Capítulo 63
Cuando instalé a Paola y a nuestro hijo en el hotel, ya había pasado el horario comercial y no encontraría el banco abierto, pero compré un móvil de prepago y llamé a uno de los falsificadores que conocía.
Quedamos para que le entregara la foto de los dos y le pedí que se diera prisa en conseguir los documentos. Quería salir del continente lo antes posible, pues estaba seguro de que los Velásquez vendrían a por mí.
Puede que no le hicieran daño a mi hermana y, quién sabe, que perdonaran la vida a mi hijo, pero me arrancarían la cabeza en cuanto tuvieran ocasión. Había conseguido escapar de ellos impulsado por la adrenalina; sin embargo, confiar en la suerte por segunda vez era un error.
Estaba sentado en una mesa de hierro fuera de una cafetería, sorbiendo un espresso, cuando un hombre se acercó y se sentó frente a mí. Nos miramos y yo le fijé la vista en sus ojos verdes por debajo de la visera del sombrero.
—Pensaba que estabas muerto, Hernandes.
—Quizá sea como un gato.
—Hasta los gatos mueren.
—Pero es mucho más difícil. —Se encogió de hombros—. Espero que no hayas venido hasta aquí para discutir los detalles de mi partida de este mundo.
—No. —Sacudió la cabeza, mirando a su alrededor como si quisiera asegurarse de que nadie nos observaba—. ¿Tienes algún encargo para mí?
Le pasé un pequeño pendrive donde había guardado las fotos que había tomado.
—Necesito pasaportes nuevos. Uno para un bebé, uno para una mujer y el mío.
—¿Qué nombres?
—Están en un archivo de texto.
—De acuerdo. —Tiró de la memoria USB hacia sí y se la guardó en el bolsillo delantero de los vaqueros. —Son cien mil dólares cada uno, pago por adelantado.
Le entregué un sobre marrón.
—Ahí hay setenta y cinco mil. Los otros doscientos veinticinco te los daré cuando tenga mis documentos.
—Yo no trabajo así —murmuró.
—Entonces buscaré a otra persona. —Le quité el dinero de los dedos.
—¡Tranquilo! —Recuperó el dinero—. Como nos conocemos de hace tiempo, puedo negociar así contigo.
—¡Genial! —Me recosté mejor en el asiento—. ¿Para cuándo estarán listos?
—Necesito una semana.
—Tienes tres días.
—Mira...
—Sé que puedes hacerlo. —Ni siquiera le dejé terminar la frase. —Apuesto a que tú necesitas el resto del dinero y yo los documentos.
—Tendré que trabajar hasta tarde en esto —murmuró.
—¿Qué son unas cuantas noches sin dormir? Estoy seguro de que ya has perdido el sueño por mucho menos. —Me levanté sin dejar de mirarlo—. Nos vemos aquí a la misma hora dentro de tres días y tendré el resto del dinero.
—Siempre es un placer hacer negocios contigo.
—Igualmente.
Me despedí del tipo y caminé de vuelta al lugar donde había dejado el coche aparcado.
Si quería pagar por esos documentos, tenía que conseguir acceso al banco y esa sería mi prioridad al día siguiente.