Te odiarán
Roma, en la domus de Opimio, esa misma noche
Los ojos de Opimio brillaban incontinentes a la luz de las lucernas. En el atrio de su domus apenas podía mostrar ninguna grandeza familiar más allá del templete que custodiada la imago de su padre, primer cónsul de la familia. Él también tendría algún día, a su muerte, su propia máscara mortuoria. Debería esperar hasta entonces, pero esa espera, además de larga, sería muy gozosa, porque gozoso era tener clavada en una pica en mitad de su atrio la cabeza de Flaco.
Con todo, una cosa era gozar y otra el éxtasis. La diferencia entre ambas potencias sensitivas era sutil, estrecha incluso para los más ordinarios, pero no para él. Destruir Fregelas había sido gozar, como también tener la cabeza de Flaco. Pero, ¡ay del éxtasis! Solo lo alcanzaría si le traían la cabeza de Cayo.
Su espera no fue larga.
—Señor, desean verle —le anunció un esclavo.
—¿Quién? —preguntó divertido. ¡Deseaba tanto saber quién le traía su regalito! Porque no tenía la más mínima duda de que esa visita acarreaba lo que deseaba.
—Ha dicho que el señor se alegrara en extremo si lo recibe y que su nombre no es importante —dijo el esclavo.
—¡Que pase! —rio Opimio, dándose palmaditas en sus muslos.
El esclavo desapareció para volver casi de inmediato con un hombre detestable al que no esperaba en absoluto, pero precisamente por ello sonrió sin mesura de oreja a oreja. Que aquel personajillo, supuestamente amigo de Cayo Graco y de Flaco, le trajera el rico pastel conducía, no ya al éxtasis, ¡sino al orgasmo!
—Tú, Lucio Vitelio Septimuleyo, ¡qué sorpresa! —se mofó abiertamente al tiempo que daba palmas.
—Vengo a por mi oro —se limitó a decir Septimuleyo, dejando caer en el suelo la bolsa del crimen.
Opimio, sin levantarse de la silla, dio un par de palmas. Dos esclavos corrieron entonces hasta la bolsa, cogieron la cabeza de Cayo y la depositaron en una balanza, colocando las piezas de contrapeso necesarias hasta dar con el peso exacto.
—Diecisiete libras y dos tercios —dijo un esclavo.
—¡Por todos los dioses! —protestó Opimio, pegando un brinco de su silla—. ¡La cabeza de Flaco ha pensado cinco veces menos!
—Cayo tenía más cerebro —ironizó Septimuleyo, y encogió los hombros, provocando que Opimio lo fulminara con uno de sus mejores gestos de demencia antes de dirigirse a sus esclavos.
—Examinad la cabeza —les pidió con un bufido.
—La ha rellenado con plomo fundido —aclaraba poco después uno de ellos tras haber volteado la cabeza y mirado por el orificio del cuello.
Opimio clavó de nuevo sus ojos de loco en Septimuleyo.
—Rata asquerosa, debería hacerte matar aquí mismo.
—El cónsul ha pedido una cabeza, y yo la he traído.
Opimio no pudo evitar que se le elevaran las comisuras de los labios. Tenía que reconocer que aquella depravación era de su gusto.
—¿Y dónde está el cuerpo? —preguntó.
—Creo que acompañando al de su hermano en el Tíber.
Opimio sonrió ahora abiertamente. Septimuleyo se había presentado impasible e impasible continuaba. Por qué traicionaba de aquella manera los restos de Cayo en verdad que no le interesaba lo más mínimo. La avaricia más ponzoñosa estaría detrás de todo, sin duda, pero lo importante era que le había traído la cabeza.
—Pagadle diecisiete libras y dos tercios en oro —les indicó a sus esclavos—. Y que se vaya de esta casa —añadió sin dirigirse a Septimuleyo. Su generosidad ya era más que suficiente.
Poco después llegó el orgiástico éxtasis de Opimio. Sentado en su silla como si estuviera en el teatro, siguió las operaciones de enclavado de la cabeza de Cayo en la pica. Después estiró la espalda con gran satisfacción y cruzó sus manos por detrás de su cuello. Fue entonces cuando sus dos invitados, que hasta el momento no habían abierto la boca, decidieron hacerlo. Solo faltaba Bruto, que patrullaba la ciudad para que no hubiera ni un solo conato de desorden tras la carnicería.
—Incluso a mí esta escena me parece de lo más abominable y execrable —porfió Pompeyo.
—¿Eres consciente de que te odiarán por esto? —siseó Carbón, y señaló las cabezas.
—¿Abominable? ¿Odiarme? —repuso Opimio—. Hoy el pueblo ha saqueado las casas de Cayo y de Flaco, y yo no lo he ordenado. Ha sido espontáneo —añadió sin dejar de mirar sus trofeos.
Pompeyo se puso en pie.
—Borraremos todo rastro legislativo de Cayo y de Flaco, y ajusticiaremos a los partidarios que hayan quedado con vida, pero esto, Opimio, esto… —lamentó, y dejó la frase en suspenso—. Esto es excesivo —sentenció.
—Abyecto, diría yo —completó Carbón.
Opimio torció grotescamente el morro.
—Yo he salvado a Roma —declamó.
—Y no eres el primero al que oigo decir lo mismo —canturreó Pompeyo, e inició su marcha.
—Nasica, se llamaba —recordó sibilinamente Carbón, siguiendo la estela de Pompeyo.
Opimio, ya solo, sintió que los calores comenzaban a dominar su impulso, burbujeando hirvientes hasta que soltó un alarido de rabia y frustración, comprendiendo de golpe que algún día Roma le condenaría.
Ni éxtasis ni orgasmo.
Malditos fueran todos.