Capítulo 58
Mientras Ramón aceleraba por la autopista, alejándose lo más rápido posible del hospital, sentía un dolor molesto porque mi bebé me succionaba el pecho, pero lo ignoraba, perdida en mis pensamientos.
Me preguntaba si había tomado la decisión correcta y, a cada instante, estaba más segura de que no. Conocía a mi familia mucho mejor que a Ramón; ellos nunca me habían mentido ni engañado.
Puede que a Sandro y Miguel no les gustara el padre de mi hijo, que me odiaran por lo que había hecho, que me repudiaran, pero no creía que fueran capaces de matar a un bebé.
No era más que una criaturita indefensa y demasiado pequeña para hacerle daño a nadie.
—Creo que es mejor que volvamos —le dije.
—¿Volver? —repitió incrédulo.
—Sí.
—¿Te has vuelto loca?
—Mi familia no me va a hacer daño.
—Ya no se trata solo de ti.
—Ni al bebé.
—No estás segura.
—Mis hermanos no son tan salvajes.
—Puedes estar segura de que han hecho muchas cosas que tú no sabes.
—Tú también.
—Es cierto, las he hecho, pero voy a proteger a mi hijo.
—¿Hasta cuándo?
Ramón volvió la cabeza hacia mí y me miró fijamente.
—Mientras yo viva.
Tragué saliva y me quedé en silencio.
—Pero para eso necesitas ayudarme —dijo al darse cuenta de que no iba a decir nada más.
—¿Adónde vamos?
—A Estados Unidos.
—No tengo dinero ni pasaporte, no voy a poder entrar allí.
—Conozco formas poco convencionales de cruzar la frontera.
Temblé ante las posibilidades que se me pasaron por la cabeza y ninguna de ellas me pareció una buena opción.
—Ramón, nuestro bebé es un recién nacido.
—Él estará bien y nosotros también.
—¿Cómo puedes estar tan seguro?
—Solo tienes que confiar en mí.
Pero yo no confiaba...