez que demuestra que es el mejor, se pone deliciosamente bruto.
La fábrica se alza agazapada entre dos almacenes, con las puertas oxidadas abiertas de par en par como mandíbulas rotas. Focos montados en andamios proyectan una luz cruda sobre el aparcamiento de grava, iluminando grupos de hombres con cigarrillos en la boca y ojos de depredador.
Este es el tipo de gente que no se inmuta ante los moratones y no hace preguntas cuando alguien se va cojeando y sangrando.
Caleb aparca junto a una pila de palés destrozados; el motor gruñe grave antes de apagarse. Salgo del coche y un escalofrío me recorre la espalda mientras la emoción se me instala en la garganta.