Por la noche
El estallido de un rayo colosal reverberó violentamente en la biblioteca de la domus de Cayo, golpeando con sus ecos sobrenaturales el ánimo del propio Cayo, de Flaco y de Matón, los tres sentados en círculo alrededor de una mesita con patas da león.
Apenas unos segundos después volvió a suceder.
Vieron el relámpago y oyeron casi al instante la brutal potencia de un nuevo fogonazo con sus característicos «crac, crac, crac».
—Tal vez haya impactado en el templo de Cástor y Pólux —deseó Matón, imaginando a Opimio alcanzado en la coronilla por una de aquellas chispas mortales antes de desplomarse bajo la fuerte lluvia.
Ni Cayo ni Flaco dijeron nada. El segundo mantuvo su gesto circunspecto, mientras que Cayo se quedó observando largo rato el busto de su padre. Había hecho algo parecido esa misma mañana al retirarse a su casa tras la catástrofe del asesinato de Atilio, pero esta vez en el foro, quieto durante mucho tiempo ante la estatua completa del gran Tiberio Sempronio Graco el Viejo, dos veces cónsul y una censor. ¿Podría llegar a alcanzar tantos honores, respeto y fama? En verdad que a esas horas de la noche ya no podía saberlo, ni tan siquiera imaginarlo.
¡Todo había sucedido tan rápido!
¿Cómo era posible que todo se hubiera desplomado tan inesperadamente desde la irrupción de Druso con sus promesas incumplibles y llenas de falsedad?
¿Por qué?
Cayo, absorto en sus preguntas, sin dejar de mirar el busto de su padre, trataba de encontrar una respuesta. E incluso trataba de dar con una salida a aquel desastre.
Diese o no con esa salida, lo cierto es que no dejaba de ser evidente que el pueblo era ingrato, muy ingrato, y caprichoso, pero que por encima de todo ello una realidad sobresalía pertinaz y punzante: el Senado seguía siendo muy fuerte, no ya en sus poderes, que también, sino en su raigambre popular.
Porque lo que había sucedido con el Senado los últimos meses era tanto como si los ganaderos hubieran atrapado al lobo que devoraba sus ovejas y que, en lugar de matarlo, sintieran finalmente lástima, o incluso asombro al ver de cerca sus ojos fieros y su pelaje brillante.
Tal era la admiración que seguía despertando el Senado entre los ciudadanos, solo domeñado a lo largo de la historia por una acción muy concreta. Por una sola.
Cayo elevó la vista y se humedeció los labios.
Su corazón sintió una sacudida.
¿Cómo no lo había visto antes?
¿Cómo no se había dado cuenta?
Se removió nervioso sobre su silla.
La historia de Roma estaba condenada a repetirse. Porque los poderes de los tribunos solitarios jamás podrían domesticar al lobo, pero había una forma de mantenerlo lejos de los ganados. Incluso un modo de convertirlo en perro, un perro lobo y fiero, pero al servicio del pueblo y del interés de todos, y no a la inversa.
¿Cómo no se le había ocurrido antes?
—Sé de buena fuente —oyó que decía en ese momento Flaco— que Opimio ha ordenado situar tropas en el Capitolio.
—Y que ha instado a los senadores a acudir a la reunión de mañana en la curia con sus panoplias y acompañados de esclavos también armados —añadió Matón.
Se hizo un breve silencio, roto por Flaco.
—Cayo… —balbució como de soslayo, con la mirada premeditadamente clavada en el suelo—. Sé que no quieres oírlo. Sé que no quieres que insista, pero…
—Sé qué tenemos que hacer —lo interrumpió Cayo.
Flaco elevó la barbilla, encontrándose con unos ojos brillantes y decididos, alejados de los irritados e incluso depresivos de la mañana.
—¿Y bien? —le preguntó, inclinando su cuerpo hacia adelante.
Lo propio hizo Cayo.
—¿Qué hizo la plebe en el pasado cuando quiso emprender la lucha por sus derechos? ¿Qué hizo? —se arrancó, arrastrado por su repentina fuerza—. ¿Qué hizo el pueblo cuando quiso que sus plebiscitos tuvieran fuerza de ley para todos los ciudadanos romanos, incluidos los patricios? ¿Qué hizo cuando quiso ocupar el consulado, el pontificado, o cuando lucharon por legitimar el matrimonio entre plebeyos y patricios? ¿Qué hicieron? —demandó cada vez más ardiente, volcado ya completamente hacia adelante sobre su silla—. ¿No consiguieron de este modo que se redactara y aprobara la ley de las Doce Tablas para que todos los ciudadanos conocieran las acciones del derecho? ¿O que las deudas no fueran castigadas con la esclavitud? ¿Qué hicieron? —volvió a preguntar, ya prácticamente puesto en pie.
