En el pórtico. Poco después
—Ha comenzado la votación —informó Septimuleyo, llegando desde la plaza.
Cayo, sentado en un enorme bloque de piedra que sobresalía de la base de los muros traseros del templo, dio una cabezada de asentimiento, pero tuvo que izar rápidamente el mentón cuando de pronto comenzó a advertir que sus hombres se agitaban y arremolinaban.
—¿Qué haces tú aquí, hijo de la gran perra? —oyó que decía uno.
—¡Vete a lamer el culo de tu cónsul! —despotricaba otro.
Cayo, alarmado, se puso en pie. Sus hombres le tapaban la visión y se interponían entre él y el hombre que provocaba los calificativos, el despreciable Quinto Atilio y algunos de sus hombres.
—¡Lárgate de aquí!
—¡Vuelve por donde has venido!
—¡Chupavergas! —seguían acosándole sus propios partidarios.
—¡Quitaos de en medio y dejadme pasar! ¡Sois unos ciudadanos de mierda! —oyó Cayo que replicaba Atilio.
—¡Aquí la única mierda eres tú! —rugió uno de los suyos.
—Soy la mierda que va a decorar vuestras tumbas y las de los Graco, ¡miserables! —replicó temerariamente Atilio.
Y Cayo, de repente, lo vio, el brillo del filo de un cuchillo.
—¡Apartad! —comenzó a gritar, tratando de abrirse paso entre los suyos—. ¡Apartad! —chilló de nuevo, impotente, dando manotazos sin parar a diestro y siniestro—. ¡Nooooo! —rugió al ver de nuevo aquel brillo—. ¡Imbéciles, dejadle pasar! —aulló desquiciado.