En el Capitolio. Al mismo tiempo
Opimio, acompañado de Rufo y de prácticamente todos los senadores, abrió en canal a la muchedumbre concentrada en la plaza capitolina.
Con igual pompa, embobada la chusma por aquel grupo inconmensurable de nobles de bocas fruncidas, anillos de hierro, togas invernales y miradas altivas en el que no faltaban Pompeyo, Druso o Bruto, acometieron los escalones del podio del templo de Júpiter.
Ya en lo alto, el Senado se metió en la sala central del templo, mientras que Opimio y Rufo giraron sobre sus talones y escrutaron a la multitud. La luz gobernaba ya prácticamente el día, uno soleado pero de un frío muy intenso que hacia tiritar a muchos.
Opimio y Rufo no estaban solos en el podio. Junto a ellos se encontraba también Atilio, que los había esperado allí.
—Todo está preparado —dijo el Númida—. Y el auspicio que Metelo Macedónico acaba de oficiar en el auguraculum ha sido favorable. Júpiter consiente la celebración de la asamblea —añadió como si fuera ya un miembro más del colegio de los augures.
Opimio, al escucharlo, no pudo evitar que una de las comisuras de sus labios se elevara tan ligera como maliciosamente.
Hasta los excrementos sociales ansiaban ser por un instante hombres ilustres y refinados. Por ello, aquel día, solo aquel día, se lo iba a permitir al pobrecillo.
Incluso iba a darle un cariño.
—Bien —le dijo, colocando sus manos en la cara antes de aferrarle por sus enormes pabellones auditivos y sacudirlos como muestra de superior y afectuosa jerarquía—, cuando llegue Graco y se haya colocado en la plaza o donde quepa, avísame. Estaré en el templo realizando los sacrificios al dios —le ordenó, soltó las orejas y sin más preámbulos activó sus piernas y se encaminó a la sala central de Júpiter.
Rufo, por su parte, acompañado de un feliz Atilio, se aproximó a la presidencia del concilio. Desde allí se puso a otear el final de la cuesta capitolina como el perro cazador que busca jabalíes.