Enemigos de Roma (Escipión Emiliano 3) Al mismo tiempo
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Al mismo tiempo

—¿Qué has hecho? ¡Por todos los dioses! ¿Qué has hecho? —chilló Cayo con una desesperación absoluta.

—Se lo merecía. Esa mierda se lo merecía —repuso el atacante, Septimuleyo, en un susurro asesino.

Cayo lo aniquiló con la mirada, deseando cogerlo por el cuello para despeñarlo por los barrancos occidentales del Capitolio, recordando de pronto lo que Matón le había dicho sobre aquel hombre.

Pero ya era muy tarde.

—¡He dicho que no quería violencia! —regurgitó, mesándose los cabellos y andando de un sitio a otro—. ¡No debemos caer en sus provocaciones!

—¡Cayo! —lo llamó Flaco—. ¡Cayo, mira! —lo llamó de nuevo al tiempo que señalaba hacia el cuerpo yacente de Atilio.

Cayo, sin dejar de tirarse de los pelos, dominado por la desesperación más profunda, miró allí donde le señalaba Flaco, justo para ver y oír que los hombres de Atilio tomaban el cadáver en volandas y echaban a correr hacia la plaza al grito de «¡Han matado a Atilio!».

—Cayo… —oyó que le decía Flaco.

—Vayamos tras ellos. ¡Expliquemos qué ha ocurrido! —gimió Cayo, y él mismo echó a correr en pos de los excrementos sociales.