En el templo de Castor y Pólux
Opimio, de pie, con gesto violento y con los brazos cruzados, vio por el rabillo del ojo que se le acercaban dos de sus excrementos.
—¿Y bien? —les escupió sin dejar de mirar al frente.
—Son miles, todos alrededor del templo de Diana. Y están llegando más —farfulló sin resuello uno de ellos.
—Graco los ha exaltado —añadió oportunamente el otro.
—Y viene hacia aquí —continuó el primero.
—¿Quién viene hacia aquí? —despotricó Opimio.
—El hijo de Flaco. Al parecer, lo envían para traer un mensaje al Senado —informó, y se encogió de hombros.
Opimio no pudo evitar que una sonrisa se le fuera dibujando poco a poco en el rostro. Cayo y Flaco enviaban al único al que creían que no podría arrancarle la cabeza de cuajo. Por todos los dioses, ¡qué ingenuidad! Ni Cayo ni Flaco aprendían quién era él. Allá ellos.
Sin dejar de sonreír, escudriñó el foro y el cercano comitium. Cientos de los suyos, ya fuesen caballeros, clientes y esclavos, se agitaban entre los templos, columnas y basílicas, llegando también desde todas partes; intentando ocultar como podían los cuchillos; exhibiendo rostros serios y atentos a la espera de una sola orden, la suya.
Todo estaba preparado.
El guiso burbujeaba hirviente.
El tiempo de la provocación era ya el pasado.
Había sido un éxito, pero debía ser sustituida.
Furia.
Esa era ahora la nueva emoción a desatar.
—Bien, cuando llegue el hijo de Flaco que los lictores lo retengan en la puerta del Senado —se limitó a decir a sus excrementos, y articuló sus piernas en busca de la curia Hostilia. Lo hizo luciendo premeditadamente una de sus mejores expresiones de locura, provocando que todos se apartaran a su paso, pero no por respeto, sino por miedo.
¡Cómo le excitaba aquella sensación de poder!
Entró en la curia como un conquistador, cruzó por en medio de un graderío atestado de senadores expectantes, llegó hasta la presidencia, giró en redondo y desató su veneno sin preámbulos.
—¡Padres conscriptos, a muy pocos pasos de aquí, en el Aventino, se alzan las tubas de combate! ¡En la colina se forman líneas de batalla y un ejército de traidores saliva para caer sobre Roma! ¿Cuánto tiempo más vamos a permitirlo? ¿No es ya suficiente? ¿Os parece exagerado que ayer os conminara a traer vuestras panoplias y haceros acompañar de esclavos armados? ¡Ved lo que sucede! ¡Abrid vuestros ojos porque esto es la guerra! ¡Padres conscriptos, es la hora de poner fin a este peligro! —aulló con las venas del cuello a punto de reventarle al tiempo que la curia se venía abajo entre gritos, pataleos, puños en alto y algún que otro senador como Pompeyo dando saltitos de rabia.
Opimio, con la barbilla prepotentemente elevada, vio justo en este instante que una figura se recortaba al trasluz bajo el vano de la enorme puerta de la curia. Era el momento de arrancar cabezas, no metafóricamente, sino literalmente.
—¡Padres conscriptos! —se impuso a la algarabía—. ¡Ved ahí, en la puerta de esta casa, a quién envían para negociar con vosotros! ¡Al hijo de Flaco! —chilló y lo señaló al tiempo que los senadores, jadeando como jabalíes a punto de embestir con sus colmillos, rotaban sus cuellos hacia el muchacho—. ¡En lugar de venir ellos mismos envían a un niño que apenas porta la toga viril! —regurgitó entre estertores, retorciéndose como un árbol tétrico—. ¡Yo no estoy dispuesto a tolerarlo por más tiempo! ¡Esto es traición! —aulló en un alarido—. ¡En el Aventino no se concentra el pueblo, sino los enemigos de Roma! ¡Son hostes publici, y todos sabemos qué destino se les reserva a los enemigos públicos del Estado! ¡Deben ser ajusticiados hoy mismo, sin apelación ni juicio alguno, porque ya no tienen derechos ciudadanos! ¡Los han perdido! ¿Estáis dispuestos a decretarlo? —bramó Opimio encelado y con los brazos en alto—. ¡Os pido por el bien de Roma que decretéis un senatus consultum ultimum! ¡Despojadles de sus derechos y permitidme ejecutarlos! ¡Hacedlo y yo borraré la humillación y la traición!
Y el Senado se abrió en canal.
La furia explosionó con una potencia desmedida, liberando el gas comprimido durante años de presión y humillación popular. Pompeyo se tiraba de los pelos sometido por la cólera y los deseos de venganza más absolutos. Bruto, hombre de escasas palabras pero un militar extraordinario, ataviado con su panoplia de los tiempos de sus conquistas en Hispania, se disponía ya a tomar el mando de las tropas y de cuantos quisieran seguirle. Y el resto de los padres botaban, chillaban, se doblaban sobre sí mismos y contraían los rostros de una manera imposible.
Aquello, a ojos de Opimio, solo significaba una cosa: el Senado autorizaba el exterminio.
Sintiendo que su corazón bombeaba muerte, cruzó por en medio de las bancadas y pasó junto a Flaco hijo, retenido este por los lictores bajo el vano de la puerta sin poder decir ni esta boca es mía.
—Por tu valentía te concedo un favor —tuvo tiempo de susurrarle al oído—. Elije el modo de morir. —E irrumpió en la plaza de los comicios, donde cientos de congregados aguzaron sus oídos para escucharlo—. ¡Quirites, el Senado ha autorizado mediante un senadoconsulto último dar muerte a todos aquellos que se concentran en el Aventino! ¡Son enemigos públicos de Roma y como tales han de ser tratados! ¡No veáis en ellos ciudadanos romanos! ¡Son como los galos, los ligures o los bárbaros! ¡Yo mismo pagaré con su peso en oro a quien me traiga la cabeza de Cayo Graco y de Flaco! ¡Luchad! ¡Tomad el Aventino! —arengó extasiado justo cuando Bruto lo superaba como una centella imperial y comenzaba a dar órdenes.
Sonaron entonces las tubas de ataque.
Las tropas del Capitolio se precipitaron colina abajo.
Caballeros, clientes y esclavos formaron filas.
Y Opimio, siempre elevado en la curia, lo contemplaba todo.
—¿Tal vez te has excedido con lo de las cabezas y su peso en oro? —oyó que le decía Pompeyo, puesto ahora a su lado.
—¡Oh, por nada del mundo! —repuso Opimio—. Cuando la chusma vea lo que se les viene encima y, además, con premio para los que deserten, se quedarán solos. Los tiempos de las secesiones del pueblo no son ya más que un recuerdo glorioso. Todos huirán como conejos.
—¡Que los dioses te oigan! —imploró Pompeyo—. ¡Si no, será una matanza! ¡Una guerra civil!
—Va a ser una matanza, pero de ellos —barbotó Opimio, viendo que las tropas del Capitolio —cinco centurias y doscientos arqueros cretenses— evacuaban al trote y en perfecta formación por el vicus Tuscus en dirección al Aventino.