En la plaza capitolina
Rufo, elevado en la tarima presidencial, tomó la tablilla con el resultado de los sufragios de la Tromentina y se dispuso a vocear el voto de la tribu. Tardó un poco en hacerlo porque el resultado no era favorable a la derogación de la ley de Junonia y era tanto como que le agarraran la bolsa escrotal y se la estrujaran como un limón.
No obstante, algo le llamó la atención de improviso.
Por el rabillo del ojo advirtió que a su izquierda los ciudadanos comenzaban a ser empujados violentamente por una marejada y que unos alaridos que llegaban del lateral del templo hacían callar a todos.
Justo después aparecía Albinio corriendo como si le persiguiera el león de Nemea, e inmediatamente a continuación cuatro hombres también a la carrera llevando en el aire, como quien porta un féretro, un cadáver que agitaba llamativamente sus piernas y brazos de tanto traqueteo.
Y en el silencio ahogado de la plaza lo oyó perfectamente.
—¡Han matado a Quinto Atilio! ¡Cayo Graco ha matado a Quinto Atilio! —ululaban los portadores del desdichado sacrificio.
Pero eso no era todo.
Detrás de ellos emergió el propio Cayo lanzando al éter gestos de negación.
En este estado de cosas, sucedió lo inevitable.
La guerra.
Los ciudadanos de a pie echaron a correr en todas direcciones.
Los amigos, esclavos y clientes senatoriales cerraron filas.
Los partidarios de Cayo, distribuidos por todas partes y mezclados con los anteriores, hicieron lo propio, sacando muchos cuchillos y porras. Todos se dispusieron a la batalla campal, de momento solo en un enorme tumulto y en un griterío crecientemente ensordecedor.
Qué más quería Rufo.
Sin pensárselo dos veces giró sobre sus talones y corrió hasta el templo, encontrándose a Opimio y al Senado a mitad de camino, porque habían salido alarmados por los gritos.
—¡Lo han matado! —le chilló al oído a Opimio para hacerse oír en medio del griterío—. ¡Han matado a Atilio!
Opimio dedicó un fugaz instante para iluminar su rostro. Atilio había hecho bien su trabajo. Incluso pronunciaría alguna plegaria sincera por él, pero más tarde. Ahora debía seguir aprovechándose de su sacrificio de un modo bien distinto.
Cayo iba angustiado de un sitio a otro, separando a unos que llegaban ya a las manos, abroncando a los suyos y pidiéndoles que guardaran dagas y porras, tratando de explicar lo sucedido, intentando en vano detener aquella locura. No quería violencia. ¡Por todos los dioses eran lo último que quería! ¡Maldito Septimuleyo! ¡Maldito fuera!
—¡Suelta esa daga! —exhortaba a unos.
—¡Dejadme que os lo explique! —suplicaba a otros ajenos a su causa que, sin embargo, se separaban de él como si estuviera impuro.
En un momento dado, él mismo se vio desplazado por los vaivenes de la masa en cuyo interior había caras de pánico, otras de cólera, algunas de asfixia y las más con el deseo vivo de matarse allí mismo unos a otros. Era un desastre. Maldito fuera Septimuleyo.
Opimio, en modo imperial, cual cónsul que desde una loma observa la batalla, caminó hasta el borde del podio del templo. Desde allí podía dominar desde la altura miles de cabecitas chocando entre sí.
Y lo vio también, a Cayo, tratando de detener lo inevitable.
Porque inevitable era aquella trifulca cuando él, Lucio Opimio, estaba allí para provocar y espolear el conflicto sin descanso.
—¡Quirites! —graznó con poderío. Algunos, los más cercanos, pudieron oírle—. ¡Graco acaba de mostrarnos cómo os respeta y cómo respeta vuestras decisiones! ¡Ha tratado de impedir la votación y bien que lo ha conseguido manchándose las manos de sangre! ¡Ha matado a un servidor del cónsul, pero, por muy apenado que esté, yo no voy a ser como ellos! ¡Yo no voy a ser como él! ¡No luchéis! ¡Veis que ellos tratan de agitaros y han traído muchos cuchillos! ¡No respondáis a su violencia! ¡Honrad, por el contrario, al hombre que ha sido asesinado por defender la República y llevadlo al foro para que todo el pueblo pueda ver sus restos y despedirlo como merece! ¡No vencerán! —aulló, y elevó las manos al cielo al tiempo que muchos de los suyos, con Rufo en primera línea, se volvían locos de un entusiasmo centelleante y contagioso, colocaban el cuerpo desnudo de Atilio sobre una camilla y la llevaban en volandas hacia el foro sin que nadie pudiera evitarlo.
Cayo vio cómo se acercaba entre la multitud un improvisado tabladillo sobre el que rebotaba el cadáver desnudo de Atilio. Y supo que aquella batalla, al menos esa jornada, estaba perdida.
Los suyos en el desorden no sabían ya qué hacer y vagaban despistados por la plaza, mientras que de pronto todos los ciudadanos, ya fuesen senatoriales o del común, se disputaban en una algarabía devota portar aquella camilla como si quien reposara en ella fuera un héroe o un fundador de Roma.
Cayo se vio obligado a apartarse para que la riada procesional no lo aplastase, momento en el que Matón emergió de entre la multitud con el rostro descompuesto.
—¿Qué hacemos? —preguntó en un gemido de pesimismo.
No le contestó Cayo, sino Flaco, colocado justo al lado.
—Pelear, eso es lo que deberíamos hacer.
Cayo giró el cuello y lo aniquiló con su mirada impetuosa.
—¿Pelear? —repitió como preludio de su explosión—. ¿Es esto lo que querías, Flaco? ¿De verdad que es esto lo que querías? ¡Les hemos dado la oportunidad que anhelaban desde hacía mucho tiempo! —mugió como un toro—. ¡Esto no nos conduce a ninguna parte! ¡A ninguna! ¡No podremos vencerles con estas armas! ¡Nunca lo haremos!
—Tampoco Tiberio pudo hacerlo con otras —espetó Flaco, sin amilanarse lo más mínimo, sosteniendo también su mirada.
Cayo mantuvo la calma a duras penas. Puso los brazos en jarras, clavó los ojos en el suelo e inhaló y exhaló repetidas veces. Después elevó el mentón y recorrió las caras de los que les rodeaban como un muro defensivo, los más fieles de entre sus clientes y amigos, aquellos que impedían que su bronca estuviese a la vista de todos.
El barrido visual terminó en Flaco.
—¿Dónde está Septimuleyo? —preguntó en un murmullo letal.
—No lo sé, pero yo mismo lo he echado de mi lado a patadas y empujones —confesó Flaco.
Cayo asintió.
—No quiero volver a verlo —siseó, y cruzó su mirada con la de Matón, recordando su advertencia. Después se centró de nuevo en Flaco—. No es el momento de que sigamos discutiendo —le dijo—. Y quiero a todos en sus casas, a todos. No vamos a darles hoy ni una sola razón más para que nos sacrifiquen. Esta noche te espero en mi casa. Pensaremos entonces qué hacer con la calma necesaria. —Y se marchó del Capitolio con el alma partida y ojos hundidos.