Capítulo 4
Me despierto de un sueño profundo y no sé muy bien si es porque estaba agotada del viaje o porque, a pesar de que mi habitación es calurosa, estrecha y del montón, mi colchón definitivamente vale un millón de dólares.
Bueno, teniendo en cuenta que mi cama en casa es la misma que tengo desde que dejé la universidad y que compré con mi primer sueldo como periodista... comparado con eso, literalmente cualquier colchón vale un millón de dólares.
Podría quedarme aquí para siempre, pero por desgracia tengo una lista enorme de cosas de la boda que organizar.
Al salir de mi diminuta habitación y sentir cómo me envuelve la luz del sol que entra por las finas cortinas de las ventanas del segundo piso, estoy segura de que todo en esta casa vale un millón de dólares.
Bajo las escaleras de mármol blanco y me encuentro con el salón, también resplandeciente de luz, con la decoración azul que brilla casi tanto como el océano cristalino del exterior.
La enorme isla de la cocina que anoche estaba cubierta de alcohol ahora está llena de fruta, pan y varios tipos de tartas.
Hay leche en una jarra de cristal, cereales en un elegante recipiente hermético, y no tengo ni idea de quién organizó todo esto, porque llegué a las dos de la madrugada y todos estaban medio borrachos.
Así que no solo es sorprendente que la mesa del desayuno tenga esta pinta, sino también que todos estén ya despiertos.
Cojo una taza de café bien cargado, cortesía de Gus, el padre de Mila, y me monto una torre de tortitas, dividiendo el plato por la mitad: un lado dulce con fresas y sirope de chocolate, y un lado salado con beicon y huevos.
Solo después de eso empiezo a ponerme manos a la obra con mis deberes de dama de honor.
Cualquiera pensaría que una boda en México es solo una excusa que le di a mi jefe para pasar la semana de fiesta, poniéndome morena y bebiendo sin parar, pero la verdad es que la vida de dama de honor no es ni de lejos tan glamurosa como suena.
Todavía tengo que terminar los detalles para los invitados, elegir los vinos, organizar la despedida de soltera, planificar la cena de ensayo, confirmar fotógrafos, maquilladores, coordinadores...
y toda una lista de cosas en las que ni siquiera quiero pensar, porque el catering ya me ha escrito diciendo que necesitan una lista actualizada de los invitados y la distribución de mesas para el lunes por la mañana para empezar a planificar la logística de comida y bebidas.
El primer paso es entrar en la página web de la boda para sacar un informe de todos los que han confirmado asistencia, con sus dietas y alergias, para no sentar a los veganos junto a los platos de carne y mantener a los celíacos lejos del gluten y todo eso.
Aquí en la casa somos veinte personas. Los novios, familia cercana y el cortejo nupcial. Pero eso es solo la punta del iceberg, amigos míos. Porque la boda en sí, ¿cuántos invitados? Doscientos cincuenta.
Amigos de la infancia, amigos de la universidad, compañeros de trabajo de Robbie y Mila y, por supuesto, un montón de ricachones del Upper East Side que hacen negocios con los Carnegie. O sea: no puedo cagarla.
Imagínate tener que recordar que Sara Gusman no puede sentarse cerca de Kat Parks después del incidente que tuvieron en la Gala del MET hace unos años, en el que tuvieron que llamar a la policía.
O que Fred McCall, el magnate del petróleo, es en realidad un anciano senil que cree que es el Primer Ministro de Inglaterra y, por tanto, no puede sentarse cerca de nadie que vaya a discutírselo.
No, no es fácil, te lo digo. Ni siquiera debería ser mi trabajo, ya que no conozco a ninguna de estas personas, pero Mila me endosó la tarea después de su enésima pelea con Robbie por el tema, diciendo que si tenía que discutir una vez más sobre dónde iba a sentarse la vecina cleptómana de su madre, pediría el divorcio antes incluso de firmar los papeles del matrimonio.
Lejos de cualquier conocido de los Carnegie, esa es la única respuesta correcta. ¡Nadie en su sano juicio la dejaría acercarse a las perlas gigantes de Sara Gusman!
Es una misión agotadora que probablemente me llevará todo el día, así que lo único que puedo hacer es mirar con tristeza a la familia de la novia, que descansa junto a la piscina, mientras me arrastro escaleras arriba para ponerme a trabajar.
Y, como mi habitación es estrecha como una lata de atún, vuelvo a bajar con mi mapa y bolígrafos y lo extiendo todo sobre la mesa de centro para poder pensar.
Lo cual fue, obviamente, la peor idea posible.
Tengo una pequeña etiqueta con el nombre de cada invitado. Doscientas cincuenta tarjetas plastificadas que imprimí y recorté yo misma, porque intenté organizarlo todo en el ordenador y simplemente no me aclaraba.
Imprimí un enorme plano del salón de recepciones solo para poder mover mis pequeñas etiquetas a mi antojo y tener una visión completa del espacio.
Funciona mejor, claro, pero el problema es que, si yo puedo verlo claramente, todos los demás en la casa también.
Y ahora todo el mundo siente la necesidad de entrometerse y dar su opinión.
Obviamente, todas distintas entre sí.
