Junto al templo de Diana
La lucha era encarnizada en el parapeto de la cuesta Publicia. Las tropas senatoriales embestían una vez tras otra, pero desde el lado defensor les caía de todo, ya fuesen piedras, cascotes, muebles o tejas.
—¡Resistid! —bramaba Flaco encaramado él mismo a la barricada, ensartando sin compasión a los que lograban llegar a su cima. De hecho, a los pies de la empalizada comenzaban a apiñarse los cadáveres de los legionarios regulares.
Pero de pronto se oyó.
Y Flaco, resignado, cerró los ojos.
Aquel silbido les era a todos muy reconocible.
Venía del cielo y del cielo caía a plomo.
Los doscientos arqueros cretenses eran los responsables. Acababan de soltar la muerte. Sus flechas volaban parabólicas y se aceleraban en su descenso. Si hubieran estado en un campo de batalla, todos hubieran elevado entonces los escudos sobre sus cabezas, pero no aquel día. No tenían escudos. No luchaban como ciudadanos legionarios. Estaban indefensos ante aquella lluvia de hierro.
La primera andanada atravesó al menos a cien defensores, cayendo todos ellos hacia atrás ensartados en sus vientres, pechos, cuellos o caras. La segunda eliminó a no menos de ochenta, viéndose a varios con dardos entrándoles por la boca o los ojos. La tercera vació ya prácticamente la empalizada.
—¡Atacad! —se oyó entonces fuerte y claro el vozarrón de Bruto.
Los legionarios pasaron por encima de sus compañeros muertos y saltaron por encima del parapeto, arremetiendo sin piedad contra los pocos defensores que podían seguir luchando. Otros muchos emprendían ya la huida cuesta arriba o por los callejones, entre ellos Flaco, dejando atrás una carnicería indescriptible.