Al amanecer
Cayo irrumpió apresuradamente en el atrio de su propia casa, donde le aguardaban Flaco, Matón y Septimuleyo. Los tres, que habían pedido verlo con la mayor urgencia, mostraban caras de circunstancias.
—¿Qué ocurre? —preguntó turbado.
—Han tomado el Capitolio —dijo Matón.
—Lo ocupan por entero —añadió Septimuleyo.
—Cayo, sabes lo que opino —barruntó Flaco con el rencor oscureciendo su rostro—. Cayo… —trató de continuar.
—¡No quiero oírlo! ¡Vamos! —instó Cayo.
Quemando el suelo bajo sus pies, sin mirar atrás pero consciente de que le seguían los pasos tanto Flaco, Matón, Septimuleyo y cientos de los suyos, miró a lo alto. Aún era de noche, aunque el alba comenzaba a clarear el cielo estrellado.
—¿Qué vamos a hacer? —oyó que le preguntaba Matón.
Cayo tiró de socarronería.
—No nos pongamos nerviosos. Las vistas desde el Capitolio son hermosas. Nosotros también tenemos derecho a disfrutarlas. —Y aceleró su paso, provocando que todos los suyos se estiraran tras su estela.