Enemigos de Roma (Escipión Emiliano 3) Hora décima54
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Hora décima54

Opimio salió de la curia Hostilia con los ojos llorosos y manos elevadas al frente, como queriendo coger él mismo en sus brazos a su querido Atilio y mecerlo en su infortunio. Detrás de él, con rostros también consternados, lo hizo el Senado en bloque.

Atilio había estado expuesto en el foro, junto al templo de Cástor y Pólux, desde el mediodía, pero los gritos de dolor y de ira de la multitud eran tan estremecedores que, como cónsul en ejercicio, se había visto compelido a ordenar que la angarilla fuese llevada al comitium, delante de la curia misma, para que el pueblo y el Senado de Roma pudieran lamentar tan vil asesinato. Que él secretamente hubiera dispuesto a decenas de sus excrementos sociales por todo el foro para inducir sibilinamente aquellas muestras de indignación y lloriqueo era ya algo intrascendente, porque lo cierto es que el populacho secundaba el sufrimiento; la plebe, en su inmensa mayoría, estaba del lado del Senado.

Por ello, sus muestras compungidas podían y debían ser exageradas. Desde pequeño había aprendido a que sus ojos se llenaran falsamente de lágrimas cuando la situación lo requería. No sabía por qué, pero tenía esa habilidad que él mismo calificaba como perversa, pero perversamente maravillosa para mover corazones y emociones hacia donde exactamente él quería.

Y lo estaba consiguiendo.

Porque allí, a los pies de la escalinata de la curia Hostilia, uno de los hombres más despreciables de la ciudad era llorado como si de pronto fuese el más honrado y querido. El populacho en verdad que era un juguetito roto que, incapaz de comprender la malicia que lo rodeaba, se dejaba conducir con pasmosa facilidad, bien hacia la cólera, bien hacia la alegría, el pesimismo o la tristeza. Todo le valía al Senado.

Opimio lloró largo rato junto a la camilla. Después, tambaleante, ascendió los escalones y caldeó el ambiente todavía más.

—¡No sabemos qué ocurrirá mañana! —gritó exaltado—. ¡Pero en lo que sí podéis confiar es en que yo, vuestro cónsul, pasaré toda la noche de guardia en el foro mismo, en el templo de Cástor y Pólux, velando la oscuridad como si de un campamento rodeado por el enemigo se tratara! ¡Guardando las empalizadas de la ciudad! ¡Y si alguien quiere acompañarme en la guardia, podréis ver en mis ojos de nuevo estas lágrimas, pero esta vez de orgullo! —finalizó, y el clamor inundó una plaza de los comicios completamente atestada.

Opimio, sin perder su pose teatral, se giró entonces hacia Pompeyo y Bruto, que estaban justamente a su espalda.

—Voy a ordenar que cinco centurias y los arqueros cretenses acampados fuera de la ciudad se aposten desde el amanecer en el Capitolio —les dijo. Pompeyo y Bruto, conformes, se limitaron a asentir—. Al alba convocaré igualmente al Senado. Venid todos al menos con dos esclavos armados. Y traed vosotros mismos vuestras panoplias y armas. Cayo y Flaco no van a quedarse quietos por mucho tiempo. Un perro rabioso solo sabe morder. Preparaos para la batalla —bufó, soberbio, y se abrió paso hacia el templo de Cástor y Pólux, justo en el momento en el que comenzaba a llover, no de modo suave, sino a mares, lo que le confirió un aspecto aún más homérico.

Con él, extasiados por la grandeza de la imagen, miles de ciudadanos lo acompañaron dispuestos a pasar allí toda la noche.

—Ese hijo de perra sabe hacer las cosas —barbotó Bruto desde la curia, viendo cómo se alejaba en dirección al foro.

—No quisiera tenerlo como enemigo —ironizó Pompeyo, emprendiendo él mismo con una fuerte escolta y chirriando de arriba abajo el camino hacia su domus palatina.