Enemigos de Roma (Escipión Emiliano 3) Poco después
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Poco después

Flaco y Septimuleyo caminaban por las calles altas del Palatino, uno junto al otro, rodeados por sus escoltas, pero no hablaban. Se limitaban a mirar al frente con gesto hosco y agresivo.

Al rato, sin haber cruzado ni una sola palabra, llegaron al cruce de calles en el que habían de separarse en su camino hacia sus domus. Solo allí, tras detenerse en la encrucijada, Flaco rompió el silencio.

—Yo los vi, Septimuleyo, yo los vi aquella mañana —se arrancó con ojos de lobo en la oscuridad—. Ellos salieron como vomitados del templo capitolino de Fides, con sus togas impolutas y sus zapatos rojos, y cargaron como bestias salvajes. No tuvieron piedad, ¿lo comprendes? Yo estaba allí, Cayo no. —Septimuleyo se limitó a asentir—. Rompieron cráneos, pisaron cuerpos tirados por todas partes y lanzaron los cadáveres al Tíber. Yo escapé a duras penas, pero no hay día en que no me despierte en mitad de la noche, con el brazo en alto, tratando de impedir en sueños que un bastón me parta la frente como lo hicieron con él.

—Con Tiberio —dijo Septimuleyo.

Flaco apretó los labios y plegó parcialmente los párpados, lo que le confirió un aspecto de lo más intimidante.

—He sido cómplice estos años de cosas de las que no me enorgullezco, algunas terribles, pero no tenía otra alternativa, tampoco ahora. El Senado siempre tiene una bestia dispuesta a volver a hacer lo mismo —murmuró letal—. Si antes fue Nasica, ahora será Opimio, pero esta vez no nos cogerán desprevenidos, no lo harán.

—Yo no pienso subir mañana al Capitolio sin mi daga —avisó Septimuleyo.

—Nadie lo hará —apuntaló Flaco con rabia—. Di a los nuestros que suban al Capitolio al amanecer, y que lleven cuchillos ocultos en las togas. Una cosa es evitar la violencia y otra ser unos pusilánimes.

Y tomó el camino de su domus dejando atrás a un Septimuleyo al que le brillaban los ojos en la oscuridad, pero no como a un lobo, sino como a un felino oculto en la maleza.