Más dosis de provocación
Roma, durante las tres semanas siguientes
Rufo adoptó su papel de odioso provocador con sumo gusto.
De esta guisa, apenas unos días después de su cena con Pompeyo y Opimio, subió a la tribuna y dijo:
—Ya no hay en esta tierra itálica suelos para nuevas asignaciones de ager publicus. Las parcelas de las nuevas colonias son suficientes. Propongo que la lex Sempronia agraria sea derogada.
Y de las cabecitas indignadas de Flaco, Matón y Septimuleyo comenzó a salir humo.
—El pueblo no lo aprobará —fue la única respuesta de Cayo.
Días después, Rufo se encaramó otra vez a los rostra y anunció con una sonrisa que no le cabía en la cara:
—Los tribunales de justicia deben estar en manos de los senadores. Los caballeros no son expertos jurisconsultos. Propongo abrogar la ley Acilia que fue aprobada con el beneplácito de Graco.
Y de las coronillas iracundas de Flaco, Matón y Septimuleyo, al igual que de las de muchos de sus seguidores, comenzaron a salir rayos.
—El pueblo no lo aprobará —fue la repetida réplica de Cayo.
Pero Rufo era imparable.
Ascendiendo incansablemente a la tribuna con un gesto cada vez más jactancioso que encrespaba a propios y extraños, fue comunicando a lo largo del mes de ianuarius su voluntad de derogar gran parte del cuerpo legislativo de Cayo, desde la primera de sus leyes a la última.
Aquello era ya excesivo.
Flaco, Matón y Septimuleyo se retorcían y consumían en una rabia insoportable mientras Cayo seguía sin perder los papeles.
—Fracasará. Solo nos provocan.
Pero fracasase o no, la tensión era ya magmática el día anterior a la celebración en la plaza del Capitolio del concilio en el que iba a votarse la propuesta de derogación de la ley de fundación de Junonia.
Por ello, decir que la cena convocada por Cayo en su domus estaba caldeada era un concepto extremadamente generoso. Todo les ardía a Flaco, Matón y Septimuleyo, los ojos, la lengua, las orejas, las tripas y el alma misma.
—Cayo —inició Flaco tras un tenso silencio—, la pasividad no es la solución. Están destruyendo todo lo que hemos construido, y lo están haciendo delante de nuestras mismísimas narices —añadió entre dientes.
—No han destruido todavía nada —negó Cayo muy serio.
—¿Te parece poco que nos hayan privado de nuestra popularidad? —replicó Flaco con un gesto de desaire—. ¿Te parece poco que hayan destruido cualquier opción de conceder la ciudadanía a los aliados, algo que más pronto que tarde nos conducirá a una guerra que arrasará toda Italia? —siguió Flaco con creciente énfasis—. ¿Te parece poco que hayan sembrado el foro de mentiras sobre la fundación de Junonia? ¿Te parece poco —continuó, alzando ya notoriamente la voz y con las venas de cuello en riesgo de reventón— que lo hayan arruinado todo con demagogia y leyes que nunca aprobarán? ¿Te parece poco tanta mentira y engaño? —repitió en un estado de deflagración que condujo a su inevitable explosión—. ¡Es el Senado de siempre, Cayo, el de siempre! ¡Pero tú estás ahí sentado sin hacer nada, dejando que nos coman por los pies! ¡Mañana se va a votar el fin de Junonia y no me cabe la menor duda de que lo conseguirán manipulando los votos! ¡Sobornando con su podrida riqueza! ¡Amedrentando en los pasillos de votación! ¡No he luchado y sufrido tanto todos estos años para ver cómo el agua se escapa entre mis dedos! —aulló enloquecido, pausando su furia solo para tomar aire como un toro—. ¡Mañana debemos impedir la asamblea! —continuó, encelado y rojo como las lavas del Etna—. ¿No reventaron ellos la asamblea en la que tu hermano iba a ser reelegido tribuno? ¡Por todos los dioses, pues hagamos lo mismo! ¡Tomemos el Capitolio! ¡No entienden otro lenguaje que no sea este!
—Estoy de acuerdo —dijo Septimuleyo.
Cayo elevó la vista, mirando a Matón.
—¿Y tú? ¿Tú también estás de acuerdo? —le interpeló con una gravedad que les hizo temblar a todos.
