Enemigos de Roma (Escipión Emiliano 3) Cerca del templo de Luna
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Cerca del templo de Luna

Flaco clavaba su gladio al mismo ritmo con el que su cicatriz palpitaba frenética. Estocaba, cortaba y soportaba los mandobles con un pequeño escudo ya prácticamente astillado, siempre retrocediendo, acorralado ahora con quince de sus hombres en un angosto callejón muy próximo al templo de Diana y al Aqua Marcia.

Su carrera por la barriada estaba siendo también opresiva, entrando en casas miserables para salir por su parte trasera, superando muretes, subiendo a azoteas para dejarse caer a una nueva callejuela. La persecución era despiadada, y de la misma manera él mataba acompañado de un grupo que menguaba rápidamente.

La situación en aquel nuevo pasadizo era ya insostenible.

No tenían salida ni la prominente altura de las casas les permitía escalar y escapar dando brincos de tejado en tejado.

Flaco, a la espalda de sus partidarios, empapado en el sudor de la refriega, jadeando como un perro asfixiado, vio cómo sus hombres, que se interponían en el callejón, caían como moscas.

Miró a todas partes.

Ya no sabía qué hacer.

Los gritos de dolor y rabia de atacantes y defensores, oprimidos por las paredes, reventaban sus tímpanos antes de salir despedidos hacia las alturas. Ya solo quedaban en pie siete de los suyos.

De pronto, advirtió que la pared estucada de una de las casas era en realidad de mimbre y que a golpes podrían abrir un agujero.

Pese al agotamiento, llevado por una fuerza que emanaba desde lo más profundo de su ansia de supervivencia, comenzó a golpear con su escudillo y el gladio el tabique. Pronto se le unió otro de sus partidarios, consiguiendo en poco tiempo el espacio suficiente para colarse.

—¡Por aquí! —chilló a los suyos.

Él y cinco más dieron un salto y cayeron dentro de la casucha, faltándoles tiempo para incorporarse y cerrar con sus estoques de espada cualquier posibilidad de que nadie más se coloca por allí.

Flaco buscó entonces la salida, pero fue asomar la cabeza por la puerta de la casa y verse obligado a meterla de nuevo. Las tropas regulares también estaban allí.

No tenían escapatoria.

Muchos legionarios trataban de echar abajo la puerta y otros la pared de mimbre, que temblaba sacudiendo la techumbre.

—¡Están atrapados! —oyó que gritaban los de fuera.

—¡Esos hijos de perra no podrán salir! —barritó alguien.

—¡Quememos el callejón entero! —propuso un tercero.

—¡No, él ha dicho que lo quería vivo! —negó un cuarto.

Y se hizo el silencio.

Flaco y sus compañeros cruzaron sus miradas insistentemente. No sabían qué ocurría fuera, y así estuvieron un rato hasta que el tabique de mimbre comenzó a temblar sacudido por los golpes. No pudo resistir apenas cuatro impactos más, desplomándose completo al tiempo que entraban en la habitación una decena de legionarios berreando como bestias. Los hombres de Flaco le hicieron pantalla, sin éxito, porque en unos instantes yacían todos muertos en una grotesca montañita de carne.

Flaco, indefenso, retrocedió hasta que su espalda chocó contra la pared. Fue entonces cuando lo vio entrar. Todos se apartaron para dejarlo pasar. El recién llegado se le colocó a dos pasos con los brazos en jarras.

—Vaya, vaya, el gran Fulvio Flaco —canturreó Carbón con una sonrisa que no le cabía en la cara.

Eso sí, sus ojos negros brillaban asesinos.

—Carbón, tú, precisamente —masculló Flaco.

—Os dije una vez, amigo mío, que vuestros cuerpos terminarían en el Tíber —ironizó—. Y que incluso yo mismo lo haría. Y ahora, fíjate, ¡oh casualidad!, que estoy en disposición de cumplirlo —rio Carbón.

Flaco lo miró de arriba abajo con los dientes apretados en brutal tensión, tanto que le dolían. Iba a morir destapando la verdad; gritando a los cuatro vientos quién había asesinado a Emiliano.

Sonrió con lujuria.

Ese fue su error.

Carbón podía leer los pensamientos más oscuros.

—¡Sabed todos los que estáis aquí que este hombre mató a…!

—Matadlo.

Y siete hombres lo atravesaron sin descanso hasta que el cuerpo de Flaco, lleno de sangre y polvo, cayó en redondo.

—¿Qué hacemos con el cuerpo? —preguntó un legionario.

—Habrá que llevarlo ante el cónsul —dijo otro.

—Ha prometido el peso de su cabeza en oro —recordó un tercero.

Carbón negó de lado a lado.

—Tiradlo al Tíber —sentenció, y se marchó de aquella casucha, dejando atrás a unos legionarios dubitativos que sabían que aquella cabeza valía su peso en oro, algo demasiado irresistible.