En el templo de Luna
Cayo entró en el templo y fue a sentarse, casi a tirarse, a los pies de la estatua de la diosa. Estaba verdaderamente devastado, roto por dentro y por fuera. Viéndose rodeado por algunos de los suyos, todos ellos de pie, que lo miraban con ojos de pánico, sentía que no podía más.
Sentía que no podía vivir.
Su existencia estaba colmada.
—Europo —llamó a su esclavo.
—Señor —se apresuró el siervo.
—Toma esta daga —le dijo Cayo, ofreciéndole el cuchillo que llevaba en su toga—. Tómala y clávamela en el pecho.
Europo ahogó un grito y dio dos pasos atrás hasta casi caer de espaldas. Solo lo impidió Matón que, tras sujetarlo, cogió a Cayo por la túnica y lo levantó como en ningún otro momento de su vida se hubiera atrevido a hacerlo, manteniéndolo en pie contra el pedestal de la diosa.
—¡Vamos a salir de Roma! —chilló—. ¡Todos deben saber qué ha hecho hoy el Senado! ¡Y no habrá ciudadano, latino o itálico que no ahogue un grito por esta barbarie! ¡Todos reaccionarán, Cayo, todos lo harán, y podrás volver a Roma para castigar a este Senado corrompido y asesino que no duda en masacrar a sus opositores, pero para eso tienes que vivir! ¡No pierdas la esperanza! ¡Lucha! ¡Vive! —aulló desgarrado.
Cayo reaccionó.
Dando cabezadas puso sus manos sobre los hombros de Matón.
—Vámonos —exhaló.