Engañada por Jack (Obsesiones estacionales nº 3) Capítulo 4
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Capítulo 4

El Embaucador

La pequeña Willow Ruby se retuerce en mis brazos, un cálido bulto envuelto en cachemira que cuesta más de lo que la mayoría de la gente gana en una semana. Sus ojos me observan, desenfocados y sin embargo llenos de confianza.

Le ajusto la cabeza en el hueco del codo, sosteniéndole el cuello con precisión. No pesa nada, apenas tres kilos de vida nueva.

—Mírate, se te da de maravilla —Carolina sonríe radiante desde el otro lado de la mesa, con el tenedor suspendido sobre los restos de su pollo—. No ha hecho ni un solo ruido desde que la cogiste.

Miro a mi cuñada, que no muestra ningún signo de haber tenido un parto prematuro.

—Sabe que no negocio con terroristas.

Nick bufa sobre su copa de vino.

—Ojalá fuera verdad.

Los diminutos dedos de la bebé se flexionan contra la manta, y me descubro estudiándole el rostro, que lleva rasgos de ambos padres.

Los ojos grandes y expresivos de Carolina, la barbilla testaruda de Nick.

Una nariz que no es de ninguno de los dos, un fantasma de la genética de nuestro padre que resurge. La ciencia es implacable en eso.

La sangre recuerda, incluso cuando preferiríamos que olvidara. Se filtra a través del tiempo y la piel, asomándose en rostros que no pertenecen a los muertos.

—Pero en serio —continúa Carolina, dejando el tenedor y cogiendo el vaso de agua—. Eres prácticamente un encantador de bebés, Jack. ¿Nunca has pensado en tener los tuyos?

La pregunta cae como un pequeño explosivo dirigido. No lo bastante potente para hacer daño real, pero sí para perturbar la compostura que mantengo en estas reuniones familiares. Los ojos de Nick buscan los míos, afilados con una advertencia, pero lo ignoro.

—No todo el mundo necesita reproducirse —digo con voz neutra—. Alguien tiene que ser el tío enrollado que le enseñe a hacer puentes a los coches y a falsificar documentos.

Carolina se ríe, y el sonido resuena brillante contra los paneles de madera oscura y las paredes verde lima del comedor. La vieja mansión Knight respira a nuestro alrededor, con sus paredes impregnadas de generaciones de poder familiar.

Desde que Nick y Carolina se mudaron a la mansión familiar, la han transformado. Ahora es más moderna que opulenta, pero sigue siendo inconfundiblemente Knight. La riqueza es nuestra cuna, el poder nuestra herencia.

—Bromeas, pero hablo en serio —insiste, inclinándose hacia delante con esa intensidad particular que tiene cuando ha decidido arreglar algo... o a alguien—. Serías un buen padre.

—¿Tú crees? —le sostengo la mirada mientras dejo que mi sonrisa se enfríe varios grados. Willow se remueve contra mi pecho, percibiendo la tensión en mis músculos—. ¿Basándote en qué pruebas, exactamente?

La seguridad de Carolina flaquea por un instante.

—Bueno, eres paciente. Eres protector...

Nick carraspea.

—Déjalo en paz, Gatita. No todo el mundo está hecho para eso.

Sus ojos buscan los míos al otro lado de la mesa, manteniendo una conversación silenciosa completa en una sola mirada.

—Vale, vale —Carolina levanta las manos en señal de rendición fingida—. Lo dejo estar.

—Te lo agradezco —digo, aunque ambos sabemos que no lo hará.

Desde la muerte de mi hermana, Carolina se ha propuesto incluirme todo lo posible. Cenas familiares semanales, ideas sobre cómo ocupar mi tiempo y, por supuesto, una necesidad implacable de darle sentido a mi vida.

Sé lo que está haciendo, igual que sé que tiene buenas intenciones. Carolina conoce la superstición de los Knight, y teme que vaya a planear mi propia salida de este mundo. Rendirme, como hizo Ruby.

Pero eso no va a pasar, joder, y con la suerte que tengo, volvería como un puto fantasma con todos los asuntos pendientes que tengo.

Nadie lo diría viéndolos, pero Carolina solo lleva nueve meses siendo una Knight. Nick compró el derecho a dejarla embarazada en diciembre, y lo que empezó como una transacción nunca debería haberse convertido en algo más.

Luego ambos se enamoraron y, no sé cómo, ella encajó. Me importa, como te importa alguien que se ha convertido en parte de tu familia, haya nacido en ella o no.