Matón carraspeó antes de hablar.
—Lo estoy, Cayo, lo estoy —reconoció, nervioso.
—Todos lo estamos —apuntilló Flaco.
Cayo frunció los labios y cabeceó con un gesto tan oscuro como la noche. Después elevó sus ojos marrones y los fue posando sucesivamente en cada uno de los tres hombres, no una vez, sino varias, yendo de un lado al otro y viceversa.
—Cayo… —balbució Matón, pero solo para encontrar la mano levantada de su amigo, que se alzaba como un muro con garras en peligrosa tensión.
—¿Tomar el Capitolio decís? —dijo Cayo, arrastrando las palabras—. ¿Impedir la votación o, lo que es lo mismo, declarar la guerra dentro de Roma? ¿Darles el pretexto que buscan para que puedan lanzarse a nuestros cuellos? ¿¡Os habéis vuelto locos!? —bramó de pronto, tan súbitamente que la casa vibró, y con ella sus invitados—. ¡Si hacemos eso, mañana todos nosotros estaremos muertos! —chilló con una rabia desmedida, liberando él mismo toda su tensión acumulada—. ¡No alcancé el tribunado con violencia! —continuó hecho un basilisco—. ¡No aprobé más de diez leyes con la violencia! ¡Y no lo haré ahora! ¡En estos años nunca hemos conseguido nada con la violencia o alborotando las calles! ¡No, no y no! —repitió, dando golpes con los puños sobre una mesita cercana a su triclinio tantas veces como dijo no.
Los platos, vajilla y copas que había sobre la mesa botaron y salieron despedidos por todas partes, y ese sonido hiriente y metálico contra el suelo fue lo único que se escuchó en la sala durante unos segundos interminables; en realidad, ese ruido y la respiración de Cayo.
—No queríamos… —se atrevió a decir Matón, blanco como el mármol. Flaco y Septimuleyo, por el contrario, bombeaban sangre caliente que recorría sus caras enrojecidas.
—¿Y qué haremos entonces? —porfió Flaco.
—Iremos a la asamblea y controlaremos que no se manipulen los votos y que nadie sea intimidado ni sobornado.
—¿Nada más? —dijo Septimuleyo con un retintín que, naturalmente, solo halló la mirada asesina de Cayo.
—Estoy convencido de que no se aprobara esa ley —exhaló con las mandíbulas prietas—. Confiad en mí, ¡hacedlo! —gritó, rabioso, y guardó una pausa antes de relajarse—. Os lo ruego. No será necesaria la violencia. No apoyaré el modo con el que murió mi hermano. No seré como ellos —terminó, con signos de agotamiento.
Flaco se puso en pie.
—Está bien. —Y se marchó con la seriedad incrustada en la cara.
—Sea entonces —accedió Septimuleyo, marchándose igualmente.
Cayo se quedó solo con Matón.
—¿Y tú, Marco? —le preguntó a su fiel amigo.
—No me gusta.
—¿Cómo? —saltó Cayo. No esperaba esa respuesta.
—Me refiero a que no me gusta Septimuleyo —aclaró Matón.
Cayo arqueó una ceja.
—¿Tienes motivos?
—No, pero me recuerda a Carbón. No sé exactamente en qué, pero hay algo oscuro en él. No me gusta —incidió como para convencerse al tiempo que asentía con la cabeza repetidas veces.
Cayo resopló largamente. No quería escuchar más problemas.
—Descansa, amigo mío. Mañana nos espera un día que verdaderamente temo.
—Descansa tú también, amigo, tú más que nadie —se despidió Matón con cariño, dejando a Cayo solo en el triclinium.
Verdaderamente, no envidiaba el peso que Cayo sobrellevaba sobre sus hombros. Todos los nietos del Africano ya fallecidos habían soportado esa carga, y todos de un modo u otro habían sido acusados de ser enemigos de Roma. La asamblea que les aguardaba al día siguiente tenía unos componentes de tensión muy parecidos a los vividos en la reunión en la que Tiberio había encontrado la muerte.
Solo confiaba en que ahora todo fuese distinto.
Que Cayo no se uniera a aquella nómina de los nietos sacrificados como enemigos.
No lo merecía.
Cayo no lo merecía.