Enemigos en el paraíso Capítulo 3 #3
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Capítulo 3 #3

—¿Solo pedírtelo?

Deja caer dos cubitos de hielo en el vaso y da un sorbo con toda la paciencia del mundo. Luego aprieta los labios, conteniendo una sonrisa de suficiencia, y añade:

—Y decir por favor .

—Jasper... —intenta Mila, pero ¡no! ¡No, no y no!

No vale la pena. Si acabé en un taxi destartalado con un conductor que pensaba que trabajaba en un club de estriptis solo por no pedirle a él que me llevara, seguro que puedo sobrevivir durmiendo en la habitación diminuta y sin baño de una villa de lujo en el maldito Caribe.

—Mila, ¡está bien! Déjalo. Jasper necesita una habitación más grande para sentir que algo en su vida tiene un tamaño decente.

Se encoge de hombros, completamente impasible, y sigo su mirada hacia la barriga cervecera y peluda de Connor, al otro lado de la habitación, solo para oírle decir: —Bueno, seguro que has dormido en sitios mucho peores, Julia .

—¡Robbie! —grita Mila de inmediato. Cualquiera pensaría que es algo grave, pero no, lo hace constantemente—. Tu amigo está torturando a Julie otra vez.

Mila, más que nadie, sabe el efecto que tiene en mí hasta el más mínimo recordatorio de mis días oscuros en la cama de Connor, así que entiendo su preocupación.

Pero Robbie está en la terraza jugando al billar con Tony y no parece tener intención de mediar en ninguna pelea. Así que Mila resopla impaciente, suelta otro «¡Robbie!» aún más fuerte, y se dirige hacia él con los puños apretados como una niña enfurruñada.

Jasper pone los ojos en blanco, aburrido.

Yo pongo los míos, irritada sin más.

—Te encanta llamar la atención, ¿eh?

Se encoge de hombros.

—No me disgusta.

Da un sorbo a su copa y luego señala con la barbilla hacia mí, hacia los semicírculos húmedos que, por lo visto, llevaban todo este rato debajo de mi sujetador.

—¿Eso es sudor?

Mierda.

¿Cómo puede ser que él esté ahí tan espléndido, con su whisky en la mano sin una sola preocupación, mientras yo estoy aquí plantada a las dos de la mañana con los pechos sudados después de que me confundieran con una stripper?

¿Por qué es tan injusto el mundo?

—¿Tu taxi no tenía aire acondicionado? —pregunta. Me estudia un segundo antes de cambiar de teoría—: No habrás venido andando, ¿no?

—¿De verdad acabaste en un rodeo porque tu conductor se equivocó con la dirección del hotel? —pregunto impaciente, porque creo que debería saber, por si acaso, si este tipo de confusiones son habituales por aquí.

Y también si el muy cabrón me estaba tomando el pelo otra vez.

—¿Qué ha pasado? —canturrea Jasper con una sonrisa torcida.

Y como ya no tengo nada que perder, respondo: —Hay un club de estriptis que se llama El Callejón Desnudo.

Jasper suelta una carcajada. Y créeme, solo se ríe así en ocasiones especiales. Normalmente cuando otro está pasándolas canutas.

—Y tu conductor pensó que eras stripper —concluye.

Porque es un abogado sabelotodo de Stanford y lo sabe todo, claro.

Luego me repasa de arriba abajo, relamiéndose para asegurarse de que sé exactamente lo que está pensando. Nada bueno, créeme. Nada bueno en absoluto.

—Bueno, ahora ya sabes que tienes talento para una carrera mucho más prometedora que esa aficioncilla deportiva tuya.

Nueve días, Dios mío.

Nueve largos días.

Voy a perder la cabeza.

Suspiro, dando por zanjada la discusión, y aunque ya sé la respuesta, pregunto solo para humillarme un poco más: —¿Vas a dejarme la habitación?

—¿Vas a pedírmelo con educación?

—Obviamente no.

—Entonces obviamente vas a dormir en el trastero sofocante y sin vistas que llaman habitación.

Obviamente.

Da otro sorbo a su copa. Luego me mira por encima del vaso, con un brillo lascivo en esos ojos oscuros: —Pero puedes venir a dormir a mi cama extragrande cuando quieras.

Me contengo en lugar de resoplar furiosa como un toro salvaje, y respondo sin más, fingiendo que su descaro no me afecta: —No sabrías qué hacer conmigo si acabara en tu cama, Jasper.

Asiente una vez. Sin inmutarse apenas, contraataca al instante: —Eso no lo sabrás si no lo pruebas.

—¡Qué asco! —me quejo, demasiado cansada para discutir.

Jasper vuelve a reírse, encantado con la sesión de tortura de esta noche.

Yo, por mi parte, estoy tentadísima de pegarle un puñetazo en la cara, pero esta es la boda de Mila y nadie quiere eso, así que me limito a mirar alrededor en busca de ayuda. Mila y Robbie están discutiendo en la terraza.

Él la besa, hacen las paces y vuelven a pelearse.

Puedo ir olvidándome de que alguien me acompañe a mi habitación o me enseñe dónde está el baño para poder, por favor , darme una ducha.

Puedo ir olvidándome de que alguien me ayude a subir el equipaje.

Bueno, ¿qué es un día más haciendo las cosas sola?

La habitación será fácil de encontrar, porque es la más pequeña de la casa. Y mis maletas... bueno, tengo dos brazos, ¿no?

Brazos que se ponen manos a la obra mientras empiezo el horrible esfuerzo de medio levantar, medio arrastrar el equipaje hasta el pie de las escaleras.

—¿Necesitas ayuda? —oigo que pregunta Jasper, y ese tono no puede ser de alguien que lo diga en serio.

—¡Vete al infierno!

—Me lo tomaré como un no .

—¡Por supuesto que es un no , Jasper! —espeto, algo jadeante mientras logro subir la maleta grande al tercer escalón—. Qué listo eres.

—Lo sé —admite, ignorando mi sarcasmo—. Es un don y una maldición.

Pongo los ojos en blanco una última vez, pero él no lo ve. Lo único que Jasper ve es mi dedo corazón en alto hasta que subo los tres escalones donde está la maleta y tengo que bajar la mano para subirla a los siguientes.

¿Me arrepiento de mi decisión? Obviamente.

¿Quise estrangular a Jasper Hassmann en cuanto abrí la puerta de mi habitación y esta golpeó el lateral de la cama porque no había espacio suficiente para abrirla del todo? Por supuesto que sí.

Pero da igual. Ha sido un día largo y una semana larga.

Quizá mañana encuentre fuerzas para volver a pelear.