Cornelia, madre de los Graco
Miseno, una semana después
Apio Claudio hijo se resistía a entrar en la villa marítima de Cornelia. Plantado delante del pórtico del pabellón principal, miraba a todas partes con el vivo deseo de dar media vuelta y regresar a Roma a la carrera, aun cuando sus delicados pies patricios sangraran hasta teñir de rojo la vía Latina.
Pero no podía hacerlo.
Su amigo Cayo le había hecho depositario de aquella responsabilidad y no podía defraudarlo. Maldito fuera por ello y maldita fuera su muerte. Cómo iba a echarlo de menos.
Resoplando como un toro entró en la villa, pero Cornelia no estaba en los salones ni en su dormitorio.
—En los jardines —le indicaron.
Y allí se fue, encontrándola en un banco protegido del viento invernal, pero bien expuesto al sol del mar interior.
Ella lo vio venir, pero no movió un músculo. Leía, como siempre lo hacía, serena y elegante, con ese armonioso cuello ladeado y surcado ya por unas arrugas que no hacían más que conferirle más autoridad.
Apio hijo se sentó en el banco de enfrente, sin decir nada, ni falta que hizo. Fue la propia Cornelia la que izó la mirada muy poco a poco, clavándole sus indestructibles ojos escipiónicos.
—Dámela —le dijo, y estiró su mano para recibir la carta.
Apio dudó un instante, no mucho, extrayéndola de la capa.
—Cayo pidió que la trajera yo, pero solo en el caso de que él no pudiera hacerlo en persona. Y él…
—Dámela —repitió ella, interrumpiéndole con suavidad—. Y déjame sola, Apio Claudio —añadió, dulce y con la mano abierta.
Apio le entregó la carta, se puso en pie y se marchó, no sin darse la vuelta para verla una última vez, allí, en el banco, sujetando el rollo, inmóvil, con la mirada fija como si aquel trozo de pergamino enrollado fueran las cenizas de su hijo.
Y a fe que lo eran.
Doce hijos había parido aquella mujer.
Once no le habían sobrevivido, además de haber fallecido ya tres de sus nietos. ¿Quién podría soportar aquello?
Apio, con solo imaginarlo, sintió un estremecimiento de arriba abajo, pero uno que dio paso a una extraña tranquilidad. Por supuesto que había quien podía sobrellevar aquella permanente tragedia, y esa persona era una mujer. Su nombre era Cornelia Africana.
Sosegado por aquel destello de consuelo, Apio giró en redondo y se marchó.
Cornelia, entretanto, abrió el rollo y leyó.
Querida madre:
¿No soñamos desde niños con la gloria? Crecemos para ser tribunos, ediles, pretores, cónsules o censores. Arriesgamos nuestras vidas en los campos de batalla para llenar nuestro capital familiar de gestas y honores. Surcamos los mares para encabezar embajadas y firmar tratados. Y el foro siente nuestra presencia con el orgullo de saber que en la curia, en los comicios y en las asambleas resuena nuestro nombre. Todo ello mueve nuestras vidas, aunque, en realidad, solo lo hacemos para encontrar una sola cosa: la inmortalidad.
Madre, no estés triste. Tiberio y yo mismo hemos muerto jóvenes. El cuerpo de mi hermano descansa en el Tíber. El mío seguramente también, pero así como los grandes de Roma enseñorean sus tumbas y panteones en la vía Apia para mostrar su perpetuidad, ¿no te parece que es mucho más hermoso yacer en un río que fluirá eternamente en lugar de hacerlo en unas piedras que el tiempo destruirá y olvidará?
Ahora, en mil años o en dos mil, el Tíber será el perpetuo recuerdo de que allí yacen Tiberio y Cayo Sempronio Graco. Nuestra existencia y cuanto hicimos jamás será enterrado. Las aguas que bañan las orillas de Roma cantarán que nosotros, los Graco, con nuestras virtudes y nuestros defectos, quisimos una Roma mejor. Y el tiempo nos dará la razón.
Madre, lo hemos conseguido. No llores. No te aflijas ni entristezcas. Poseemos aquello por lo que todo romano ilustre lucha sin descanso: el recuerdo eterno de los vivos.
Hemos traído la gloria a nuestras vidas y a nuestra familia.
De tu hijo Cayo, que te quiere
Cornelia cerró los ojos y dejó caer sus manos hasta apoyarlas en su regazo. Una lágrima, una sola, corrió por su mejilla. Era el único llanto que iba a permitirse. ¿Cómo no iba a ser feliz si había sido la madre de los Graco?
Se puso en pie y caminó hasta la villa.
Pronto encontró a quien buscaba, a su nieta Sempronia. La niña jugaba en su cubiculum con unas muñecas a las que hablaba como si tuvieran vida. La miró largo rato sin que ella se diera cuenta. Finalmente, Sempronia levantó la vista y sonrió con sus bellos ojos azules en los que Cornelia vio, de pronto, la mirada de su padre.
—Avia, ¿juegas conmigo? —preguntó Sempronia ilusionada.
Cornelia sonrió con infinito amor.
—Ven conmigo —le dijo.
—¿A dónde?
—A los jardines.
—¿Por qué?
—Porque mientras paseamos quiero contarte una historia que te hará sentir muy orgullosa.
—¿Qué historia?
—La de tu tío Tiberio y la de tu padre. Ven, acompáñame.
Y Sempronia cogió de la mano a su abuela y paseó con ella por los jardines, escuchándola con los ojos abiertos como platos. Nunca en la vida olvidaría aquel paseo de grandeza con su abuela Cornelia Africana.