Descendiendo el Aventino
La huida de Cayo por las callejuelas de la colina era agónica. Las tropas senatoriales no solo habían atacado directamente por la cuesta Publicia, sino que varios manípulos acompañados por clientes y esclavos habían ascendido desde el lado oriental del Circo Máximo, cortándoles el camino que pretendían seguir por la puerta Naevia, uno de los portones meridionales de las murallas servianas.
—¡Por la puerta Trigemina y el puente Sublicio! —propuso Matón, echando todos a correr cuesta abajo por las laderas orientales del Aventino, pero sin orden alguno, en un caos absoluto, en desbandada, irrumpiendo unos por unos pasadizos y otros por otros distintos.
La fuga pronto se convirtió en otra masacre, quedando al albur de la diosa Fortuna quién salía vivo de allí en función del camino escogido.
Los que tomaban un callejón podían tener la mala suerte de toparse con las tropas que, excitadas como avispas agresivas, saltaban de muro en muro y de casa en casa para dar con los fugitivos. Los que eran interceptados caían muertos a lo largo de calles, plazoletas y escondites.
Otros, sin embargo, estaban teniendo más suerte.
Era el caso del grupo de Cayo, Matón y Europo. Oían los combates y los gritos en las calles intrincadas, angostas y tortuosas del Aventino, pero su camino por intercesión de los dioses estaba expedito.
—¡Ya falta menos, Cayo, ya falta menos! —animaba Matón con enormes gotas de sudor recorriendo sus sienes.
Poco después, ahogados por la carrera, desembocaron en una estrecha callejuela que discurría asfixiada entre unas ínsulas ruinosas y los húmedos muros servianos. No eran ya más de diez, pero al fondo podían ver la parte trasera del templo de Ceres, muy cerca del puente Sublicio y de la puerta Trigemina.
—¡Ya estamos! ¡Ya estamos llegando! —exhaló Matón con el rostro iluminado, pero solo hasta que alcanzaron el templo, puesto que allí se chocaron de narices con una centuria completa apostada en uno de los laterales del edificio.
Ambos grupos, comportándose como dos manadas de leones que se encuentran de improviso, se quedaron momentáneamente paralizados, observándose dominados por la tensión. La puerta Trigemina equidistaba apenas cien pasos de unos y otros. El primero que echara a correr la ganaría, bien para escapar, bien para bloquearla.
—¡Corramos! —se adelantó Matón, yendo todos tras él en una carrera desesperada, sabiendo que por detrás venía la centuria.
Cayo y Europo lograban cruzar bajo el vano de la puerta Trigemina poco después, sintiendo que el corazón se les salía por la boca.
Otros cuatro hombres les siguieron.
Matón, que se había detenido un instante para levantar a uno de los suyos que había tropezado, lo hizo inmediatamente después con los tres restantes, uno de los cuales, sin embargo, paró en seco justo bajo la arquería central.
—¡Letorio, qué haces! —rugió Matón, llamándolo por su nombre y frenando él mismo. La centuria estaba ya a cuarenta pasos.
—Yo me quedo aquí. Yo los detendré todo lo que pueda —dijo de pronto Letorio, un hombre al que todos guardaban un inmenso cariño y que siempre había estado junto a ellos desde que Cayo fuera elegido tribuno de la plebe.
—Y yo también —dijo un segundo hombre.
—Y yo —declamó el tercero de aquellos rezagados.
Matón miró a la centuria, que estaba ya a diez pasos. Después miró a los tres hombres, que corrían para apostarse cada uno de ellos en cada uno de los tres arcos de la puerta.
—¡Nadie olvidará esta gesta! ¡Os lo juro! —les prometió, y emprendió de nuevo la carrera.
Poco más adelante alcanzó a Cayo, Europo y a los otros cuatro supervivientes, justo antes de cruzar el puente Sublicio. Letorio y los otros dos sacrificados ya habían caído y la centuria se aproximaba otra vez como una jauría en persecución de su presa.
—¡Cayo! —le llamó Matón—. ¡Espera!
Cayo se dio la vuelta a mitad del puente.
—¡Corre! —le gritó, pero Matón negó con la cabeza—. ¡Corre! —volvió a chillar Cayo.
Pero Matón volvió a negar.
—¡Vive, amigo, vive! —voceó, giró sobre sus talones y se plantó en la entrada del puente, pero no solo, porque a él vinieron a unírsele los otro cuatro partidarios de Graco—. Sed bienvenidos a la gloria —les dijo con una sonrisa, formando los cinco un muro contra el que unos pocos segundos después se estrellaba furiosa la centuria.