Capítulo 2
La Novia
Septiembre
El bajo vibra bajo las plantas de mis pies, sube por mis piernas como una corriente eléctrica mientras giro y muevo las caderas al ritmo de la música.
Es casi medianoche de un jueves, y en vez de estar en la cama como una buena chica, estoy en una discoteca con Shelby. En vez de llevar algo recatado y discreto, llevo un vestido que revela más de lo que oculta.
Una cosa puedo decir con certeza: no echo de menos mi antigua vida. Ni un poco.
No elegí dejar mi consulta, el negocio que nunca escogí. Pero no tuve otra opción cuando mi antiguo casero rescindió de forma inesperada el contrato de alquiler la primera semana de marzo.
El cabrón no me avisó con antelación y ni siquiera lo hizo en persona. Solo recibí una notificación fría de un párrafo que alegaba reestructuración del edificio.
Después de una semana tratando de contactarlo por teléfono, correo electrónico e incluso una visita infructuosa a su oficina, me rendí. Al parecer, eso valían dos años sin causar problemas y pagando siempre el alquiler a tiempo.
Solía creer que la estructura daba seguridad. Que si te mantenías dentro de los límites el tiempo suficiente, el caos te pasaría de largo. Pero el caos no llama a la puerta. Se cuela por debajo como el humo. Envenena el aire que te has convencido de que está limpio.
Pero incluso ahora, más de seis meses después, no sé por qué me desahuciaron. Solo sé que de repente tuve que hacer las maletas, cancelar sesiones y decirle a mi recepcionista que lo resolveríamos.
Tardé más de un mes en darme cuenta de la oportunidad que me habían dado, de que no tenía que volver a una vida que no quería. Gracias al empuje constante de Shelby, finalmente le di la espalda a la profesión que nunca elegí.
El brillante, despiadado y dominante Charles Mortis, alias Papá, me obligó a llevar la vida que ahora he abandonado. Una vida de la que por fin soy libre.
La libertad sabe al dulzor amargo de mi tercer cóctel y a saber que nadie aquí conoce a la Dra. Eve Mortis, la psiquiatra comedida especializada en delincuentes violentos.
Solo ven a una mujer al borde de algo peligroso, y me encanta mi nueva libertad.
—¡Joder, Eve! —grita Shelby por encima de la música machacona, con los ojos azules brillantes de picardía—. Ese tipo de la barra no te ha quitado los ojos de encima en veinte minutos.
Miro por encima del hombro y capto la mirada de un hombre de pelo oscuro con un traje caro. No aparta la vista cuando nuestros ojos se encuentran, así que le dedico un leve gesto con los labios, ni invitación ni rechazo, antes de volverme hacia Shelby.
—Que mire —me río, complacida por la atención.
Es una sensación novedosa, que me deseen solo por mi aspecto.
Es superficial, pero después de vivir toda una vida en la que mi cerebro era lo único que importaba, es agradable que me desee alguien a quien quizá no le importen en absoluto mis pensamientos. Alguien que parece capaz de destrozarme solo porque le apetece.
Shelby se ríe a carcajadas, me agarra de la mano y me arrastra hacia el centro de la pista.
—Pues baila conmigo —exige, y dejo que me guíe.
Nos movemos juntas, con los cuerpos cerca. Shelby echa la cabeza hacia atrás y el pelo castaño claro le atrapa las luces estroboscópicas mientras se mueve con abandono. Sigo su ejemplo y algo se afloja en mi pecho: una tensión que he llevado durante tanto tiempo que había olvidado que estaba ahí.
Cuando termina la canción, Shelby y yo nos retiramos a nuestra mesa en la zona VIP. Dos cócteles frescos nos esperan: el suyo azul eléctrico, el mío de un naranja intenso que combina con la mitad inferior de mi pelo recién teñido.
—Por la libertad —anuncia Shelby, y choca su copa contra la mía.
—Por elegir nuestras propias cadenas —replico, y ambas bebemos.
Shelby deja la copa y me estudia con la mirada penetrante que la convierte en una abogada tan formidable.
—¿Lo echas de menos? ¿Ser psiquiatra?
Trazo el borde de la copa con la yema del dedo mientras lo considero.
—No —digo finalmente, y me sorprende lo verdad que es—. No echo de menos el peso de la oscuridad ajena.
Asiente.
—Lo entiendo perfectamente.
Y sé que es verdad.
Shelby se pasa los días defendiendo a personas que sin duda son culpables, consiguiendo que las suelten por tecnicismos y negociando acuerdos. Como yo, tiene que hacer la vista gorda ante los crímenes de sus clientes.
—Aunque te echo de menos en esos seminarios de mujeres alfa —dice—. Además, seamos sinceras. Eras una terapeuta jodidamente buena.
Doy otro sorbo a la bebida y sonrío con suficiencia.
—Ya es tarde para halagarme, Shel. Estoy jubilada a la avanzada edad de veintiocho años.
