Engañada por el Mafioso (Cártel Velázquez 2) Capítulo 4
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Capítulo 4

Oí cómo se abría la puerta de mi habitación y tiré la caja del móvil y el aparato debajo de la cama lo más rápido que pude.

—¿Qué estás haciendo? —Alma entró en la habitación y se tumbó a mi lado en la cama, esparciendo su cabello castaño sobre la colcha.

—Descansando.

—¿Estás cansada?

Me giré hacia ella y fruncí el ceño.

—Me has hecho recorrer todo el centro comercial. Me duelen muchísimo los pies —resoplé.

—Como si a ti no te gustara ir de compras.

Me di la vuelta en la cama y me quedé mirando la pared.

—A ti te gusta, ¿verdad? —Alma me puso la mano en el hombro.

—Sí...

—¿Paola? —Tiró de mí para que me girara hacia ella.

—Compramos un montón de cosas que nunca vamos a usar.

—Yo siempre las uso.

—Habla por ti. —Puse los ojos en blanco, mirando al techo blanco de la habitación. —Ni siquiera me sienta tan bien la ropa como a ti, eso cuando encuentro mi talla.

—¡Ah, no exageres!

—Estoy diciendo la verdad.

—¡Vale! La próxima vez buscaremos ropa que te quede perfecta. Estoy segura de que encontraremos cosas preciosas. Podemos ir a otro centro comercial. ¿Nos dejaría Miguel ir a Estados Unidos? Siempre está diciendo que no podemos establecer una rutina para no volvernos predecibles.

Por culpa de nuestros enemigos, susurró mi conciencia, oprimiendo mi pecho y secándome la garganta. Mi hermano se volvería loco si supiera que estaba hablando con el mayor de ellos.

—A lo mejor nos deja...

—¿Qué es eso?

—¿Qué? —Me giré de inmediato ante su pregunta.

—Una calavera de azúcar.

¡Maldición!

Había quitado todo de la cama, pero el dulce se me había quedado atrás.

—Lo compré yo —dije, lo primero que se me pasó por la cabeza.

—¿Dónde? —Mi hermana frunció el ceño.

—En el centro comercial.

—¿Cuándo?

—Hoy. —Me encogí de hombros como si fuera obvio, pero en el fondo mi corazón latía muy rápido y tenía un miedo terrible de que mi hermana descubriera la verdad.

—No lo vi.

—Estabas muy ocupada eligiendo ropa. —Fruncí los labios, casi cruzando los dedos para que se creyera esa excusa.

—Lo siento... —retrocedió.

Contuve el suspiro de alivio, para que no me delatara.

—No pasa nada.

—Te prometo que la próxima vez te prestaré más atención.

—Tranquila.

Más vale que ni siquiera te fijes.

Si mi hermana no estuviera tan absorta en sí misma, sería mucho más difícil convencerla de mi historia.

—¿Me das un trozo?

Arqueé las cejas al mirarla y Alma se encogió.

—Ni siquiera recuerdo la última vez que comí una de esas calaveras.

—Te acordarías si no evitaras las celebraciones del Día de Muertos.

—¡Me da miedo! No entiendo cómo te pueden gustar tanto.

—Está bueno. —Me reí.

—Da miedo. —Alma abrió el envoltorio de la calavera de azúcar y le dio un mordisco generoso.

Me comí el resto; si no, se lo habría comido todo ella sola y yo me habría quedado sin nada.

Por un instante se me pasó por la cabeza que podría haber algo malo en el dulce, como que estuviera envenenado, pero enseguida recordé que Ramón había dicho que no me haría nada.

Sin embargo, eso no era suficiente para tranquilizarme, ya que las amenazas contra el resto de mi familia eran muy claras.

Mi padre había matado a su familia y Ramón vendría a por la mía.

—Esto es mejor de lo que recordaba —suspiró Alma—. ¿Hay más?

Negué con la cabeza.

—Qué pena.

—La próxima vez compramos más.

—¡Eso es!

El único problema era que no tenía ni idea de dónde comprar calaveras de azúcar en el centro comercial, sobre todo fuera de esas fechas.

—Chicas... —Oí a nuestra madre llamar a la puerta—. Venid a cenar.

—Ya vamos. —Alma saltó de la cama y yo la seguí, para no levantar sospechas, pero cerré la puerta de mi habitación detrás de mí.

Tendría que encontrar un buen escondite para ese móvil si no quería meterme en líos. Mis hermanos me matarían si supieran que había intercambiado una sola palabra con Ramón.