Enemigos de Roma (Escipión Emiliano 3) Los nuevos dueños
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Los nuevos dueños

Roma, al día siguiente

Metelo Macedónico acometió el ascenso al Aventino por la cuesta Publicia junto con tres de sus cuatro hijos.

Mantener la línea recta era imposible. Toda la vía y las aceras estaban repletas de cadáveres tirados por todas partes. Era lo único que había, además de un silencio y un abandono tétrico y sepulcral, muertos y más muertos que nadie se había atrevido a mover del lugar en el que habían caído por las tropas de Bruto después de ser apaleados, acuchillados o mutilados.

Era una masacre atroz.

A la altura del templo de Diana se desvió por algunos callejones, pero solo para encontrar lo mismo, muerte y más muerte.

De vez en cuando se acercaba a algún cadáver y lo movía con el pie con la vana esperanza de encontrar a alguien con vida, o por simple curiosidad de comprobar hasta qué punto la matanza había sido efectiva.

—Se cree que hay al menos dos mil muertos —le dijo su hijo Lucio.

Metelo se limitó a asentir y a continuar con su caracoleo por unas calles desiertas y de puertas y postigos cerrados, recordando haber sentido una sensación muy parecida el día de la muerte de Tiberio.

Pronto alcanzaron la casa en la que había muerto Flaco, apenas ya un conjunto de ruinas con las paredes de mimbre echadas abajo como si por allí hubiera pasado un cuerpo de elefantes de combate en estampida.

Metelo, aun así, entró en la casa, pero el cuerpo de Flaco ya no estaba allí. Sí, en cambio, los que habían caído con él, formando una grotesca montonera impregnada en sangre seca.

—Carbón ordenó que tiraran el cuerpo al Tíber —le dijo en esta ocasión el tercero de sus fornidos vástagos.

—Pero los soldados le hicieron caso a medias —añadió el cuarto—. Tiraron el cuerpo, pero después de cortarle la cabeza.

—Lo sé, lo sé… —barruntó Metelo en un suspiro, y abandonó aquel cementerio de destrucción, tomando de nuevo la cuesta Publicia hasta el templo de Luna. Mirara donde mirara, solo había muerte, calcinación y ruina.

Allí, junto al templo del que había partido la huida final de Cayo, Metelo detuvo sus pasos y se giró hacia el Palatino, que se elevaba grandioso por encima del valle Murcia y el Circo Máximo.

—Venid aquí, junto a mí —ordenó a sus tres hijos con su autoridad incuestionable. Sus cachorros, todos ellos ya senadores, se arremolinaron a su alrededor sin rechistar—. Hijos míos, hoy es vuestro día —declamó de pronto manifiestamente satisfecho—. Hubo un día en el que Cayo Lelio buscó mi apoyo para fortalecer su ataque contra los partidarios de Tiberio Sempronio Graco, pero no lo hice, hijos míos.

—No, no lo hiciste —siseó Lucio, el segundo.

Metelo hinchó su poderoso pecho lleno de orgullo. Solo faltaba en aquella grandiosa reunión familiar su hijo mayor, Quinto, que pronto volvería de su magnífica campaña consular para recibir un triunfo por su aplastante victoria sobre los baleáricos, lo que a buen seguro le haría merecedor de portar un nuevo cognomen, precisamente Baleárico, Quinto Cecilio Metelo Baleárico.

—¿Y sabéis por qué no lo hice? ¿Sabéis por qué no apoyé a Cayo Lelio, como tampoco a Claudio Pulcro? —preguntó con gesto travieso.

—Por esto —contestó Lucio al tiempo que mostraba con la mano los muertos esparcidos por la calle.

Metelo sonrió eufórico, lo que provocó que su narigón se curvara.

—Se han matado entre ellos —dijo como en un recitado homérico—. Y ahora, Roma será vuestra.

—Si Opimio lo consiente —dijo el tercero de sus retoños.

Metelo volvió a sonreír, pero esta vez de modo irónico.

—Opimio es una sombra deleznable que solo encontrará el odio y el desprecio del pueblo —farfulló—. Pronto veremos que los lugares en los que murieron Tiberio y Cayo serán consagrados y se les levantarán estatuas públicas. Porque son los hermanos Graco, los tribunos de todos, los que murieron por defender a todos y cada uno de los ciudadanos de Roma. No, hijo, no, los Graco serán héroes y Opimio un asesino cuyos huesos no descansarán en una Roma que será de los Cecilio Metelo. Es nuestro tiempo. Caminad entre los muertos, pero nunca provoquéis ser uno de ellos —sentenció, y echó a andar cuesta abajo como si aún dirigiera las legiones de Macedonia o Hispania.

No podía ser más feliz.

Los nuevos dueños de Roma iban a ser los Metelo.

Su sueño estaba cumplido.

Era el más inteligente de todos los senadores.

Sumergido en su grandeza, frenó en seco un instante para observar detenidamente a un hombre que acompañaba a sus hijos. Le gustaba aquel individuo. Le recordaba a él. Era valiente, rudo y duro como el hierro. Quería tenerlo cerca.

—Tú, ven, quiero hablar contigo —le dijo.

Y Cayo Mario se acercó, descendiendo juntos la cuesta Publicia.