Enemigos de Roma (Escipión Emiliano 3) Al mismo tiempo
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Al mismo tiempo

Atilio vio desde lo alto del podio del templo de Júpiter cómo los partidarios de Graco trataban de colarse en la plaza, adentrándose a empujones y juramentos con rostros nerviosos y turbados.

Sonrió.

El rayo necesitaba una tormenta para vivir, una tensión previa y choque de nubes, y eso era precisamente lo que estaba ocurriendo.

Sonrió aún más.

También desde el podio pudo seguir con la mirada a Cayo hasta verlo desaparecer por el lateral del templo. Agarró entonces a Marco Albinio por la capa y se lo atrajo abruptamente hasta que tuvo su oreja muy cerca de su boca.

—Sigue a Graco y dime dónde se detiene —le escupió.

Albinio, obediente, salió disparado, volviendo al poco rato.

—Está justo aquí detrás, en el pórtico.

Atilio asintió y se dirigió a la entrada del templo. Lo dejaron pasar. Se acercó hasta Opimio, que se hallaba a su vez muy cerca del altar ofrendando el sacrificio de un toro blanco.

—Está en el pórtico —le dijo por lo bajo.

—Ahí hay una bandeja con las entrañas del toro —le susurró Opimio, señalándole el recipiente—. Cógela y vete al pórtico.

—Y una vez allí, ¿qué hago? —preguntó Atilio con el corazón desbocado. Era un privilegio cumplir órdenes tan trascendentales.

—Simplemente intenta cruzar por en medio de todos ellos.

—¡Sea! —celebró entre dientes un feliz Atilio, tomando el recipiente y saliendo a la luz del día.

—¡Sígueme! ¡Tú y diez más! —le bufó a Albinio al pasar a su lado y justo en el instante en el que un pregonero anunciaba a los cuatro vientos la tribu que habría de votar en primer lugar.

La maravillosa maquinaria romana del voto se ponía nuevamente en marcha, al igual que, a empellones y bastonazos de sus curatores, los cientos de censados de la tribu Tromentina, la agraciada en el sorteo.