Lianne, la madre de Mila, pasa con su biquini de flores y su elegante pareo de camino a la playa, se detiene, mira lo que estoy haciendo y es oficialmente la primera en inaugurar la tendencia.
—Ay, cariño, ¿puedes intentar sentar a mi hermano Henry lo más lejos posible de la mesa principal, por favor? Siempre pone caras raras en las fotos.
Tomo nota mental.
Antes de que pueda decirle que veré qué puedo hacer, Abby, la tía de Robbie, aprovecha para pedirme que la ponga junto a algún chico guapo en la mesa de los solteros.
A ella ni siquiera sabría qué responderle si tuviera tiempo, que no lo tengo, porque después de un minuto entero estudiando mi mapa en silencio, mientras se pone perdido de mantequilla comiéndose un cruasán, Robbie suelta de repente:
—¿Por qué está Tony sentado al lado de mi hermana?
Agita el brazo con impaciencia y se vuelve hacia Mila, que está en la cocina echando fruta en un bol.
—¡Te dije que no puede sentarse a su lado!
Mila resopla y pone los ojos en blanco.
Aparto las estúpidas migas de su cruasán de mis papeles, sabiendo que esto es solo el comienzo de una de esas peleas que ella lleva tiempo intentando evitar.
Sobre todo porque Mila también es terca y, incluso después de diez años, todavía no ha aprendido el arte de hacerse la tonta.
En mis últimas relaciones, aprendí que la mejor manera de evitar peleas es exactamente esa: fingir que no te has dado cuenta, a menos que sea algo importante y que realmente merezca la pena discutir.
¿Los sitios donde Tony y Cordelia Bassett se sientan durante una recepción de boda de cuatro horas? Obviamente no es una de esas cosas. Pero no voy a ser yo quien se lo diga. He aprendido. Me hago la tonta.
—¡Madura, Robbie! —espeta Mila, igual de impaciente—. Todo el mundo sabe que están juntos.
Tony lleva enamorado de Cordelia, la hermana pequeña de Robbie, desde primero de carrera, pero cualquier conversación sobre el tema era inmediatamente silenciada por Robbie a base de amenazas.
Así que el pobre Tony nunca hizo mucho al respecto.
Además, Cordelia siempre salió con esos niños ricos de fraternidades que la paseaban en jets privados, y Tony nunca fue de esos.
Pero el tiempo la ha vuelto más sensata, supongo, porque no sé cómo ha acabado en la cama de Tony, y ahora intentan formalizar lo suyo sin que Robbie monte un numerito.
Ni que decir tiene que está tardando más de lo previsto.
—Me da igual. ¡No lo quiero cerca de mi hermana! —replica Robbie.
Y una vez más, la mitad de su cruasán acaba esparcida en migas sobre mis notas.
—Tony es un ángel, Robbie —dice Mila con cansancio, como si lo hubiera repetido un millón de veces.
Y lo es. A pesar de su gusto musical espantoso y de que baila fatal, es un buen tío: currante, alegre y siempre con una sonrisa.
—Si tanto te gusta, siéntalo junto a una de tus amigas feas —masculla Robbie.
Sí. Ya está. Aquí es donde empieza la pelea de verdad.
Yo me limito a desconectar y hacer como que la cosa no va conmigo.
Por suerte, ahora Robbie tiene toda su atención puesta en Mila y parece mucho menos interesado en quién se sienta dónde. Así que sigo organizando la distribución de la sala, moviendo tarjetas hasta quedar satisfecha.
Para evitar un drama, siento a Tony enfrente de Cordelia, y hago lo mismo con Brad, el hermano mayor de Robbie, y su mujer Victoria. Así, si quieren sentarse juntos, solo tienen que cambiarse de sitio.
Brad es un ejecutivo millonario y tenista profesional; tiene preocupaciones mucho mayores que con quién se acueste su hermana, así que parece una apuesta segura.
La pelea termina con Mila aplastando una naranja con las manos y Robbie largándose hecho una furia hacia la zona de la piscina, quejándose de que nunca le dejan elegir nada, visiblemente decepcionado porque todo el espacio está dividido por paneles de cristal del suelo al techo y ni siquiera hay una puerta a la que dar un portazo.
A estas alturas, solo puedo agradecer los minutos de silencio. Todos parecen demasiado asustados como para volver a molestarme y fastidiar la distribución de asientos.
Todos menos el señor Inoportuno.
El señor Abogado-sin-escrúpulos: Jasper Assman.
—Pon a la amiga de yoga de Mila a mi lado —suelta Jasper así, sin más. Ni siquiera lo he visto acercarse.
Como el vampiro rastrero que es.
Finjo no oírlo, porque ya estaba cabreada con él antes incluso de que apareciera.
¿Por qué narices estoy yo aquí, quemándome las neuronas con los invitados, mientras él está en medio de la sala con una copa de champán vacía en la mano, gafas de sol y bañador, el pecho al aire y ya empezando a ponerse rojo?
¿Por qué narices puede él ir paseándose medio desnudo tan tranquilo mientras yo estoy agotada y sintiéndome fatal?
—Tu trabajo como padrino es, como mínimo, calmar al novio y no tocarme las narices con mi trabajo —es lo único que consigo decir.