Enemigos de Roma (Escipión Emiliano 3) El día de la furia
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El día de la furia

Roma, domus de Cayo.

Antes del amanecer del día 25 de enero

Cayo apenas pudo conciliar el sueño durante la noche. Inquieto unas veces, venido arriba otras, dio muchas vueltas en el camastro, e incluso paseó por el peristilo a la luz de una luna que emergía de nuevo tras haber pasado la tormenta.

La hora de la verdad le sobrevino en cambio profundamente dormido, acercándosele para despertarle su fiel esclavo Europo.

—Señor, pronto amanecerá —le susurró, lucerna en mano.

Cayo desayunó y habló poco. Se preparó con parecido mutismo, portando la toga, no una panoplia. Estaba en Roma. Sus pies seguían pisando el suelo de Júpiter, en el recinto del pomerium, no el de Marte y sus ansias de combate. Toga sí, decididamente, aunque en el último momento, siguiendo el consejo de Flaco, decidió coger una pequeña daga.

Estando ya todo dispuesto, caminó desde su cubiculum hasta el atrio, donde celebró las ofrendas a los lares y penates del hogar, en soledad, o eso creía hasta que se giró y se topó en la penumbra con los ojos azules de Licinia, hermosos y sugerentes incluso en el miedo, porque en su expresión no había otra cosa que profundo temor a la pérdida.

Cayo no tuvo que decir nada. Fue la propia Licinia la que se le echó encima, aferrándosele en un sentido abrazo al tiempo que pegaba su mejilla a su pecho.

—¡Me lo juraste, Cayo, me juraste que tendrías cuidado! —gimió con angustia—. ¡No quiero tener que buscar tu cuerpo en el Tíber! ¡No quiero preguntarme cada día de mi vida dónde está detenido tu cuerpo, si en el río o en el mar! ¡Me lo juraste! —sollozó, pasando al grito.

Cayo, nuevamente, se mantuvo en silencio. No eran necesarias las palabras y nada de lo que dijese, por muy convincente que fuera, tranquilizaría a su terremotillo. Simplemente se limitó a abrazarla con mucha fuerza y darle un largo beso en la frente, hecho lo cual se separó de su cuerpecillo casi inerme y la entregó a una de sus esclavas.

—Llevadla a la casa de su hermano —ordenó.

Ya en la calle, todavía en la noche, le aguardaban Flaco y su hijo, Matón y cientos de sus partidarios, todos ellos con bocas cerradas y expresiones serias. Fue ese el instante en el que Cayo sintió una nueva presencia en su espalda. Volteó la cabeza y encontró a su esclavo Europo con gesto sumiso pero decidido, como si deseara algo y no se atreviera a decirlo, lo que le llamó la atención.

—¿Qué ocurre, Europo? —El esclavo dudó antes de mover la lengua—. Puedes decirlo —le animó Cayo.

—Me gustaría acompañar al señor. Hoy justamente quisiera hacerlo —pidió con humildad.

Cayo sonrió con afecto.

—Claro, Europo, acompáñame —accedió, dicho lo cual, se giró de nuevo hacia Flaco, que vestía con su panoplia militar—. Vamos allá —le dijo con los dientes apretados.

—Vamos allá —repitió Flaco, cerrando los puños y se dirigió a los suyos—: Gritad, gritad todos que nos dirigimos al Aventino. ¡Gritad!

Y cientos de hombres comenzaron a desperdigarse por las calles de Roma al grito de «separémonos al Aventino», tanto en el Palatino como, al mismo tiempo, en todos los barrios de la ciudad.

Solo tendrían una oportunidad.

Júbilo.

Tal era el estado emocional que Cayo, Flaco y Matón sentían durante su descenso de la colina palatina. Apenas despuntaban las luces del alba, pero desde todas partes venían corriendo cientos de ciudadanos, miles incluso, para unírseles, chillando eufóricos por lo que iba a ser un nuevo día para los anales de la República y del pueblo de la loba.

Y los mismos gritos volaban desde la Subura, desde el Esquilino, desde el Celio y desde todos los barrios de Roma. Era una protesta colectiva, sonora, como si la tierra temblara y hablara desde las profundidades con una sola voz ronca y grave.

Bajando por la cuesta de la Victoria, a vista de pájaro, podían ver, además, como titilaban las luces por toda la ciudad, agitadas, por millares, ansiosas y veloces, todas en busca del Aventino.

—Vamos a conseguirlo, Cayo, vamos a conseguirlo —farfullaba Flaco sin parar, vista al frente, quemando el suelo bajo sus pies. Cayo guardaba mutismo, pero esta vez con unos ojos que brillaban ardientes.

Cuando alcanzaron el foro Boario el gentío era ya inmenso, teniendo verdaderas dificultades para cruzar por en medio de un estrecho pasillo humano hasta el templo de Ceres y, desde allí, poco más arriba, acometiendo ya las faldas del Aventino, al templo de Diana, punto de concentración donde no cabía un alfiler.

Su llegada desató la alegría más explosiva.

Bajo el grito ensordecedor de «¡Graco, Graco, Graco!», Cayo se encaramó al podio del templo con un aplomo, elegancia y seguridad que enfervorizó aún más a la muchedumbre que todo lo ocupaba.

Con la espalda bien estirada, toga perfectamente plegada y cuello ligeramente ladeado al estilo de su madre, barrió a todos con mirada colosal y olvidó su silencio justo cuando los primeros rayos de sol bañaban el Aventino y su rostro mismo.

—¡Pueblo de Roma! —se desató, imperial—. ¡Hoy estamos todos aquí para luchar, pero no con el gladio, sino con nuestra dignidad y con la palabra como antes lo hicieron vuestros mayores! ¡Porque yo os digo que el único motivo por el que el Senado quiere abolir las leyes que aprobasteis es por su ceguera, por su codicia y porque creen que ellos y solo ellos pueden dirigir la grandeza de esta ciudad! ¡Pero yo os digo igualmente que esa grandeza se cimenta en vuestra fortaleza! ¡En la sangre que dejáis en los campos de batalla! ¡En el sudor de vuestra frente al cuidado de vuestros hogares y campos! ¡Dejadme una vez más que os proteja! ¡Permitidme que yo piense por vosotros! ¡Acompañadme hoy y aquí y cuanto sea necesario para que el Senado, el mismo que ha situado tropas en el Capitolio como muestra de su desprecio, se avenga a entrar en razón! ¡Acompañadme! —arengó, al tiempo que provocaba la locura y se acercaba a Flaco.

—¿Estás seguro de que debe ser él? —le preguntó.

—Debe ser él. A él no podrán hacerle nada —confirmó Flaco con plúmbea seguridad, volviéndose a su vez hacia su hijo Quinto.

—Ve, hijo, y sé mi orgullo y el de todos nosotros.

Y Quinto, con sus dieciocho años, marchó hacia su destino, jaleado sin parar, rodeado por el oleaje popular. Su padre le había dicho una vez que jamás debía dejar de defender lo que era justo y que siempre vencía el bien sobre el mal. Estas palabras estaban impresas en su mente a sangre y fuego, y era justamente lo que quería hacer, defenderlas ante el Senado. Por eso él mismo se había propuesto para aquella misión, para llevar a los padres conscriptos con el arrebato de su juventud el mensaje de la negociación y la concordia.

Lo que no vio fue que, poco más adelante de sus pasos, corrían ya hacia el foro dos de los excrementos sociales de Opimio.