En el puente Sublicio
—¡Señor, por todos los dioses, señor! —gritaba Europo en mitad del puente, tratando de arrastrar consigo a Cayo, nuevamente paralizado.
Matón y sus acompañantes se batían a la entrada del Sublicio con una fuerza heroica, pero no iban a poder mantenerse allí por mucho tiempo. De hecho, dos de los amigos de Graco ya habían sucumbido, y un tercero luchaba ostensiblemente herido. Solo Matón y un defensor más se mantenían de una pieza.
—¡Señor, debemos irnos! ¡Debemos hacerlo ya! —repitió Europo, lleno de desesperación.
Cayo volvió por fin de su parálisis.
Miró a Europo con ojos de desvarío y dolor.
Demasiadas muertes de hombres que no lo merecían.
Demasiada injusticia.
Demasiada maldad y crueldad.
Solo pudo hacer una cosa: gritar y gritar mientras echaba a correr.
Europo lo siguió.
Donde terminaba el puente Sublicio comenzaba la Roma suburbana, en aquel tramo un compendio de huertas, pequeñas granjas y algunas pocas casas diseminadas de campesinos y ganaderos.
Y donde finalizaba aquel pequeño remanso de paz rústico se abría el bosque sagrado de Furina,55 donde la diosa tenía un pequeño manantial sagrado y un santuario. Cayo y Europo, siempre en una carrera desesperada, entraron en la foresta, dejando atrás árboles y más árboles; ignorando los arañazos de ramas y arbustos; torciendo los tobillos en el terreno abrupto y en las depresiones del suelo ocultas por la hojarasca.
En uno de aquellos agujeros Cayo tropezó aparatosamente, derrumbándose primero de bruces para, después, caer rodando por un pequeño talud. Un tronco detuvo abruptamente su caída.
—¡Señor! —lo llamó Europo, deslizándose por el desnivel.
Cayo levantó la vista. Sangraba abundantemente de una de sus sienes y se sentía atontado, pero no lo suficiente para advertir que su tobillo chillaba de dolor. O estaba roto o la torcedura, verdaderamente seria, no le dejaría andar y mucho menos correr.
—¡Señor, sigamos! —le imploró Europo.
—No —dijo tajante Cayo, pero no de un modo hosco, sino suave.
—Señor… —barbotó Europo, impresionado e intuitivo.
Cayo lanzó un suspiro y negó de lado a lado. Después cruzó de nuevo su mirada con un Europo de rostro contraído.
—No, mi querido amigo —le dijo casi con una sonrisa—, hasta aquí llega mi camino y esta vez nada ni nadie me lo impedirá, tú tampoco. Solo te pido que cumplas un último servicio.
—Pero, señor…
—Europo, toma mi cuchillo.
—¡Señor!
—Tómalo antes de que nos alcancen y clávalo en mi pecho. Sabes lo que me harán si me cogen vivo, y sabes dónde está el corazón. No dudes —le insistió con un tono de tal serenidad y decisión que Europo no pudo sino coger la daga.
—Señor, yo no… —suplicó una última vez.
Cayo le sonrió con afecto.
—Amigo mío, hazlo.
Europo miró el cuchillo y después a su señor, que seguía mostrando un semblante sin miedo. Es más, ya no había sufrimiento en sus poderosos ojos marrones, sino orgullo y dignidad. Solo un hombre convencido de haber tenido una vida plena y llena de lealtad a sus valores y principios podía revelar aquella calma.
Debía hacerlo.
Armó su brazo.
Cayo vio el movimiento de Europo.
Vio brillar el filo del cuchillo.
Sintió que un frío metálico entraba en su pecho.
Y no sintió ni vio nada más.
Tampoco que Europo se rajaba el cuello con la misma daga y se desplomaba junto a él hasta agotar su último aliento.
Fue entonces cuando un hombre que los había seguido hasta allí raptó hasta ellos como una víbora. Dio una patada al cuerpo de Europo porque le molestaba, blandió un gladio, lo descargó sobre el cuello de Cayo y se llevó en una bolsa de cuero su dorada recompensa.
Poco después, tras haber superado a Matón, llegaba la centuria.