Capítulo 4 #2
—Estoy calmando al novio —dice encogiéndose de hombros. Luego señala hacia el porche, bañado de sol—. Está ahí fuera fumando un puro cubano en una tumbona con vistas al mar. Más tranquilo, imposible.
Miro hacia Robbie en la tumbona: gafas de sol, camisa desabrochada, puro enorme en la boca, una copa de champán (bueno, champán no, líquido amarillo) en la mano. Inmediatamente pienso en la naranja que Mila aplastó en la cocina.
¿Mimosas? ¿Robbie y Jasper están bebiendo mimosas?
Bueno, puede que sí esté calmando al novio. Lo de los puros aparte. Estoy segura de que Robbie solo fuma para fastidiar a Mila.
Paso directamente al modo hacerme-la-tonta y pongo los ojos en blanco.
No es mi problema.
Que Robbie fume puros no es mi problema.
Que Robbie y Jasper beban mimosas, aunque sea tremendamente injusto, no es mi problema.
Bajo la vista a mis tarjetitas y pregunto:
—¿Cómo se llama?
Frunce el ceño como si ni siquiera entendiera la pregunta. Y responde sin el menor reparo:
—La morena de las tetas grandes.
Por supuesto que sé a qué amiga de yoga se refiere. No pregunto porque no lo sepa.
Lo que me fastidia es: ¿cómo narices no sabe su nombre? La hemos visto un millón de veces. Es dama de honor. Jasper debería saber algo más de ella aparte de que es morena y tiene mucho pecho.
Como siempre, no sé si lo dice solo para picarme o si de verdad no lo sabe. Pero no pienso ceder tan fácilmente.
Así que me limito a decir:
—Si me das un nombre, la pongo donde quieras.
—Donde yo la quiero requiere primero su consentimiento, Julia.
Soy un caballero —responde Jasper. Tan serio y educado que por un momento ni siquiera capto lo que está insinuando.
Y como estoy demasiado atónita para reaccionar, deja asomar esa sonrisita engreída para asegurarse de que pillo la indirecta—. Sabes por dónde voy, ¿verdad?
Sé perfectamente por dónde va.
Pero me niego a imaginar a Suzi, o a cualquier otra, ya puestos, lidiando con la decepción que debe de ser tirarse a un payaso desalmado como Jasper.
Así que mascullo, sin pizca de paciencia:
—Quítate de mi vista, Assman.
Obviamente, le da igual y se va tan tranquilo hacia la cocina con su copa de champán y su perfecto cuerpo medio desnudo… ¿Y lo primero que hace? Sacar otra botella de champán de la nevera.
No, desde luego que la vida no es justa.
Pero tendría que haber sabido que no debía quejarme.
Porque en cuanto te quejas, Connor Chamberlain aparece justo delante de ti con un speedo blanco y absolutamente nada más.
Joder.
—Julie… —canta mi nombre como si esas cinco letras fueran en realidad tan largas como el alfabeto—. Buenos días, princesa.
Connor apenas echa un vistazo al plano del salón antes de que yo pregunte, solo para zanjar esto cuanto antes:
—Déjame adivinar, ¿tú también quieres elegir tu asiento?
—¿Puede ser a tu lado? —dice, con esa sonrisita engreída mientras se acaricia la barriga cervecera con orgullo, como si estuviera en una sesión de fotos de Men's Health .
Vuelvo a mirar inmediatamente el plano de mesas.
Mierda.
—No, Connor, no puede ser a mi lado porque, por lo visto, olvidé asignarme mi propio asiento.
—Bueno, siempre hay sitio en mi regazo.
¿Necesito el consentimiento de Connor para darle una patada en las pelotas?
—Lo tendré en cuenta —digo, sin importarme lo más mínimo si está coqueteando o no. Tengo problemas más importantes.
Como lo estoy ignorando, se aleja lentamente como esperando que diga algo más, pero estoy demasiado concentrada para eso. Me busco un asiento. Luego coloco a Connor casi pegado a la tía Abby en la mesa de al lado.
Estoy segura de que se llevarán genial. Son igual de asquerosos.
Ahora toca lidiar con los otros doscientos cuarenta y siete invitados.
Mesa de amigos del instituto de Mila: ¡hecho!
Mesa de amigos del instituto de Robbie: ¡hecho!
Mesa de viudas del Upper East Side con Sara Gusman: ¡hecho!
Mesa de viudas del Upper East Side sin Sara Gusman: ¡hecho!
Estoy colocando a los multimillonarios del petróleo cuando oigo pasos que se acercan, y solo los oigo porque están mucho más cerca que la última vez. Me obligo a ignorarlo por completo.
Pero luego está el olor. Ese inconfundible olor fresco, masculino, a colonia cara.
Incluso puedo oírlo respirar detrás de mí.
—Si te saltas una silla, puedes empujar a Connor al extremo de la mesa y dejar a Suzi a mi lado.
No sé qué me sorprende más: si de verdad me está ayudando a alejar a Connor de mí, o el hecho de que haya llamado a Suzi por su nombre.
Giro ligeramente la cabeza para mirarlo. Y ahí está: con el pecho desnudo otra vez, los brazos flexionados porque sostiene dos mimosas.
—¿Sabes su nombre? —pregunto, atónita.
Jasper frunce los labios y entrecierra los ojos, mandándome callar con un «¡shhh!» que significa dos cosas: primero, que él también sabe hacerse el tonto; segundo, que disfruta demasiado torturándome como para permitir que reconozca algo remotamente positivo sobre él.
No es que saber el nombre de una mujer que conoce desde hace años sea un acto noble, pero viniendo de Jasper, es casi un milagro.
Lo cual todavía no explica por qué me ofrece una de las mimosas, acercándomela tanto a la cara que no puedo moverme a menos que se la coja.
Jasper Hassmann me está ofreciendo una mimosa, intenta procesar mi cerebro.
¿Jasper Hassmann me está ofreciendo una mimosa?
Vale, ahora sí que lo he visto todo.
—¿Hay veneno aquí dentro? —pregunto, señalando el vaso. Él pone los ojos en blanco—. ¿Por qué me la das entonces?
—Estás aquí aguantando que Connor te tire los tejos mientras todos están ahí fuera en la piscina. Me pareció que te merecías al menos un poco de alcohol. —Y como sigo atónita, añade, impaciente—: ¿Por qué iba a envenenarte, Julie? Si quisiera verte sufrir, simplemente dejaría todo como está.
Lo cual, por desgracia, tiene toda la lógica del mundo.