Se ríe a carcajadas.
Doy otro sorbo; el alcohol quema agradablemente y me suelta la lengua.
—Mira, se me daba bien escuchar a monstruos y asentir en el momento justo. Se me daba bien fingir que su depravación era solo otro rompecabezas clínico que resolver.
Mi voz se vuelve amarga sin mi permiso.
—Lo que no se me daba bien era detenerlos.
Aunque han pasado siete meses desde que Jack vino a verme a la consulta, todavía escucho sus palabras. Las acusaciones. Y por mucho que lo intente, no puedo dejar de preguntarme si tenía razón.
¿Debería haber detenido a Valentine? ¿Podría haberlo hecho? No, no creo que pudiera. Era el Cazador de NYC, y Ruby era tanto su presa como... bueno, la amaba. Sé que sí. Pero por fácil que sea culpar a Valentine de cómo salieron las cosas, ella no era del todo inocente.
Desempeñó su papel y aceptó el resultado. Entiendo por qué Jack está —o estaba— amargado. Pero no se puede reescribir la historia.
Shelby alarga el brazo por encima de la mesa y me aprieta la mano.
—No puedes salvar a todo el mundo.
Resoplo.
—Obviamente...
Quiero decir más, pero me interrumpo cuando el móvil vibra en el bolso.
—Mierda —murmuro mientras lo saco.
La pantalla parpadea con el nombre de Caleb y me muestra tres mensajes apilados. El último tiene menos de veinte segundos.
Caleb: No sabía que tenías planes con Shelby esta noche.
Caleb: Deja de permitir que desconocidos te manoseen.
Caleb: No dijiste que te ibas a emborrachar, Eve. Ahora tengo que encargarme de esto yo solo *guiño*
Antes de que termine de leer, una foto de su polla aparece en la conversación.
No tenemos una relación lo bastante seria como para que esté bien que me controle tanto. No es que sus mensajes sean amenazantes, son más bien pequeños recordatorios. Su manera de hacerme saber que sabe dónde estoy y qué hago.
Y no puedo evitar preguntarme cómo demonios siempre parece saber, con total precisión, dónde estoy y qué hago en cada momento.
La parte de mí que odia que me controlen se rebela, pero la parte que solo he podido mostrar realmente con él se estremece de emoción ante la atención. Suspiro y lo dejo en visto, negándome a dejar que me arruine la noche.
Shelby capta mi expresión.
—¿El novio controlando? —bromea con un tono cortante—. En serio, Eve, deberías estar contenta. La mayoría de las mujeres matarían por tener a un tipo como Caleb pendiente de ellas. Es guapo, peligroso y está obsesionado contigo.
—No es mi novio —resoplo, y me centro en la primera parte de su diatriba mientras bloqueo la pantalla. Mi pulgar se queda sobre ella más de lo necesario—. Pero sí, me está vigilando.
Sonríe con suficiencia, los ojos brillantes.
—No lo eches a perder, Eve. Los tipos como Caleb no aparecen dos veces. Es justo el tipo de temerario que te va. Deberías dejarte llevar.
Sus palabras me sientan mal, demasiado insistentes. Entrecierro los ojos, pero cuando Shel ni siquiera parpadea, lo dejo pasar. Probablemente la estoy malinterpretando, y culpo al alcohol de ponerme tan susceptible.
—Sí, señora —murmuro, intentando sonar desenfadada, aunque noto el filo en mi propia voz.
Se inclina hacia mí y baja la voz.
—No me digas que no te gusta. ¿Un hombre tan pendiente de ti? Conozco tus gustos, Eve. Te encanta el tipo de atención que roza lo enfermizo.
No se equivoca, y eso es lo que me molesta. En mi cabeza, esto es exactamente lo que quiero. La realidad es otra historia, una en la que Caleb resulta excesivo.
—Te juro que tiene una polla mágica —me río, aunque lo que no digo es que es más que eso: cómo toma sin pedir, cómo folla como si yo estuviera ahí para que me use. No debería gustarme, pero me gusta.
—¿Tan bueno? —Arquea las cejas con picardía.
—No tienes ni idea —digo con voz sensual, y me abanico de forma exagerada—. Ese hombre sabe muy bien lo que hace.
—Joder —suelta entre risas.
—Digamos que tipos como Caleb son los que hacen difícil defender por qué no deberíamos poder acostarnos con nuestros clientes —sonrío con suficiencia—. Tiene la dosis justa de arrogancia y temeridad. Es exactamente el tipo de error al que no puedo resistirme.
—Qué suerte tienes, zorra —gime Shelby mientras apura su cóctel—. Necesito echar un polvo. Llevo siete meses, Eve. Siete. Meses.
—Pobrecita —bromeo—. ¿Eso significa que ya has superado a tu ex?
Resopla.
—Nunca lo superaré. Pero supongo que estoy lista para pasar a un poco de sexo sin compromiso.
