Al mismo tiempo, en el triclinium de la domus de Opimio
—¿Está todo preparado? —preguntó Opimio.
—Lo está —contestó Rufo.
Opimio asintió con los labios fruncidos. La reunión terminaba y lo hacía acelerándose en la concreción de los últimos detalles.
—Ocupad el Capitolio antes del amanecer —instó.
—¿Antes del amanecer? —quiso cerciorarse Rufo.
—Eso mismo he dicho. Que se pongan nerviosos.
—De acuerdo. ¿Llevamos armas?
—No, que no lo haga nadie.
—Pero ellos lo harán, lo veo en sus caras —repuso Rufo, poco convencido—. No se podrán contener más y recordarán lo que le sucedió a Tiberio —añadió, y chasqueó la lengua.
Opimio miró a Rufo de reojo con cara de «No te enteras».
—De eso se trata, de que las lleven ellos.
—Entiendo… —rumió Rufo con una sonrisita que quiso que fuese ligeramente malévola—. Hay que estimular su torpeza, la de Cayo o la de alguno de los suyos. Esta vez deben ser ellos los que ataquen.
Opimio elevó la vista, una maravillosamente prepotente.
—Mañana, Rufo —exhaló—, será el comienzo del fin de Cayo Sempronio Graco y de sus amigos mequetrefes de miradas torvas. Mañana, el edificio popular se desplomará sobre sus cimientos. Será muy rápido. Extremadamente rápido. Y sabemos cómo hacerlo.
—La última de las provocaciones —susurró un lascivo Rufo.
—La última. Y tengo al hombre ideal para el sacrificio.
—¿Excrementos sociales? —interpeló un juguetón Rufo.
—Los excrementos sociales no, el excremento social por excelencia —remarcó Opimio, soñando ya con su juramento, imaginando el orgasmo de su satisfacción. Porque iba a cumplirlo, el voto que mantenía sus nudillos descarnados. Por todos los dioses del inframundo que lo iba a consumar tan rápido como copulaba por simple y rápido capricho con sus esclavas.