Willow emite un ruidito, algo entre un suspiro y un hipo. Sus párpados aletean, pesados de sueño, completamente ajena al mundo en el que ha nacido.

El peso del apellido Knight. Las responsabilidades. Los peligros.

—Le caes bien —observa Nick.

—Todavía no tiene criterio —replico, pero mi pulgar traza un arco suave sobre la mejilla de mi sobrina. Nacida a finales de agosto, casi un mes antes de tiempo, Willow Ruby Knight es jodidamente perfecta.

Cuando anunciaron que le habían puesto ese nombre en honor a dos tías que nunca conocerá, pero que la habrían malcriado sin medida, algo del hielo que rodea mi corazón se derritió.

Willow era la hermana pequeña de Carolina, que murió trágicamente cuando le disparó uno de los matones de mi padre. Y Ruby... bueno, es obvio que ella también se ha ido. Pero ninguna de las dos está olvidada.

Mientras Willow pervive en el proyecto benéfico de Carolina, la Fundación Willow, Ruby pervive en cada fibra de mi ser. Sé que Nick también echa de menos a nuestra hermana, pero a diferencia de mí, él no está obsesionado con la venganza ni vive consumido por el remordimiento.

Ha canalizado toda su energía en su mujer y su hija. Me alegro por mi hermano y lo odio al mismo tiempo. Ser yo es jodidamente complicado.

Nick se aparta de la mesa y se levanta, estirándose un poco.

—¿Un café en el estudio? Quiero enseñarte lo último del Santuario de las Sombras.

—Claro —digo mientras me acerco para devolverle a Willow a su madre—. Coge a tu engendro antes de que me babee la camisa.

Carolina coge a su hija con soltura.

—Qué encanto. Es todo un misterio que sigas soltero.

Me levanto y me ajusto los puños de la camisa.

—El mayor misterio de nuestro tiempo —respondo con voz inexpresiva.

Sigo a Nick hacia su estudio, pero me detengo en el umbral y echo un vistazo atrás, a la escena doméstica. Carolina tarareando suavemente a su hija, los restos de nuestra cena familiar esparcidos sobre porcelana fina.

Una imagen perfecta de la prosperidad de los Knight. Estabilidad. Legado. Todo construido sobre cimientos ensangrentados de los que ninguno de nosotros habla. Pero aún siento el eco de gritos que nadie reconoció jamás. Este legado no solo nos sostiene: nos enjaula.

De repente siento la piel demasiado tirante, como si interpretara un papel que ya no me queda. Hermano. Tío. El buen soldado. Cada rol es una máscara cuidadosamente construida, más pesada cada día. Pero no por mucho más tiempo. Pronto no necesitaré fingir que estoy bien.

Nick despliega los planos sobre su escritorio con cuidadosa precisión; sus dedos trazan el perímetro de Governors Island como si midiera el límite de una herida. Me pregunto qué tipo de infección desataremos cuando la abramos. Cuántas personas suplicarán más después de sangrar.

—La terminal del ferry aquí —dice, dando un golpecito en el borde norte— será nuestro punto de entrada principal. Ocho minutos de viaje desde Manhattan.

Asiento.

—Sí, lo sé. He estado en el lugar.

Gracias a la influencia de Nick como cabeza de la familia, consiguió que Governors Island cerrara desde agosto hasta mediados de noviembre.

Es donde la Fundación Willow está organizando el Santuario de las Sombras, una experiencia inmersiva de Halloween de un mes de duración.

Es teatral, grotesca y diseñada para perturbar a la gente.

El Santuario de las Sombras, o S.O.S. como irónicamente hemos empezado a llamarlo, abre con un evento de lanzamiento masivo el primero de octubre a las 00:01.

Carolina ha trabajado incansablemente con su equipo para lograr esto en solo nueve meses. La terminal del ferry funcionará las veinticuatro horas, y los doscientos visitantes diarios con entrada pueden acceder en cualquier momento del día.

La única condición es que, una vez que un invitado se marche, no podrá volver.

Nick arrastra el dedo a lo largo de una línea punteada.

—Una vez que bajen del ferry, los invitados pasarán por este pasadizo. Estará iluminado con antorchas y calabazas talladas. Vamos a desorientarlos por completo.

—Para que se sientan aislados —observo, y algo cálido y ávido se remueve bajo mis costillas.

Nick continúa describiendo el plano.

—Tenemos al personal enmascarado: no se permite hablar, toda la comunicación es a través de gestos o audio pregrabado. Las viejas estructuras militares son perfectas para las zonas embrujadas.