—Y yo que pensaba que tu plan era reservarte para el Santuario de las Sombras. Ya sabes, para tu futuro marido demonio o lo que sea.
Se le iluminan los ojos al oír hablar del próximo evento de Halloween.
—Hablando de eso, me han confirmado que tendremos nuestras entradas VIP.
El bufete en el que trabaja se ha encargado de algunas de las complejas cláusulas de exención de responsabilidad, acuerdos de confidencialidad y contratos para los organizadores. Aunque no sabe mucho, o no puede compartir lo que sabe, consiguió acceso VIP para nosotras.
—¡Sí! —exclamo, meneando los hombros—. Estoy deseando que llegue.
—Dios, espero que me elijan como Novia —dice Shelby, bajando la voz hasta un susurro de complicidad—. ¿Sabías que las Novias tienen una experiencia privada? Algo exclusivo, solo para ellas.
—Solo a ti se te ocurre emocionarte por ser sacrificada a demonios ficticios —me río, pero siento un escalofrío de emoción recorriéndome las venas.
Todo el mundo en Nueva York ha oído hablar del Santuario de las Sombras, el famoso evento de Halloween en Governors Island. Pero nadie parece saber exactamente qué es: un carnaval, un teatro o algo completamente distinto.
Los que lo saben no sueltan prenda, incluida mi mejor amiga. Sé que sabe más de lo que aparenta. Pero como conozco de sobra lo complicada que puede ser la confidencialidad cliente-paciente, no la presiono.
—Da igual —suspira—. Si supieras... bueno, olvídalo.
Pongo los ojos en blanco.
—Vale, basta de dramatismo, Shel. —Cuando hace un puchero, me río y le hago señas al camarero para que nos traiga más bebidas—. Venga, suéltalo. ¿Qué te mueres por contarme aunque no puedas?
—Bueno —canturrea, moviendo las cejas—. No soy de las que hablan...
—Ya —resoplo.
—Pero por lo que sé, va a ser inolvidable. O sea, algo realmente épico. —Ladea la cabeza y su expresión se vuelve seria de repente—. Quizá no deberías ir, Eve. Los Knight no son precisamente tus amigos. No son amigos de nadie.
Le quito importancia con un gesto.
—Solo hay un Knight que me odia. —Al menos que yo sepa.
—Claro, claro —dice rápidamente—. Olvida que he dicho nada.
Dos horas y varias copas después, salimos del club tambaleándonos, con mi brazo enlazado al de Shelby para mantener el equilibrio. El aire fresco de septiembre me golpea la piel acalorada e inspiro hondo, intentando despejar la bruma etílica de mi cabeza.
—¿Compartimos el viaje? —pregunta mientras forcejea con su teléfono.
Asiento, pero al girarme para mirar calle abajo, algo me llama la atención. Una figura se recorta en las sombras entre los edificios: alta, corpulenta y completamente inmóvil.
Lleva lo que parece una máscara antigás, y aun desde esta distancia, siento su mirada clavada en mí.
Parpadeo y desaparece.
—¿Eve? ¿Estás bien? —La voz de Shelby me devuelve al presente.
—Sí —digo mientras niego con la cabeza—. Me pareció ver algo raro.
Un coche se detiene junto a nosotras y Shelby anuncia que es el nuestro. Al deslizarme en el asiento trasero, echo un último vistazo al lugar donde estaba la figura. Ahora solo hay sombras vacías.
Al cerrar la puerta, me convenzo de que solo fue el alcohol gastándome una broma. Al fin y al cabo, esto es el Bronx, no Manhattan. Un tipo paseándose con una máscara antigás llamaría la atención de más gente, no solo la mía.
Como vivo más cerca, me bajo primero y, tras abrazar a Shel para despedirme, entro tambaleándome en mi edificio.
Casi me quedo dormida en el ascensor de camino a mi piso, y al salir, libro una batalla con mis llaves, que parecen empeñadas en ganar un premio por evitar la cerradura el mayor tiempo posible.
—Vas. A. Entrar. Ahí —siseo. El tintineo de las llaves suena como una risa burlona.
El pasillo se inclina ligeramente y apoyo una mano en el marco de la puerta para estabilizarme, soltando una risa queda. Esto es la libertad, pienso mientras por fin consigo abrir la puerta: desordenada, imperfecta y deliciosamente descontrolada.
Mi apartamento está a oscuras salvo por la única lámpara que dejé encendida, que proyecta largas sombras sobre los muebles. Me quito los tacones con un gemido de satisfacción y los dejo caer donde caigan, en lugar de colocarlos en el armario como habría hecho la vieja Eve.
Camino descalza hasta la cocina, me sirvo un vaso de agua y lo bebo a tragos ávidos. El líquido frío me despeja la cabeza, aunque la habitación aún oscila agradablemente en los márgenes de mi visión.
Un golpe seco interrumpe mis pensamientos.