El día de la torpeza
Roma, antes del amanecer del 24 enero de 121 a. C.
La noche se iluminó en Roma.
Miles de ciudadanos, amigos, clientes e incluso esclavos de senadores, caballeros y partidarios del Senado comenzaron a llegar de todas partes, bajando con antorchas desde las callejuelas del Aventino, desde las angosturas de la Subura, desde las encrucijadas del Quirinal o desde las mansiones del Palatino.
Todos ellos en una riada silenciosa.
En hileras como hormigas, zigzagueando cual luciérnagas en la oscuridad, siempre en busca del centro de aquel universo de instituciones políticas, templos, basílicas, derecho, negocios e imperio: el foro.
Allí, siempre en un mutismo ordenado de susurros y miradas cómplices, el grupo se reorganizaba según las oleadas.
Después, ya todos juntos, ascendieron entre las tinieblas el clivus Capitolinus y hollaron antes que nadie la soledad de la plaza capitolina, donde la mole del templo de Júpiter Óptimo Máximo emergía como un silencioso testigo de las virtudes y vicios de Roma.
La muchedumbre fue ocupando la plaza, achicando espacios, apelotonándose junto a la tarima desde la que Rufo iba a presidir aquella mañana el concilio plebeyo para la votación de su propuesta legal de derogación de la ley de fundación de Junonia.
En aquella masa humana de miradas sombrías, y ahora sí, nerviosas, unos ojos fulguraban por encima de los demás.
Yendo de aquí para allá, empujando a unos y a otros para que todo estuviera bien dispuesto y nadie pudiera desalojarlos de sus posiciones, Quinto Atilio el Númida disfrutaba como nunca.
Ser un excremento social le llenaba de orgullo, pero serlo además de todo un cónsul le convertía en la defecación más selecta que cualquier personajillo destinado a ser una simple deposición nobiliaria podía soñar.
Que por su simple presencia emanara un olor nauseabundo era un halago que lo comunicaba con el poder y los dioses.
Él al menos hedía lo suficiente como para ser importante para Lucio Opimio. Otros que no apestaban a nada simplemente no existían.
—¡Moveos, moveos! —no dejaba de ordenar—. ¡Que por aquí no pase ninguno de esos mierdas! —exigía, bien flanqueado por sus enormes orejas de soplillo—. ¡Que no se puedan aproximar a los cercados de votación! ¡Estas son nuestras empalizadas! —arengaba sin dejar de dar golpes y empujones. Todo debía estar perfecto. Lucio Opimio debía quedar bien saciado y con las tripas sin gases tras su excreción.
Cuando creyó que todo estaba preparado, tomada ya la colina, se abrió camino entre el rebaño de adeptos sin que se oyera ni un solo balido estridente, pasó junto a las estatuas de los reyes, allí donde había muerto Tiberio, escupió un gargajo flemoso y subió la escalinata del templo de Júpiter.
Ya en lo alto rotó su cuello a su izquierda y, bajo la bóveda celeste tachonada por infinitas estrellas, simplemente esperó a que por oriente el horizonte comenzara a anaranjarse.
Cuando esto sucedió, se dirigió a Marco Albinio, uno de sus secuaces más efectivos, también un excremento social, pero por supuesto no tanto como él.
—Ve a casa de Opimio y Rufo y diles que ya pueden venir —le dijo, y volvió a encarar el alba, dejando que los primeros rayos de sol golpearan en su rostro.
No podía estar más contento.
Opimio le había susurrado que él era la pieza clave de su plan.
No tenía la más remota idea de qué iba a encargarle exactamente su señor, pero le era indiferente. El destino de las boñigas era ensuciar, apestar y atraer moscas, y eso mismo es lo que pensaba hacer con el orgullo de un hombre nacido en las letrinas más pobres de la Subura.