Enemigos de Roma (Escipión Emiliano 3) En el templo de Diana
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En el templo de Diana

Cayo y Flaco realizaban una ofrenda a la diosa en el interior del templo cuando empezaron a escucharlos: los gritos.

Pero no eran de furia ni de arrojo, sino de auténtico pánico.

Y el repiqueteo, aquel típico de las tropas regulares en movimiento al chocar metal contra metal, gladio contra el escudo, sandalia contra pavimento, llegaba hasta sus oídos, como un rumor lejano al principio, pero muy distinguible, creciente e intimidante.

Cayo y Flaco impactaron sus miradas sin decirse nada, llenos de alarma. No eran necesarias las palabras.

—¡Está loco! ¡El Senado se ha vuelto loco! ¡Venid! —gritó Matón, que llegaba corriendo desde el exterior.

Los tres hombres salieron del templo, topándose con una escena dantesca. Por la cuesta Publicia ascendían cientos de legionarios en línea, ocupando la calle de lado a lado, al tiempo que la muchedumbre se quebraba, corriendo todos hacia todas partes, escapando entre aullidos de terror por los callejones o pisándose unos a otros en una estampida incontrolable.

Cayo se quedó blanco. Matón amarillento. Y a Flaco, furioso y de todos los colores, le faltó tiempo para arrojarse él mismo desde la escalinata del templo y comenzar a dar golpes a diestro y siniestro.

—¡No huyáis! —gritaba fuera de sí—. ¡Formad un muro y no podrán pasar! ¡No huyáis! —se desgañitaba, pero en vano.

La espantada general era ya inevitable.

Desquiciado, regresó corriendo al podio del templo, donde Cayo permanecía petrificado, incapaz de asumir que volviera a ocurrir, que la locura se adueñara de nuevo del Senado para asesinar a cientos de ciudadanos romanos. Por mucho que todos lo vieran como una posibilidad, en el momento de la verdad le resultaba inconcebible. Y la oportunidad, la única que tenían, se había esfumado. Su destino no era ya otro que el de su hermano Tiberio. Nada podía hacer para cambiarlo.

—¡Cayo, llámalos, a ti te escucharán! —le gritó Flaco con los ojos saliéndosele de las órbitas.

No le contestó. Se limitó a mirarlo con una extraña mezcla de afecto, abatimiento y despedida.

—Cayo… —balbució Flaco, momentáneamente desarmado.

—No, amigo mío, no lucharé.

—¡Moriremos! —chilló Flaco, descompuesto. Las tropas, encabezadas ahora visiblemente por un Bruto que parecía el doble de grande de lo que ya era, estaban cada vez más cerca, masacrando a los primeros grupos de ciudadanos que no tenían por dónde escapar y bajaban en masa por la cuesta Publicia—. ¡Cayo, te lo ruego!

—Ave atque salve, amigo mío. Pronto nos reuniremos en los Campos de Asfódelos —suspiró Cayo, y, abandonando el templo, tomó el camino ascendente de la cuesta seguido por su esclavo Europo, un Matón que nunca lo abandonaría y poco más de cien de los suyos.

Flaco lo vio marchar con la cabeza gacha, inclinado hacia adelante, sin prisa, pero solo unos pocos instantes más hasta que un pilum le pasó volando muy cerca de la oreja y fue a estrellarse aparatosamente contra los muros del templo.

Sobresaltado, recuperó el aire y se volvió hacia el campo de batalla. Tal vez moriría, pero se iba a llevar por delante a todo ser viviente que se le acercara.

La huida no había sido absoluta. Al menos cuatrocientos de los suyos permanecían en pie, armados con gladios e improvisados y precarios escudillos, esperando su orden. Muchos de aquellos eran veteranos suyos de la campaña contra los saluvios, hombres duros hasta la extenuación, férreos partidarios de la causa popular que sabían que si eran apresados morirían despeñados desde la roca Tarpeya o estrangulados en el Tullianum. Solo tenían una opción, luchar.

—¡Formad una empalizada en la cuesta! —rugió Flaco, corriendo hasta sus partidarios—. ¡Traed desde las casas todo lo que encontréis, mesas, puertas, sillas o triclinios, me da lo mismo! ¡Echad abajo muros y todo lo que se interponga! ¡Por aquí no pasarán! ¡Combatid conmigo! ¡Luchad! —mugió, echando él mismo mano de todo lo que pillaba.

Las tropas senatoriales se les echaban ya casi encima.

Solo los detendría el ansia de matar, una bestia irrefrenable una vez que se liberaba en combate.

—¡No pasarán! —proclamó Flaco eufórico, viendo que la calle iba siendo taponada por una montonera de muebles, maderos y todo tipo de objetos que eran lanzados desde las casas próximas.