El pulso se me acelera ante la mención del personal enmascarado. Cada detalle del Santuario alimenta algo más oscuro en mí, algo paciente y hambriento que lleva esperando desde el funeral de Ruby.

—¿Está listo el Escenario de la Masacre? —doy un golpecito en una estructura circular cerca del centro de la isla para que sepa que me refiero a esta en concreto.

—Sí —confirma, entornando ligeramente los ojos—. Todo está preparado para La Boda Negra.

Mis dedos se quedan inmóviles sobre el papel; el calor se extiende por mi palma ante esas tres palabras. La Boda Negra. El nombre por sí solo me eriza la piel.

—Yo también estoy listo.

Llevo listo desde el momento en que cerraron el ataúd de Ruby. No quiero una boda: quiero un puto ajuste de cuentas.

Nick me mira mientras se endereza y suelta un suspiro pesado.

—¿Estás seguro de esto, Jack? —su tono es cansado, y juraría que detecto una nota de tristeza—. No es demasiado tarde para... dejarlo correr —arruga la nariz al decir esto último.

—No puedo dejarlo correr, joder —gruño, cerrando las manos en puños—. ¿Qué es lo que no entiendes? A diferencia de ti, no tengo una puta esposa ni una hija perfecta detrás de las que esconderme. Solo estoy yo...

—Nos tienes a nosotros —intenta apaciguarme—. Somos tu familia. No me hagas perder a mi hermano además de a mi hermana.

—Eso no es justo —lo acuso, señalándolo con el dedo—. Además, ya me perdiste una vez —aunque mi corazón solo se detuviera un par de miserables minutos, cuenta igual.

Algo se coló dentro cuando volvió a latir. No sé qué es, solo que no perdona. Y no se irá hasta que consiga mi venganza. Quizá entonces pueda dormir toda la puta noche sin despertarme empapado en sudor, sin que los ojos sin vida de mi hermana me persigan.

Golpea el escritorio con el puño, haciendo crujir la madera, y toda la mierda de encima traquetea.

—¡Jack!

—Nick —le devuelvo en el mismo tono, sin estar dispuesto a dejarlo correr solo porque a él le resulte más cómodo—. Necesito hacer esto. Puedes apoyarme o apartarte de mi puto camino. De cualquier forma, va a pasar.

Se le tensa la mandíbula; un músculo le palpita bajo la piel.

—¿Estás seguro de esto? —pregunta de nuevo—. Necesito oírtelo decir ahora. Mientras estás sobrio, para variar.

Las palabras salen cargadas de intención, preñadas de todo lo que sabe pero no dirá en voz alta. Es su advertencia final, su último intento de alejarme del precipicio.

Lo estudio —mi hermano, el heredero, el elegido— y no siento más que un cariño distante, como el recuerdo de una fotografía de alguien que conocí hace tiempo. Lo que nos unía de niños se ha adelgazado hasta convertirse en un hilo frágil, apenas visible en la penumbra creciente.

—Sí —digo, y la palabra cae entre nosotros como una piedra arrojada al agua quieta. Definitiva. Inamovible. Una declaración de intenciones—. Sabes que no puedo resistirme a una buena apuesta.

Nick me sostiene la mirada un momento más y luego asiente una vez, seco, resignado. Ha tomado su decisión, igual que yo he tomado la mía. Somos Knight, al fin y al cabo. La sangre llama a la sangre. El silencio protege el silencio. Y hay votos que trascienden la lealtad familiar.

Miro hacia la ventana, hacia mi reflejo, que se vuelve más nítido a medida que la noche reclama el cristal. Cuanto más oscurece, más claro me vuelvo. Como si nunca hubiera estado hecho para la luz del día.

No como el hermano de Nick o el tío de Willow, sino como aquello en lo que la muerte de mi hermana me ha convertido. El arquitecto de la retribución, el guardián de las cuentas, la mano que equilibra las balanzas inclinadas por la sangre y la traición.

El móvil me vibra en el bolsillo y lo saco para leer el mensaje de Ned.

Ned: Acabo de oírla hacer planes con ese novio suyo. ¿Quieres que los pare?

Yo: No. Solo déjame la llave de tu apartamento bajo el felpudo.

No hace falta perseguirla. Ya ha subido al escenario; yo solo estoy entre bastidores, esperando mi entrada.

Antes de que pueda responder, me despido de mi hermano y de mi cuñada. Ya en el coche, acelero hacia el Bronx, listo para esperar su regreso en el apartamento de Ned. Bueno, técnicamente, en el mío.

Soy yo quien paga el alquiler, él solo vive allí para mantener las apariencias. Y Eve no sabe que su vecino trabaja para mí.