Enemigos de Roma (Escipión Emiliano 3) Al mismo tiempo
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Al mismo tiempo

Atilio vio llegar aquel cuchillo. Arrojó la bandeja por los aires y trató de sacar su daga, pero era demasiado tarde. La hoja de hierro le entró por la tripa en la primera estocada, y por el pecho la segunda. Lanzó un grito agudo y estridente, uno muy breve, sintiendo que se vaciaba por dentro, que una explosión de aire golpeaba sus costillas desde el interior. Su atacante lo miraba con un desprecio demente, dispuesto a estocarlo una tercera vez. No pudo hacerlo porque el mismísimo Cayo Sempronio Graco, apareciendo como una fiera, le cogió del brazo y a sacudidas le hizo tirar al suelo el cuchillo.

Tenía que irse de allí. Debía correr hasta los pies de su señor Opimio y decirle que habían intentado matarlo.

De pronto pensó que tal vez aquello fuese precisamente lo que quería su señor Opimio, que intentasen matarlo.

Se sintió entonces de lo más dichoso.

Estaba haciendo muy bien su trabajo.

Feliz, se dio la vuelta.

Al hacerlo, vio que Albinio lo contemplaba como quien mira a los manes atormentados.

—¿Qué miras? —le abroncó.

Quitándolo de en medio dio dos pasos más.

Fueron los últimos.

Con los ojos del revés se desplomó como un saco.

Había cumplido muy bien su cometido.