Capítulo 18 #2
Incluida yo misma.
—¿Qué está pasando? —pregunta, en el mismo tono que usa cada vez que quiere hablar conmigo en público pero no para insultarme: voz baja, apenas mueve los labios, finge estar distraído con algo que no soy yo.
Levanto la vista un momento para calibrar su tono. Sus ojos recorren la sala, así que es fácil notar que ya ha percibido algo raro en el ambiente.
Y como es el maldito padrino que debería estar ayudándome a evitar un desastre, no dudo en decirle:
—Mila ha decidido que Robbie le está poniendo los cuernos, así que ahora nos obliga a todos a investigarlo como si estuviéramos en un episodio de CSI.
Alterna la mirada entre el comedor y la botella de Merlot que acaba de dejar en la encimera, pero nunca hacia mí. Cuando quiere insultarme, se asegura de que todos sepan a quién se dirige.
Pero creo que los dos preferiríamos morir antes que dejar que alguien aquí nos vea juntos… manteniendo una conversación.
—Robbie no haría eso.
—Sé que no lo haría. Pero lo que sea que estéis ocultando la está haciendo pensar que sí.
Coge el sacacorchos, rompe el precinto de plástico con la punta metálica, despega la etiqueta de la botella mientras dice:
—No sé de qué me hablas.
Como soy idiota sin remedio, se lo recuerdo.
—Contestar llamadas de números desconocidos, desaparecer sin dar explicaciones… Es obvio que está ocultando algo. Y es obvio que tú estás metido en esto porque ella dijo que os vio a los dos cuchicheando bajo las escaleras.
—¿Yo? ¿Involucrado en algún plan secreto de mentiras?
—Todo tu trabajo es una trama de mentiras, Jasper.
—Nunca miento en mi trabajo, Jules. Solo distorsiono la verdad. Es diferente —lo miro con la cara más escéptica que puedo poner, esperando que recuerde cada mentira que me ha dicho. Jasper se encoge de hombros—. Te miento a ti porque estás muy guapa cuando te enfadas.
El problema con este idiota es que necesita tener el control de todo. Nada lo desestabiliza. Nada lo descoloca ni siquiera lo confunde un poco. Ninguna amenaza ni truco consigue que tropiece con sus propias palabras.
Y es una pesadilla porque ¡soy periodista, joder! Mi trabajo consiste precisamente en conseguir información que la gente no tiene intención de dar.
Pero, oye, lo primero que aprendí haciendo entrevistas es que todo el mundo tiene una debilidad.
Y en cuanto la encuentras, atacas.
Estás muy guapa cuando te enfadas.
Y es precisamente por eso que se me ocurre una idea.
Sus palabras resuenan en mi cabeza mientras recuerdo su expresión en el baño esta tarde. Fue lo más cerca que he estado de hacerle perder el control.
Si lo logré una vez, estoy bastante segura de que puedo volver a hacerlo.
Me enderezo, giro medio cuerpo hacia él con la suficiente audacia como para que me dé igual si alguien lo ve, y digo, cambiando mi impaciencia por una sonrisa deliberadamente perversa:
—Para que lo sepas, tengo buenos métodos para sacarle la verdad a alguien. Y no me da miedo jugar sucio.
Mentira. ¡Me aterra jugar sucio! Por eso entrevisto a deportistas para una web deportiva del montón y no a... bueno, políticos o lo que sea.
Jasper me dedica una sonrisa torcida, completamente imperturbable.
—¿Estás intentando seducirme o amenazarme, Julie?
—¿A ti qué más te da? —pregunto, igual de firme.
Se encoge de hombros, obligado a admitir:
—No, me gustan las dos opciones.
Y ahora que ha clavado el sacacorchos en la botella, decide concentrarse en la tarea y parece olvidarse de que estábamos hablando.
—Al menos deberías recordar que eres el padrino y tu trabajo principal es evitar que se líe nada antes de la boda. A este ritmo, ya se está liando.
—Mi trabajo principal, Julia, es que el novio esté contento y hacer lo que me diga sin cuestionarlo.
—¿Entonces te ha dicho que hagas algo?
—Aunque así fuera, el secreto profesional me impide hablar de ello.
—¡No es tu cliente, imbécil! ¡Es tu mejor amigo! Y está a punto de arruinar una boda que todavía no se ha celebrado por su propia estupidez. ¡Está intentando robarle el móvil!
Jasper suspira.
—¿Sabe la contraseña?
—No. Pero Elise ya ha sugerido echarle algo en la bebida para intentar averiguarla.
—Madre mía.
—¿De verdad vas a permitir que esto ocurra, Jasper ? —pronuncio su nombre como me gusta hacerlo. Como si fuera una enfermedad contagiosa.
—¿Esto qué, exactamente? —pregunta, girando el sacacorchos con una calma exasperante.
—Que la novia intente drogar al novio. Espiarle el móvil. Convencerse de que la está engañando —enumero.
—No la está engañando —dice finalmente, echando un vistazo alrededor de la habitación otra vez.
Me acerco un paso.
—Entonces dime qué es.
—Sabes que no puedo.
—¿No puedes o no quieres?
Coge otra copa del armario. Haciéndose el ocupado. Sin mirarme. Fingiendo que no estamos hablando.
—¿A ti qué más te da, Jules?
—¡No me llames Jules mientras me mientes, imbécil! —le espeto.
Demasiado alto.
Demasiada atención.
Solo entonces me mira. Con el único propósito de advertirme que me calle.
Coloca dos copas una al lado de la otra y empieza a llenarlas lentamente. Tan lentamente que no parece humanamente posible.
Solo está ganando tiempo.
—Quedamos luego y lo solucionamos.
—No pienso ir a tu habitación si sigues mintiéndome.
—Deja de decir que te estoy mintiendo.
—¿Acaso no lo estás?
—Solo omito información.
Resoplo, sin saber si todavía vale la pena discutir o si debería rendirme del todo. Desliza la segunda copa por la encimera hacia mí.
Me quedo mirándola, perdida en mis pensamientos, sin apenas darme cuenta de que se aleja de la encimera con su copa y pasa por detrás de mí, lentamente.
Tan despacio que se me eriza el vello de la nuca cuando dice:
—Piénsalo así... —me roza el pelo con los labios tan sutilmente que no estoy segura de que haya pasado—... en mi habitación puedes usar otras tácticas para sacarme lo que quieras, Julie.
—Lo único que quiero arrancarte es la cabeza, Assman —digo, pero ya se está alejando.
No es que importe. Tampoco es que estuviera diciendo la verdad.
Quiero sacarle respuestas, claro.
También quiero quitarle la ropa, obviamente.
Lo sabes, todo el mundo lo sabe.
Soy débil.
Soy una pervertida de remate. Y muy, muy débil.