—Lucharon —dijo Matón.
—¿Pero de qué modo lo hicieron? —se apresuró Cayo.
—Abandonando la antigua Roma y ocupando el monte Aventino —contestó Flaco con una incipiente sonrisa. Su amigo volvía a ser el de siempre, explosivo y audaz, una fuerza de la naturaleza, un verdadero hombre de la República.
—Una secessio plebis —musitó Matón—. Una secessio plebis —repitió asimilando la idea—. ¡Estás planteando una nueva separación del pueblo en el Aventino! —exclamó, conducido él mismo por la efervescencia cuando lo hubo comprendido—. ¡Así logró el pueblo su igualdad y el reconocimiento de sus derechos! ¡Así consiguieron que el Senado cediera! ¡Abandonando Roma y separándose en el Aventino al tiempo que paralizaban la ciudad y desatendían todas sus obligaciones!
—Entre ellas, el ejército —matizó Flaco—, lo que provocó que el Senado acabara por aceptar todas las propuestas populares.
—¡Exacto! —clamó Cayo, poniéndose ya en pie de un salto.
—¡En aquellas separaciones, la plebe consiguió cuanto se propuso y de modo pacífico! —se vino arriba también Matón.
Flaco, sin embargo, aún permanecía dubitativo.
—¡Marco! —lo llamó Cayo con emoción.
Flaco fue dando progresivas cabezadas, como si en cada una de ellas alimentara un horno de convencimiento.
—¡Flaco! —le demandó de nuevo Cayo.
—Hagamos lo mismo —rezumó finalmente con creciente intensidad—. Sí, hagámoslo…
—¡Hagámoslo! ¡Llamemos a una nueva secesión! —insistió Cayo, sin poderse estar quieto. Todo su desánimo se esfumaba por momentos.
—Mañana mismo al amanecer —se unió Matón, susurrante, cayendo ya de lleno en aquella nueva esperanza—. Corramos hasta el Aventino —siseó, agitándose—. ¡Llamemos al pueblo al Aventino! ¡El Senado se avendrá entonces a negociar! ¡Lo hará! —gritó, dando un brinco, justo cuando descargaba un nuevo rayo igual de ensordecedor que los anteriores.
Cayo, respirando con fuerza pero contenida su emoción repentina, fue sentándose muy despacio, dejando que los ecos se agotaran por sí mismos. Después miró a sus amigos con un gesto inquebrantable, pero también con el realismo que sucede a un entusiasmo abrupto.
—Solo tendremos éxito si los ciudadanos nos siguen. La reclamación no puede ser solo de Graco o de Flaco. Ha de serlo del pueblo en masa. Solo tendremos una oportunidad.
—Pues agarremos ese clavo ardiendo —se animó Flaco.
—Pero sin armas, amigo mío, sin armas —le dijo Cayo con afecto, provocando que Flaco dejara escapar un ronroneo divertido.
—No me pidas tanto, Cayo, no lo hagas —dijo—. Sabes que harán falta si el pueblo no nos apoya. Y te aconsejo que tú mismo lleves al menos una daga. Debe ser una esperanza, pero no un suicidio. Hablamos de Lucio Opimio, el que ha ordenado que tropas armadas entren en el pomerium. El que ha pedido a los senadores que acudan al Senado con sus viejas panoplias. A él no le temblará el pulso… No me pidas tanto.
Cayo dio un par de cabezadas y sonrió.
—Está bien, mañana al alba —instó—. Avisad a todos vuestros clientes esta misma noche. Que bajen de todas partes. Nosotros iremos juntos desde el Palatino, pero que los demás se reúnan en el templo de Diana. Sea de este modo. Que los dioses nos protejan.
Poco después Flaco y Matón abandonaban la domus, radiantes, esperanzados. Detrás dejaron a Cayo, que en cuanto se vio solo se dirigió al tablinum, tomó cálamo y tintero, respiró muy profundamente y afrontó la carta que jamás hubiera querido escribir. Solo por si todo salía mal.
—Europo —llamó a su esclavo cuando la hubo terminado y sellado—. Lleva ahora mismo esta carta a casa de Apio Claudio hijo y asegúrate de que se la entreguen personalmente junto con el mensaje que voy a decirte de palabra. Escucha bien, Europo, escucha muy bien.
Y el fiel esclavo, memorizado todo y con el corazón encogido, corrió hasta la domus del hijo mayor del gran Apio Claudio Pulcro.